Con una historia que se remonta al siglo XI, la pequeña parroquia de la Mare de Déu del Coll, ubicada en el barrio del Carmel de Barcelona, acogió este fin de semana el acto de dedicación de la iglesia y del altar. El arzobispo de Barcelona, Card. Joan Josep Omella, presidió la celebración, acompañado del párroco de la parroquia, Mn. Gabriel Seguí.
El acto fue un momento de encuentro y comunión para los feligreses, muchos de los cuales siguieron la ceremonia de pie debido a la gran afluencia de fieles.
Un signo de esperanza en el Carmel
«Es una iglesia muy arraigada al barrio y apreciada por todos los vecinos», destacó el párroco, Mn. Gabriel Seguí, al inicio de la celebración. Dio la bienvenida a una comunidad que, con los años, «ha crecido y se ha mantenido unida, acogiendo nuevas familias y convirtiéndose en un lugar multicultural».
Mn. Seguí también recordó la importancia del Santuario, que se construye sobre los cimientos de una antigua iglesia románica destruida durante la Guerra Civil. Fue reconstruida con reminiscencias de este estilo y mantiene elementos como la talla gótica de la Mare de Déu del Coll, que preside la iglesia y da nombre al barrio.
En el contexto del Año Jubilar, subrayó el significado de la consagración como un acto de renovación y esperanza para la comunidad. «Queremos ser un signo de esperanza en este barrio durante este Jubileo, y esperamos que la presencia del Santo Crisma, con el que ungiremos el altar, brote como una fuente de gracia para todos los que vivimos aquí», concluyó con un mensaje de confianza y ánimo.
Presencia de Dios
El arzobispo Omella, en su homilía, destacó el profundo significado de la unción con el Crisma como signo de la presencia de Dios en la Iglesia. Recordó que Dios habita en nosotros desde el momento del bautismo, cuando somos ungidos con el Crisma, y nos ama como a sus hijos. «Vosotros sois templo de Dios, y lo que hacéis a los demás lo hacéis a Dios», dijo Omella, haciendo un llamado a respetar la vida de los demás, como signo del Cristo que habita en cada uno.
El rito de la consagración
Después de la homilía, se procedió al rito de consagración de la iglesia. El arzobispo Omella ungió el altar y las paredes del templo con el Santo Crisma, un gesto simbólico que llena el espacio sagrado de la presencia de Dios. Tras el rito de la unción, se realizó la incensación del altar y de la iglesia. A continuación, unas feligresas prepararon la mesa del altar cubriéndola con una tela impermeable para luego cubrirla con el mantel, dejándola bien dispuesta con los cirios para la celebración de la misa, y también con la cruz. Seguidamente se procedió al rito de iluminación, con el encendido de los cirios y las velas ungidas, dejando la iglesia impregnada de luz, representando la presencia de Cristo. Con el altar iluminado y los cirios encendidos, se proclamó con fuerza: «Brille en la Iglesia la luz de Cristo, para que todos los pueblos lleguen a la plenitud de la verdad». Este acto de consagración fue un símbolo de renovación espiritual para todos los presentes, que vivieron la celebración como un compromiso de fe y comunión renovada.
Con esta consagración, la Iglesia de la Mare de Déu del Coll vuelve a ser un faro de esperanza y unidad para todos los vecinos y feligreses. Un lugar de luz y fe renovada en un barrio lleno de historia y diversidad, que marca el inicio de un camino de renovación espiritual para todos aquellos que lo viven.