Disposicions episcopals de 2 d’octubre de 1970, les XL hores

Instrucción pastoral: La devoción eucarística de las XL Horas

I. HISTORIA Y REALIDAD ACTUAL

La peculiar devoción eucarística conocida con el nombre de «Cuarenta Horas», de secular tradición en la Iglesia, se debe al deseo que muchos sacerdotes y fieles sintieron de conmemorar, en oración ante el Santísimo Sacramento expuesto públicamente, el tiempo que permaneció el Cuerpo del Señor en el sepulcro que, según se estima, fue alrededor de ese número de horas. Por eso se llamó así.
No obstante las diversas adaptaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo, esta devoción, fundamentalmente, ha obedecido siempre a los mismos motivos: dar culto al Sacramento Eucarístico con amor y reverencia, y orar por el bien espiritual de los propios adoradores, de la Iglesia y del mundo.
Las súplicas de las Cuarenta Horas en los Templos de la Urbe fueron establecidas por Clemente VIII ya en el año 1592, y han sido muchas veces ratificadas y promovidas a fin de que en los tiempos más difíciles fuese impetrado el auxilio celestial para toda la familia humana.
La reglamentación más precisa se debe a Clemente XI en 1705. La inicial devoción, fervorosamente sentida por pequeños grupos, se transformó poco a poco en una exposición Solemne del Santísimo Sacramento, anual y extraordinaria, que a modo de jornada o jornadas eucarísticas de adoración y de plegaria se celebraban por turno o sin él en Iglesias Parroquiales y en otros Templos. El c. 1275 del Código de Derecho Canónico sancionó la obligatoriedad de esta práctica.
En nuestra Diócesis de Barcelona, particularmente en la capital, aparecen las primeras reglamentaciones de esta devoción durante el pontificado del Obispo Climent (1775), si bien fue en el primer cuarto del 593 presente siglo cuando logró amplia difusión, al prescribirse en el Sínodo diocesano de 1919 (Const. 142) y constituirse en la parroquia de S. Jaime, de Barcelona, el Centro director de la «Real Congregación de la Guardia y Oración al Santísimo Sacramento», llamada también «Oración de las Cuarenta Horas de las Iglesias de Barcelona», que estableció, al estilo romano, el turno de las parroquias y otras iglesias de la capital, con publicación en la prensa y mediante calendario, formas éstas que todavía perduran.

Indudablemente esta devoción ha contribuido con eficacia al culto del Santísimo Sacramento, inspirando e impulsando las grandes efemérides eucarísticas con que se honra nuestra Diócesis, y ha sido fuente diaria de santificación y consuelo para muchos.
Los fieles, «permaneciendo ante Nuestro Señor Jesucristo, disfrutan de su trato íntimo, le abren su corazón pidiendo por sí mismo y por todos los suyos, ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo, sacan de ese trato admirable un aumento de fe, de esperanza y de caridad».6
Pero es evidente que esta práctica, en otro tiempo floreciente, hoy va decreciendo. Se ve afectada actualmente, y en todas partes, no sólo por las dificultades derivadas de horarios, número de fieles, coincidencia con otras celebraciones, etc., sino por algo más hondo como es el cambio de mentalidad en cuanto a los modos adecuados de expresión de la fe.
Y esta crisis debe ser superada. Dice Paulo VI: «El culto al Santísimo Sacramento en torno a la presencia real es un tesoro que no podemos dejar pasar como flor que hubiera llegado ya a su otoño. La sensibilidad del pueblo cristiano que gusta de la grandiosidad de los Congresos eucarísticos internacionales y se recrea en el humilde saludo popular de “Alabado sea el Santísimo Sacramento», esas velas de adoradores nocturnos ante la Custodia, tantas capillas e iglesias que, teniendo al Señor de manifiesto, invitan al coloquio personal, y las visitas al Santísimo que dan calor espiritual a la jornada, la belleza de las procesiones del Corpus; todas éstas son cosas de tanta tradición en la Iglesia que, aunque susceptibles de adaptación, minea se habrá de renunciar a ellas».’ Y añade dirigiéndose a institutos y asociaciones peculiares: «Los institutos y asociaciones a los que por peculiar ley, confirmada por la Iglesia, se les ha encomendado el deber de dar culto de adoración al Sacramento de la Eucaristía, sepan que realizan un oficio preclarísimo y en nombre de la misma Iglesia… No hay, pues, razón para que se desanimen en nuestra época quienes realizan este excelso oficio de adoración, como si se tratara de una “devoción anticuada”, según dicen algunos, o como si perdieran el tiempo, mientras urgen más otras obras. Estén persuadidos de que la Iglesia necesita absolutamente, ahora como antes, de quienes al Divino Sacramento lo adoren en espíritu y en verdad»

 

