Carta dominical | «La fiesta del fuego y el agua»

¡Aleluya! ¡Cristo vive! Hoy Jesús resucitado nos enseña que la vida es más fuerte que la muerte, que el amor es más poderoso que el odio. Una fuente de esperanza y de paz brota del sepulcro de Cristo y llena nuestro corazón de alegría.

Ayer por la noche celebramos la Vigilia Pascual. Esta fiesta es, tal como nos dice san Agustín, «la madre de todas las santas vigilias», ya que es la noche en que volvemos a vivir que Cristo ha resucitado. Hoy, al estilo de las antiguas catequesis mistagógicas, quisiera haceros una sencilla reflexión sobre dos elementos significativos de esta hermosa celebración: el fuego y el agua.

Durante la noche de Pascua, en medio de la oscuridad, tras bendecir el fuego, encendemos el cirio pascual. Fijémonos con atención en los símbolos que hay en él. El primer elemento que nos llama la atención es una cruz en la que se clavan cinco granos de incienso. Estos granos representan las cinco llagas de la Pasión de Jesús. Podemos observar también que en el cirio hay dos letras, el alfa y la omega, que son la primera y la última del alfabeto griego. Estas letras simbolizan que Cristo es el principio y el fin (cf. Ap 22,13). Él, simbolizado por el cirio pascual encendido, estará con nosotros hasta el final de los tiempos.

El cirio encendido representa a Jesús resucitado. Él es la luz del mundo. Él es la luz que resplandece en medio de la oscuridad. El que siga sus huellas no caminará jamás en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (cf. Jn 8,12). Abramos nuestro corazón a Jesús y dejémonos transformar por el fuego de su amor.

Durante la Vigilia Pascual, a partir del cirio pascual, encendemos otras velas más pequeñas que cada uno lleva durante la celebración. Y es que Cristo quiere compartir con nosotros su luz. No escondamos la luz que Cristo nos regala, compartámosla con nuestros hermanos, especialmente con los más vulnerables.

El segundo elemento significativo de la noche de Pascua es el agua. El agua es fuente de vida y tiene la capacidad de lavar y purificar. En la noche de Pascua se bendice el agua que después se usará para todos aquellos que reciban el sacramento del bautismo. Durante esta celebración y todo el tiempo pascual toda la asamblea será rociada con esta agua. De esta manera renovaremos las promesas del bautismo y recordaremos con agradecimiento aquel día que nos unimos a Cristo y nos convertimos en miembros de la Iglesia.

Jesús es la fuente que nos regala el agua de la vida. Esta agua sacia nuestros anhelos más profundos. El que beba de ella no volverá a tener jamás sed (cf. Jn 4,14). Él es el único que puede hacer brotar de nuestro interior una fuente de agua viva que calme la sed del que se acerque a nosotros buscando una palabra de paz y esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos a Dios que nos convierta en personas resucitadas, en hombres y mujeres de luz, llenos de la alegría de Cristo resucitado. Cristo vive, nos ama y siempre estará a nuestro lado ¡Feliz Pascua de Resurrección!

† Card. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del cardenal arzobispo de Barcelona.