Hacia una ecología cristiana: Dios, ser humano y naturaleza

  Desde hace décadas se responsabiliza la teología judeocristiana de haber legitimado una relación de explotación entorno a la naturaleza. Determinada lectura de los relatos del Génesis favorecería la comprensión según la cual el mandato divino consiste en que el ser humano ha de dominar y someter la tierra. Se justificarían así, apelando a Dios, […]

26 Nov, 2020
Òscar Martí

 

Desde hace décadas se responsabiliza la teología judeocristiana de haber legitimado una relación de explotación entorno a la naturaleza. Determinada lectura de los relatos del Génesis favorecería la comprensión según la cual el mandato divino consiste en que el ser humano ha de dominar y someter la tierra. Se justificarían así, apelando a Dios, todos los problemas medioambientales: sobreexplotación de los recursos, contaminación, gestión de residuos, acceso al agua potable, pérdida de la biodiversidad… Era evidente que estas críticas a la teología cristiana no se resolvían simplemente proclamando, en el 1979. a san Francisco de Asís patrón de los ecologistas. Bien al contrario, es necesario fundamentar un activismo medioambiental cristiano a partir de una visión teológica de la naturaleza que desarrolle (o vaya más allá) el concepto de creación.

La tradición cristiana se refiere a un mundo creado por el ser humano. Aun así, dos relaciones con la naturaleza coexisten en esta visión antropocéntrica: una según la cual el ser humano dispone de la naturaleza, y otra que entiende que el ser humano ha de cuidar de la naturaleza. La distinción entre los seres humanos y la naturaleza provendría del hecho de haber sido creados en momentos diferentes, hecho que constituiría el ser humano como culminación del cosmos. Parecería que esta centralidad desplaza el acento del teocentrismo (Dios creador de la naturaleza) al antropocentrismo. Ahora bien, ¿el ser humano ha de someter la tierra (Gn 1, 28)? o  ¿el ser humano a de contribuir a su fructificación (Gn 1, 29-30)?

El Magisterio reciente, desde el Vaticano II, topa con la lectura antropocéntrica: si la naturaleza nos ha de proporcionar los medios de subsistencia todos los seres humanos han de encontrar eso necesario. El dominio sobre la naturaleza tendría que permitir el desarrollo del conjunto de la humanidad. Existiría una dimensión comunitaria en el proyecto humano de gestionar la naturaleza. Pero Juan Pablo II, Benito XVI y Francisco operan una inflexión en la interpretación bíblica: el dominio ofrecido a la humanidad está sometido a la mirada crítica de Dios. La actividad humana dirigida a mejorar las condiciones de vida ha de corresponderse a los designios de Dios, de manera que no podemos disponer arbitrariamente de la tierra como si hi hubiera un plan divino sobre ella. Es evidente el matiz de este antropocentrismo que deriva de la confesión de fe teocéntrica: la naturaleza es testimonio del Dios creados y, como tal, ha de ser respetada. En esta idea se basa la preferencia en la teología y en el Magisterio del mote creación al de naturaleza.

Esta dialéctica entre teocentrismo y antropocentrismo ha resurgido modernamente en el debate sobre el desencantamiento o el reencantamiento del mundo. La postura tradicional defiende que la naturaleza es profana, y que Dios ha dejado al ser humano la responsabilidad de cuidar del mundo porque solo el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza suya. Hay aquí, ciertamente, la voluntad de huir de una sacralización de la naturaleza que podría derivar en panteísmo o en animismo. Y el punto de equilibrio que vemos en los planteamientos de Juan Pablo II, Benito XVI y Francisco se busca en un enfoque moral: alterar los equilibrios naturales es a la vez un pecado y una irresponsabilidad.

Habría aquí un posible punto de confluencia entre la mirada moral de la teología y el enfoque ético del ecologismo: las crisis medioambientales son la constatación de un estilo de vida depredador del que nos hemos de desprender. Aquí la teología puede hacer aportaciones bien recibidas desde otros ámbitos: la historia de la creación está abocada a la salvación si se respeta la comprensión de la naturaleza como paraíso. La naturaleza no es ni paisaje ni almacén de recursos sino el ámbito con el que hemos de establecer relaciones de reciprocidad. Los debates sobre la ética medioambiental son, indiscutiblemente, una valiosa oportunidad para presentar puntos de vista que, desde la teología, resulten atractivos para las ciencias naturales y sociales.

Francesc-Xavier Marín i Torné

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