Carta dominical | El milagro

La historia que traigo para nuestra reflexión sucedió en la India y la narra un padre jesuita, Pierre Ceyrac, misionero durante sesenta años. La protagonista es una niña de ocho años que estaba convencida de que el amor puede hacer maravillas. Su hermano pequeño estaba muriéndose a causa de un tumor en la cabeza. Sus […]

02 Jun, 2016
Església de Barcelona

La historia que traigo para nuestra reflexión sucedió en la India y la narra un padre jesuita, Pierre Ceyrac, misionero durante sesenta años.

La protagonista es una niña de ocho años que estaba convencida de que el amor puede hacer maravillas. Su hermano pequeño estaba muriéndose a causa de un tumor en la cabeza. Sus padres, muy pobres, habían hecho todo lo posible por salvarlo, pero no sabían ya qué hacer. Se habían gastado su pequeña fortuna en curarlo, pero no había sido posible. Una noche el padre dice a su esposa: «Querida, creo que hemos llegado al final. Sólo un milagro puede salvar a nuestro pequeño».

La hermanita del enfermo escuchaba desde un rincón lo que decía su padre. Se retira, va a su habitación, rompe la hucha que tenía y cogiendo el dinero marcha corriendo a la farmacia más próxima. Se pone de puntillas y pone todas las monedas encima del mostrador. La farmacéutica le pregunta:

-¿Qué es eso? ¿Qué quieres?

-Es para mi hermanito Andrés. Está muy malito y vengo a comprar un milagro.

-Pero, ¿qué dices?, le responde la farmacéutica.

-Mi hermano se llama Andrés y tiene un bulto en la cabeza, mi papá ha dicho que solo puede salvarle un milagro. Yo le quiero mucho y por eso vengo a comprar el milagro para que pueda curarse.

La farmacéutica le respondió con delicadeza, pero con mucha tristeza: Mira, aquí no vendemos milagros, no los tenemos.

– Perdone, si es que no tengo bastante dinero trataré de recoger un poco más. ¿Cuánto cuesta un milagro?

Escuchaba esta conversación entre la niña y la farmacéutica un señor mayor y bien vestido. Se acercó a la niña que estaba recogiendo, entre lágrimas, las monedas que había depositado en el mostrador de la farmacia y le dijo: ¿Por qué lloras? ¿Qué te pasa?

-Señor, la farmacéutica no quiere venderme un milagro y no quiere decirme cuánto cuesta… Es para mi hermano Andrés, que está muy enfermo. Mamá dice que haría falta operarle, pero es muy cara la operación y no tenemos dinero, por eso hace falta un milagro para salvarle. Yo he traído todo lo que tengo.

-¿Cuánto tienes?

– Un dólar y once céntimos…, pero, sabe usted, puedo conseguir algo más de dinero.

El señor sonrió y dijo: Bien. Creo que ese es exactamente el precio de un milagro. Tomó el dinero en su mano y con la otra cogió la mano de la niña y le pidió que le acompañase a su casa y él vería si podría encontrar el milagro que trataba de comprar esa niña.

El señor que entró en casa de la niña era nada más ni nada menos que el médico Dr. Carlton Armstrong, gran especialista en neurocirugía. Operó al chaval y semanas después volvía a su casa sano y salvo. La madre decía: «Esta operación ha sido un verdadero milagro y me pregunto cuánto ha podido costar». La niña sonreía sin decir nada. Ella sabía que había costado un dólar y once céntimos. Pero lo que realmente costó fue el amor y la fe de una niña.

Quizás vendría bien recordar ahora las bellas palabras de Jesús en el Evangelio: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos». Ojalá que el Señor nos conceda una gran fe y confianza en Él, Padre de todos, que quiere lo mejor para sus hijos.

¡Que Dios os bendiga a todos!

+ Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

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