Recupera la homilía del cardenal Aveline en la Misa celebrada en la Sagrada Familia, de Barcelona

Accede a la traducción de la homilía predicada por el arzobispo de Marsella este domingo 2 de marzo, en el marco del MED25 Odissey

02 Mar, 2025
Església de Barcelona

Imagen: G. Simón

Queridos hermanos y hermanas:

¡Qué alegría estar hoy aquí reunidos bajo las bóvedas de esta basílica, magnífico poema de piedra y de luz para gloria de Dios! Si el arzobispo de Marsella se ha unido a vosotros para celebrar la Eucaristía del Señor, invitado por el cardenal Omella, arzobispo de Barcelona, es porque un acontecimiento excepcional une a nuestras dos ciudades y, a través de ellas, a todos nuestros hermanos y hermanas del Mediterráneo. Mañana, desde los muelles del puerto de Barcelona, zarpará el buque escuela Bel Espoir (Bella Esperanza). Durante ocho meses de una larga odisea, recorrerá las costas del Mediterráneo contando, a bordo, con jóvenes de todos los países ribereños, cualquiera que sea su origen, lengua, cultura o religión, para vivir una experiencia de fraternidad y de formación para la paz. Cuando, el próximo mes de octubre, el barco atraque, si Dios quiere, en Marsella, fin de su peregrinación, cerca de 200 jóvenes habrán podido dejar que el Espíritu cambie sus corazones y el de todas las personas con las que se encontrarán a lo largo del camino: de Barcelona a Tetuán, de Palermo a Bizerta, de la isla de Malta a Creta, de Chipre al Líbano, de Estambul a Atenas, navegando luego por la costa del Adriático y, finalmente, de Nápoles a Marsella.

La paz en el Mediterráneo es muy necesaria, sobre todo en estos días de creciente tensión internacional y de ruido cada vez más amenazador de las armas. El afán de poder y de lucro de algunos dirigentes irresponsables pone en grave peligro a la humanidad, sin tener en cuenta a las personas ni a los pueblos, especialmente a los más pobres y desfavorecidos. Porque los que inician las guerras rara vez son los que mueren en ellas. Y nosotros, que mañana vamos a zarpar con la goleta Bel Espoir, podríamos pensar que un barco tan pequeño en el mar proceloso de la historia, con tantos desafíos y tantas lágrimas, es una cosa muy pequeña. Y, sin embargo, hermanos y hermanas, todo en esta basílica de la Sagrada Familia nos recuerda que el Señor quiso salvarnos haciéndose niño pequeño, zarandeado por la historia, expulsado por los poderosos, miembro de la Sagrada Familia obligado a huir a Egipto, como tantos emigrantes de hoy, que huyen de la miseria, la guerra y la corrupción que asolan sus países de origen. Pero Dios no abandona a quienes se confían a Él. El Niño ha crecido, su Palabra, su mensaje, sus acciones, luego su condena, muerte y resurrección, han obrado en el mundo como un fermento, una semillita que madura y crece, un casi nada que lo cambia todo. Y esta mañana, en Barcelona, venidos de muchos países del mundo para compartir la esperanza que nos ha dado su llamada, estamos aquí para dar testimonio de esta esperanza.

La esperanza no es un vago optimismo: es una opción exigente, incluso heroica. Un gran novelista francés, Georges Bernanos, que se implicó en la guerra civil española y permaneció en Barcelona en el verano de 1936, en un momento en que la escena internacional también estaba agitada, escribió estas poderosas palabras que ofrezco a vuestra consideración:

«La esperanza es una determinación heroica del alma, y su forma más elevada es la desesperación superada.

La gente cree que es fácil tener esperanza. Pero sólo tienen esperanza quienes han tenido el valor de desesperar de las ilusiones y mentiras en las que encontraban una seguridad que falsamente toman por esperanza.

La esperanza es un riesgo que hay que correr, de hecho es el riesgo de todos los riesgos. La esperanza es la victoria más grande y más difícil que un hombre puede ganar sobre su alma…

La esperanza sólo puede alcanzarse a través de la verdad, a costa de un gran esfuerzo. Para encontrar la esperanza, hay que haber ido más allá de la desesperación. Cuando llegamos al final de la noche, nos encontramos con otro amanecer.

El demonio de nuestro corazón se llama «¿Para qué?»»

Este riesgo de esperanza es el que habéis corrido vosotros, los jóvenes del Mediterráneo (Med25) que os embarcáis en esta odisea. No os conocéis, sabéis que en un barco no tenéis más remedio que ser solidarios, tenéis convicciones e incluso religiones diferentes. Sin embargo, habéis decidido correr el riesgo de encontraros juntos, impulsados como estáis por el mismo deseo de servir a la paz, de promover la justicia y de ayudar a vuestros pueblos a vivir felices y en armonía a orillas de este mar, que siempre será demasiado ancho para confundir y demasiado estrecho para separar.

Esta mañana, en la escuela de Gaudí, que quiso dar a esta basílica el poderoso aliento del Evangelio, recordamos que, para los cristianos, la esperanza es como un ancla echada más allá de la historia, anclada en la victoria que Cristo ha obtenido definitivamente sobre el mal y la muerte. Vivir en la esperanza significa mirar el mundo, a pesar de todas las tormentas de la vida, a la luz de la promesa que el Señor nos ha hecho: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». ¿De qué hay que tener miedo? No dejemos que los rayos cieguen nuestros ojos y distorsionen nuestro juicio, no dejemos que el desánimo y la indiferencia adormezcan nuestra indignación y ablanden nuestro corazón. Dios espera de nosotros que no seamos tibios, sino llenos de entusiasmo y coraje, atentos a los demás, fraternos y disponibles, para que sepamos leer los signos, a menudo discretos, de la gracia y de la salvación en nuestra propia vida y a nuestro alrededor.

La nave que vamos a empujar sobre las olas, un pequeño casco sobre las olas de tempestades y desgarros de nuestro mar y de nuestro mundo, quiere ser como un arca de esperanza de la que vosotros, los jóvenes que os embarcaréis en cada etapa de esta gran odisea, vais a convertiros en los navegantes. Y estoy seguro de que la brújula de esta navegación os ayudará a encontrar el buen camino y a mantener el rumbo correcto a lo largo de toda vuestra vida.

Y eso se aplica a todos nosotros, hermanos y hermanas, sea cual sea la etapa en la que nos encontremos en el gran viaje de la vida. Toda la vida es el tiempo que Dios nos da para prepararnos para el encuentro con Él. Rechacemos el demonio del «¿Para qué?», que nos ciega y nos hace indiferentes a nuestros compañeros de viaje. Cada hombre, cada mujer, es un hermano, una hermana, por los que Cristo murió, por los que resucitó. Aprendamos la esperanza. Vivamos la fraternidad. Cultivemos la amistad y la confianza. Demos testimonio del amor con que Dios ama al mundo y  quiere reunir en la unidad a sus hijos dispersos. Entonces nuestro mar podrá ser cada vez más lo que siempre debió ser: un vínculo, un camino y una puerta entre los pueblos y las civilizaciones. Este es el mensaje que el Papa Francisco no ha cesado de repetir, a tiempo y a destiempo, de Lampedusa a Jerusalén, de Lesbos a Tirana, y en tantas otras líneas de fractura de la humanidad actual que ha decidido visitar. Que su peregrinación inspire la nuestra, para que seamos peregrinos de esperanza en los caminos de nuestras vidas. Amén.

† Card. Jean Marc Aveline
Arzobispo de Marsella

Puedes acceder a la versión original en francés de esta homilía, si haces clic en el siguiente enlace

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