Carta dominical | «Un tiempo de reconciliación»

Imagen: Pixabay Cuaresma es un tiempo de conversión. Un tiempo en que podemos pedir a Dios que cambie nuestro corazón, que nos regale una mirada como la suya. En nuestras vidas experimentamos cómo no es oro todo lo que reluce. Evidenciamos la facilidad con la que pasamos de una buena acción a una falta de […]

26 Feb, 2026
Església de Barcelona

Imagen: Pixabay

Cuaresma es un tiempo de conversión. Un tiempo en que podemos pedir a Dios que cambie nuestro corazón, que nos regale una mirada como la suya. En nuestras vidas experimentamos cómo no es oro todo lo que reluce. Evidenciamos la facilidad con la que pasamos de una buena acción a una falta de caridad o incluso a una bajeza moral. Tristemente somos incoherentes, capaces de lo mejor, pero también de lo peor. Por ello, Jesús nos llama a la conversión, a darle el centro de nuestras existencias, a dejar que Él sea el que cure nuestros corazones heridos y reoriente nuestras vidas desordenadas.

Hay una bella anécdota atribuida al genial artista Leonardo da Vinci que, en este tiempo de Cuaresma, nos puede ayudar a transformar nuestro corazón y a no juzgar a los demás. Según esta historia, tardó varios años en pintar el cuadro de La última Cena. Al principio, le costó encontrar un modelo que pudiera representar a Jesucristo. Al cabo de un tiempo, le presentaron a un joven de rostro bello y mirada pura que reunía las características que el artista había estado buscando.

Según la tradición, Jesús fue la primera figura que Leonardo da Vinci pintó en su cuadro. Después, fue pintando a los apóstoles. Sin embargo, cuando quiso representar a Judas no hallaba un modelo adecuado y dejó la obra sin terminar durante un tiempo. Años más tarde, Leonardo da Vinci encontró al fin a la persona adecuada. Se trataba de un famoso criminal que había sido apresado hacía unos días. Era un hombre joven, envejecido prematuramente, con el rostro marcado por el miedo y el rencor. Cuentan que cuando aquel hombre vio el cuadro, cayó de rodillas y le dijo: «¿No me reconoces? Aquel joven que elegiste para representar a Cristo soy yo».

Todos tenemos algo del modelo de esta historia. En nuestro corazón se mezclan a menudo la luz y las tinieblas. Así nos lo dice el apóstol Pablo: hacemos el mal que no queremos y no el bien que querríamos hacer (cf. Rom 7,19). No obstante, Dios no se cansa jamás de perdonarnos. Él no tiene en cuenta nuestro pasado. Y es que el amor de Dios borra nuestros pecados. Durante estos días de Cuaresma recibamos con fe el sacramento de la confesión. Este sacramento es el abrazo de Jesús que nos reconcilia con Dios Padre y nos prepara para la Pascua.

El evangelista Mateo, en el texto del Evangelio de este domingo, nos explica que, cierto día, Jesús subió a una montaña con tres discípulos. Allí, Jesús se transfiguró. Sus vestidos se volvieron blancos como la nieve y su rostro brillaba como el sol. En este texto, Dios se muestra como Palabra que nos conforta, como fuerza que «transfigura» nuestra vida, como luz en medio de la oscuridad de la prueba. Abramos el corazón y escuchemos la voz de Dios, que también nos impulsa a apostar totalmente por Jesús, a dejar que Él sea el rey y señor de nuestras vidas.

Queridos hermanos y hermanas, durante estos días de Cuaresma, recordemos que todos somos pecadores, queridos y perdonados por Dios. Él nos espera siempre para ofrecernos el perdón y su abrazo de Padre lleno de ternura. Que Jesús nos acompañe en el camino que lleva hacia la Pascua. Que María, madre de Misericordia, nos lleve de la mano al encuentro con su Hijo en el hermoso sacramento de la reconciliación.

† Card. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona

Escucha la carta dominical en la voz del cardenal arzobispo de Barcelona.

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