Carta dominical | «La esperanza en la resurrección»

Hoy celebraremos en la basílica de la Sagrada Familia una misa funeral por todas las víctimas del coronavirus y por todos los fallecidos por otras causas durante el tiempo de confinamiento, que no han podido recibir la despedida merecida. Son muchas las personas que durante esta terrible pandemia han sufrido la pérdida de algún ser […]

23 Jul, 2020
Església de Barcelona

Hoy celebraremos en la basílica de la Sagrada Familia una misa funeral por todas las víctimas del coronavirus y por todos los fallecidos por otras causas durante el tiempo de confinamiento, que no han podido recibir la despedida merecida. Son muchas las personas que durante esta terrible pandemia han sufrido la pérdida de algún ser querido. Es especialmente duro el caso de aquellos que ni siquiera han podido despedirse de sus familiares. En esta Eucaristía compartiremos con todos ellos el calor de la comunidad cristiana, el consuelo de la fe y la esperanza en la resurrección.

Hemos vivido una experiencia donde se han entremezclado sentimientos de confusión, temor, fragilidad… Muchas personas han padecido esta enfermedad y desgraciadamente demasiadas han fallecido. En estas situaciones resuenan con especial intensidad las palabras del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen» (Jer 31,15).

Ante el sufrimiento podemos sentirnos como Job cuando se enfada con Dios. Job cree que Dios calla ante su dolor. Sin embargo, este aparente mutismo no es un silencio indiferente. Dios no se desentiende de nosotros. Es el silencio del que calla para escucharnos. Es el silencio del que nos escucha porque nos ama. Como nos dice el papa Francisco, el enfado puede ser también una forma de oración y de diálogo con Dios Padre. Solo un buen hijo es capaz de enfadarse con su padre para reencontrarse y reconciliarse con él.

Los cristianos creemos que Cristo nos da la clave para encarar las situaciones más duras. Si leemos el Evangelio con atención veremos que Jesús no se resigna jamás ante el mal. Lucha contra él hasta el final. Su muerte en la cruz es el signo más grande de solidaridad con todos los crucificados por esta pandemia, con todos los crucificados de la historia y del mundo. La resurrección de Cristo es la esperanza de todos los que han perdido a sus seres queridos. Cristo nos lleva al Padre. Cristo es la resurrección y la vida. Quien cree en Él, aunque muera, vivirá.

El Señor resucitado nos anima hoy a orar por nuestros hermanos fallecidos durante estos meses. Él nos promete que la muerte no tiene la última palabra, que si creemos en Él y vivimos amando, nos espera una vida eterna llena de paz y profundo gozo. Nos lo dice bellamente el prefacio de la misa de difuntos: «Porque la vida de tus fieles, Señor, no termina, se transforma y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo» (Prefacio I de Difuntos).

Queridos hermanos y hermanas, Jesús espera que le abramos la puerta de nuestro corazón para que compartamos con Él nuestro sufrimiento. Nos pide que seamos solidarios con todas las víctimas de la Covid-19 y de tantas otras pandemias que asolan el mundo y, de manera particular, con los más pobres y necesitados. El Señor nos regala desde la cruz a María, su Madre. Pidamos a Ella que nos enseñe a estar al pie de la cruz de todos los que sufren y a ser portadores de la buena noticia del Evangelio. Señor, dales el descanso eterno y que brille para ellos la luz eterna.

† Card. Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del cardenal arzobispo de Barcelona.

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