
Shalom no es pax
Es viernes al captard. Jordi, el animador del grupo de jóvenes, acoge los primeros que llegan comentando los resultados del mundial. Solo faltan el Marco y Paula. De repente se abre la…
Lee el artículo de opinión de Ezequiel Mir
La violencia, el sufrimiento, la muerte… la cruz no poseen un sentido por sí mismos; constituyen, en esencia, un vacío ontológico que amenaza la dignidad humana. A pesar de esta ausencia inherente de significado, el ser humano manifiesta un deseo legítimo de otorgárselo. Esta pulsión nos sitúa directamente en el corazón de la cuestión soteriológica: la búsqueda de una salvación tanto para los perpetradores como para las víctimas, los heridos y los crucificados de toda índole. Se trata de una empresa azarosa, sometida a las convulsiones del alma y a las miserias del cuerpo, dimensiones que convergen en el drama de la existencia.
Esta necesidad de sentido cristalizó históricamente en una noción de salud que iba mucho más allá de la mera ausencia de enfermedad. En la tradición de la hospitalidad cristiana, el cuidado físico y la salvación espiritual se han entendido siempre como una realidad indisociable. El herido —el golpeado por la vida— no era únicamente un cuerpo que reparar, sino una vulnerabilidad absoluta que interpelaba a la comunidad. La salud, por tanto, se definía como la integración del sujeto en un horizonte de sentido que trascendía el estruendo del sufrimiento. Sin embargo, hoy debemos preguntarnos: ¿cómo hablar de salvación sin caer en la justificación del dolor?
La reflexión teológica contemporánea advierte del riesgo de incurrir en una gramática violenta de la expiación. Esta postura pretende curar la violencia con más violencia o divinizar el sufrimiento como si la cruz fuera, por sí misma, el instrumento salvador. Tal glorificación del dolor puede resultar perversa, pues con frecuencia ha servido para alentar a las víctimas a soportar abusos bajo la premisa de que su pasión es redentora. Conviene afirmarlo con claridad: la salvación cristiana no procede de la tortura, sino del amor que se opone a ella. La paz en medio del sufrimiento no nace de la herida, sino de la certeza de no atravesarla en soledad y de la capacidad de Cristo para reconciliarnos con nuestra propia fragilidad. La idolatría consiste, precisamente, en pretender extraer sentido de la destrucción.
Frente a este peligro, la fe propone otra forma de salvación: el sentido proviene de un Otro que responde a la violencia de lo Mismo. En la filosofía de Emmanuel Lévinas, lo Mismo representa al ego que busca totalizar el mundo bajo su propio dominio, generando una mecánica de fuerzas en la que el rostro del otro desaparece. La salvación se convierte entonces en una ruptura de ese encierro egocéntrico mediante la sustitución: el acto por el cual el Yo asume el sufrimiento del otro sin haberlo elegido y se convierte en su portador.
La paz no es una simple tregua en la guerra, sino una apertura radical hacia una dimensión donde la hostilidad deja de ser la única gramática posible. La salvación, en este sentido, no constituye un destino individual, sino una responsabilidad compartida: reconocer a Cristo en la alteridad del hermano, especialmente en aquel que ha sido despojado de su voz.
En el contexto de un mundo globalizado en el que las tradiciones religiosas se reconfiguran como múltiples opciones de sentido, la propuesta del ISCREB sigue siendo la de explorar la trascendencia desde la interdisciplinariedad. El mayor desafío para la salvación en nuestra Tierra es, en última instancia, la capacidad de vivir juntos en paz. Ello exige una fe audaz que se atreva a afirmar la dignidad de la vida a pesar de las heridas de la historia. Reconocer que es formidable estar vivo no constituye un acto de ingenuidad, sino la afirmación soteriológica definitiva: el sentido no es un destino fatal, sino una tarea ética que se juega en la proximidad infinita con el otro.