La celebración de los santos patrones de los diáconos

La Sagrada Familia acoge la celebración de Santo Fructuoso que junto con Augurio y Eulogi son los patrones de los diáconos catalanes

El cardenal Joan Josep Omella, arzobispo de Barcelona, celebró la Eucaristía en la cripta de la basílica de la Sagrada Familia con motivo de la fiesta de Santo Fructuoso ayer por la tarde. La festividad une los colegios de los diáconos de los obispados de Barcelona, Terrassa y Sant Feliu, que organizan cada año, de manera rotativa, la fiesta de los diáconos. También asistieron los dos obispos auxiliares de Barcelona, Mons. Sergi Gordo y Mons. Antoni Vadell.

Los patrones

El obispo santo Fructuoso murió mártir de la fe en el anfiteatro de Tarragona, acompañado de sus diáconos santo Augurio y santo Elogio. Fueron quemados vivos. Los tres santos fueron perseguidos y encarcelados a mitad del siglo III por el emperador Valerià. La comunidad cristiana estuvo a su lado en todo momento. Rogaron por la Iglesia universal y según cuenta la leyenda «reconfortaron la comunidad con la promesa que ya no le faltaría nunca pastor, y que el amor y la promesa del Señor siempre estarían presentes». Las memorias martiriales, recogidas a través de unas actas, son las más antiguas de toda la península Ibérica.

Un tributo al diácono

El Cardenal Joan Josep Omella remarcó en la homilía el papel de los diáconos, haciendo énfasis en la importancia de su tarea al servicio de la evangelización, la caridad y la liturgia.

«Si abrimos el corazón para que Dios entre en nosotros, transformaremos el mundo», declaraba entusiasmado el arzobispo de Barcelona después de explicar la historia de los primeros misioneros que fueron a África.

Lanzando un mensaje de solidaridad a los asistentes, aseguraba la necesidad de intentar enriquecer todo tipo de pobreza. «Porque hay pobreza de dinero, del corazón, de Dios…». Explicó como ejemplo las gestas que hizo el monje Santo Domingo de la Calzada para ayudar a todos los pelegrinos que intentaban llegar a Santiago de Compostela. Con esperanza concluyó: «todo el que sembramos produce un fruto incontable». La ceremonia acabó con una cena en la cual asistieron los diáconos y sus invitados.

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