II. CONTINUIDAD Y RENOVACION

Con el deseo de ayudar a vencer las dificultades existentes, y de favorecer la práctica de una devoción que puede procurar tanta gloria a Dios y tantos beneficios a los creyentes, ofrecemos a vuestra consideración las siguientes reflexiones:

a) Tener presente la doctrina

Los principios doctrinales y las disposiciones prácticas de la Instrucción «Eucharisticum Mysterium», publicada por la Santa Sede el 26 de mayo de 1967, precisamente con el fin de orientar la conducta del pueblo cristiano en relación con el misterio eucarístico, nos ofrecen, junto con otros documentos pontificios, singularmente la «Mysterium Fidei», las orientaciones que hay que tener en cuenta.
En efecto, la referida Instrucción, enseña que «la Iglesia recomienda, con empeño, la devoción privada y pública del Sacramento del Altar, aún fuera de la misa, de acuerdo con las normas establecidas por la autoridad competente y en la presente Instrucción; pues el sacrificio eucarístico es la fuente y el punto culminante de toda la vida cristiana». Y no se reduce al sacrificio el culto litúrgico a la Eucaristía. Ya dentro de la misa se tributa un culto latréutico de adoración a Cristo que se hace presente, verdadera, real y sustancialmente bajo las especies de pan y vino; pero además «la iglesia católica profesa este culto latréutico que se debe al Sacramento eucarístico no sólo durante la misa, sino también fuera de su celebración, conservando con la mayor diligencia las hostias consagradas, presentándolas a la solemne veneración de los fieles cristianos».
«Hay, pues, que considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración misma de la misa, como en el culto de las sagradas especies que se reservan después de la misa para prolongar la gracia del sacrificio.»

Considerado así el misterio eucarístico en su totalidad, la conducta del pueblo cristiano en relación con él ha de ajustarse a esta visión total Tal ha sido, repetimos, la finalidad de la Instrucción «Eucharisticum Mysterium» y tal es nuestro propósito al recoger este principio fundamental a cuya luz la actitud de los fieles se ilumina plenamente desde el punto de vista pastoral, sin que quede reducida a una rápida participación en lo que la Eucaristía tiene de Sacrificio o de banquete. Es necesario también adorar con calma, en silencio, con amor.

b) Indicaciones litúrgico-pastorales

Ciñéndonos ya a las Exposiciones del Santísimo en general y en su relación particular con las XL Horas, hay que tener en cuenta las siguientes indicaciones:
1.a La Instrucción E. M. obliga ante todo a los obispos a que procuren que las Exposiciones del Santísimo Sacramento se celebren siempre y en todas partes con la debida reverencia.
2.a La Instrucción al referirse a la Exposición solemne con el Santísimo Sacramento, prolongada durante algún tiempo, aunque estrictamente no sea continuo, la llama Exposición Solemne anual, denominación que conviene al antiguo de «XL Horas», puesto que, como se ha dicho fue transformándose sucesivamente en «Jornadas Eucarísticas» o manifestación de fe y de adoración al Santísimo Sacramento.
3.a Para esta Exposición Solemne anual la Instrucción exige que sólo tenga lugar «si se prevé una asistencia conveniente de fieles».
Conviene asimismo destacar:
— Que existe una relación entre la comunidad local (parroquia) y la Eucaristía, a fin de que «la comunidad local pueda meditar y adorar más intensamente el misterio eucarístico».
— Que el culto al Santísimo Sacramento ha de manifestar en signos su relación con la misa. «Conviene, pues —añade la Instrucción_ , que la Exposición, cuando es solemne y prolongada, tenga lugar al final de la misa en que se habrá consagrado la hostia que se expondrá a la adoración.» »
— Y que «durante la exposición, todo debe organizarse de manera que los fieles recogidos en oración se dediquen exclusivamente a Cristo».

c) Finalidades de esta devoción eucarística

En cuanto a los fines que debiera tener esta «Exposición Solemne Anual» o «Jornada Eucarística de adoración» (nombre que creemos fuera el apropiado para designar en adelante el ejercicio de las XL Horas), debe conservarse, a nuestro juicio, la que ha tenido desde su origen: rogar por la paz y reparar por los pecados que se cometen. Sin embargo, en un sentido más subjetivo, de enriquecimiento espiritual, se debe atender también a la santificación personal, familiar, social y comunitaria, en consonancia con las exigencias pastorales de hoy y la renovación litúrgica en curso.
El Cardenal Vicario de Roma, monseñor Angelo Dell’Acqua, en Instrucción pastoral para la Urbe, señalaba recientemente (27 de mayo de 1970) las siguientes finalidades que resumimos y hacemos nuestras:
1 .a Profundizar con fe en el misterio eucarístico total, mediante formas extraordinarias de predicación, de reflexión personal y de oración en común que, en un contexto de ritos y catequesis apropiados, conduzcan a una vivencia personal y comunitaria de lo que la Eucaristía es para la vida cristiana y de la Iglesia. Sobre la temática eucarística pastoral, véanse los documentos del Concilio Vaticano II: L. G. 7, 11, 23, 33, 50-51 ; C. D. 15 y 11; P. O. 5, 6 y 18.
2 .a Lograr no sólo una mayor y más prolongada participación en la comunión sacramental (esta más íntima unión con el Señor y los hermanos es el fin último de toda devoción eucarística), sino también un perfeccionamiento en la forma de participación de la Misa (más saboreada internamente y externamente más expresiva).
3 .a Encuentro vivo con el Señor, mejor conocido, amado y adorado, que invita en esa intimidad a ser seguido e imitado en la vida cotidiana.
4.a Otras finalidades concretas e inmediatas, según las contingencias —aunque subordinadas a las precedentes— podrían ser propuestas oportunamente.

