La madre Petra fue una visionaria de su época. Nacida en Málaga en 1845, desde muy joven sentía una especial predilección por los niños pobres y estaba profundamente enamorada de san José. Quería que todo el mundo pudiera rezarle y confiar en él, tal como ella lo hacía. Estas dos vocaciones marcaron su gran obra y el nacimiento del santuario de san José de la Montaña. Petra llegó a Barcelona en 1886 sin nada más que su gran fe y, gracias a la providencia en la que siempre confió, le regalaron unos terrenos donde se construyó el gran santuario dedicado a san José, un lugar de referencia en Barcelona, al que cada año peregrinan miles de devotos del padre de Jesús, procedentes de todo el mundo.
«Las palabras de san José no aparecen en los evangelios, pero sus actos, el cuidado amoroso y tierno de Jesús y su obediencia al aceptar la voluntad de Dios son nuestro referente y el ejemplo a seguir para millones de personas». Quien me habla con entusiasmo de san José es la hermana Guadalupe, responsable de la pastoral de la comunidad. Al igual que la beata Petra, Guadalupe también sentía predilección por los jóvenes más desfavorecidos en su pueblo natal, en México. Es educadora social y lleva un año en la casa de Barcelona, aunque cuenta con una larga experiencia en la atención a menores con dificultades.
Los hogares de san José
Este es el carisma de la congregación fundada por la madre Petra: construir hogares llenos de amor y ternura que guíen a los pequeños que no tienen una familia a su lado, para que vivan como si fuera su propia casa. Disponen de seis hogares en los que viven grupos de diez niños con educadores, la mayoría procedentes de Marruecos, Pakistán, China y América Latina, aunque también hay españoles, de entre 3 y 16 años. Los hogares de la madre Petra, Niño Jesús, San Rafael, Inmaculada, Guadalupe y San José quieren ser espacios vivos. En esta época navideña disfrutan más que nunca del magnífico belén que se puede visitar en la portería y de las actividades preparadas para estos días.
«Para mí, la pastoral no es solo rezar y asistir a misa, sino que está impregnada en todos nuestros actos realizados con cariño: acompañarlos en los estudios y en el tiempo libre, limpiar, ordenar». Para la hermana Guadalupe es una gran satisfacción ver cómo los chicos y chicas prosperan y cómo quedan impregnados de la educación en valores que les transmiten. «Necesitan mucho afecto y también la dimensión espiritual, un sentido para su vida. Ellos nos preguntan y les enseñamos a rezar, los acompañamos siempre respetando sus tradiciones, si siguen el Ramadán, etc.».
Juntas visitamos la majestuosa iglesia dedicada a san José, que se queda pequeña cada vez que hay una gran celebración; también la capilla dedicada a la beata Petra y la acogedora capilla de san José, donde se recogen las miles de cartas que llegan de todo el mundo, en este año jubilar más que nunca, en las que la gente se encomienda a san José y le comparte sus anhelos y preocupaciones.
La congregación de san José de la Montaña nació en una misa de Navidad, cuando Dios reveló a la madre Petra un nuevo estilo de vida dedicado a los más necesitados, un carisma que con los años se ha ido consolidando en la montaña de “San José”.