d) Renovación actual

A tenor de lo expuesto, y para lograr una adaptada renovación de esta peculiar devoción eucarística, deben revisarse: 1) los tiempos (fechas, horarios y duración); 2) los lugares (templos); 3) la forma o modo de realizarla.
1. Tiempos. — Cada parroquia o comunidad debería: a) considerar el tiempo más apto para «su» Jornada o Jornadas Eucarísticas, evitando que coincida con períodos litúrgicos característicos, llamados «fuertes», tales como Adviento, Navidad, Cuaresma-Pascua, Pentecostés, así como en dominicas o solemnidades entre semana. En cambio, deberían aprovecharse los días precedentes y subsecuentes a las festividades de Corpus Christi y Sagrado Corazón de Jesús, así como algunos del Octavario por la Unión de las Iglesias.
Considerar asimismo la posibilidad de coordinar las fechas con las de las parroquias o comunidades del sector.
En cuanto a la determinación de la hora de la Exposición deberían preferirse aquellas que. por ser más asequibles a los fieles, aseguren una adecuada asistencia. Sería de desear que, con vistas a una realización más perfecta y comunitaria de esta oración ante el SantíS1mo, el horario escogido hiciera posible el encuentro espontáneo y la adoración de grupos homogéneos de fieles (jóvenes, hombres, etc.). Una realización más comunitaria se obtendría tal vez si las parroquias o comunidades de un sector o arciprestazgo consideraran que uno de los objetivos de esta renovación es patentizar —tanto en las celebraciones eucarísticas como en los turnos de adoración- que la unidad de Fe, la comunión de caridad fraterna y los vínculos de la paz son, ante la Eucaristía, una realidad viva y operante, cuyo signo sería la congregación de sus respectivos fieles Respecto a la duración (uno o tres días), dependerá de la fisonomía de cada parroquia, considerando que no se trata de jornadas íntegras, sino de aquellas horas más convenientes a los fieles.»
2. Los lugares (templos). — Aparte de las parroquias o comunidades que se ofrezcan para efectuar, en determinadas fechas y horas, la Exposición Solemne de las XL Horas (templos variables), convendrá señalar algunos templos (templos fijos) ubicados, a ser posible, en determinadas zonas ciudadanas, donde cada día pueden los fieles hallar al Señor solemnemente expuesto. Todo ello se comunicará de forma adecuada a los fieles. .
3. Formas de realización. — Un esquema, a titulo de ejemplo, podría ser el siguiente:
a) Misa de comienzo.
b) Adoración privada (media hora).
c) Adoración comunitaria.
d) Bendición eucarística.

a) Por su misma naturaleza, la Exposición Solemne debe partir de la Misa debiéndose entender como la prolongación de «aquel tiempo sacro de silencio» recomendado después de la comunión. El altar, por tanto, será el lugar preferido para la Exposición. Obsérvense las normas litúrgicas promulgadas.

b) En ese «tiempo sacro de silencio» se incluye el coloquio íntimo con el Señor (adoración privada) que puede usar de lecturas bíblicas apropiadas, reflexiones o plegarias eucarísticas. Este período de plegaria personal en silencio, tan ansiado por el adorador, nunca deberá omitirse.
c) Seguirá luego la «Adoración comunitaria» que, salvado el conveniente margen para la adoración privada, es necesario desarrollar atentamente, en especial si los asistentes forman un grupo homogéneo.

Su duración ha de permitir: 1) Una catequesis sobre el misterio eucarístico, a poder ser apropiada a las exigencias del grupo, o ajustada al «tema» de la jornada, con lecturas bíblicas comentadas y cánticos (salmos). «Para que el misterio eucarístico poco a poco llegue a impregnar toda la vida espiritual de los fieles es necesaria una catequesis adecuada»; y 2) Una plegaria común solemne, en forma litánica, por varias intenciones, preferentemente por la paz y las grandes necesidades de la Iglesia. 26. E. M.. n. 5.
Conviene, asimismo, no olvidar a los enfermos o personas impedidas de la comunidad, asociándolas moralmente, o de otro modo que la pastoral sugiera, a la «Jornada eucarística» de la parroquia. Asimismo el compromiso misionero de la comunidad reunida ante el Señor la hará consciente de la necesidad de orar por los alejados.
d) La Bendición solemne, a tenor de las normas litúrgicas, debe concluir la Exposición.

III. DISPOSICIONES

 

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