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La Sagrada Familia acoge la ordenación de Luís Jaureguizar Gratacós, Armand Kammang Martínez y Peter Kibiru Waithira
Fotografías: A. Codinach/ G. Simón
La basílica de la Sagrada Familia ha acogido este domingo 3 de mayo la ordenación diaconal de tres seminaristas del Seminario Conciliar de Barcelona: Luís Jaureguizar Gratacós, Armand Kammang Martínez y Peter Kibiru Waithira. La celebración, que reunió a cerca de mil ochocientas personas, fue presidida por el arzobispo de Barcelona, el cardenal Joan Josep Omella.
La Eucaristía contó también con la participación de los obispos auxiliares Mons. David Abadías y Mons. Javier Vilanova Pellisa, así como de numerosos presbíteros. Entre los concelebrantes se encontraban el rector de la basílica, Mn. Josep Maria Turull, y el rector del Seminario Conciliar de Barcelona, Mn. Salvador Bacardit.
Tras unos años de formación en el seminario, los tres nuevos diáconos —de carácter transitorio, como paso previo al presbiterado— continuarán su camino hacia el sacerdocio, iniciando el ministerio ordenado al servicio del pueblo de Dios.
En su homilía, el cardenal Omella subrayó que el ministerio de los diáconos tiene su origen en los comienzos de la Iglesia, tal como relatan los Hechos de los Apóstoles, y destacó su importancia en el servicio de la caridad, «íntimamente unido al ministerio presbiteral».
Dirigiéndose a los ordenandos, el arzobispo destacó que su vocación es fruto del amor gratuito de Dios: «Habéis sentido la llamada del Señor y habéis respondido con generosidad». También los animó a vivir su ministerio con humildad y confianza en la fuerza del Espíritu Santo.
El cardenal exhortó a los nuevos diáconos a cuidar la vida espiritual para mantener vivo el don recibido a través de la oración, la Eucaristía y la fraternidad, especialmente en el servicio a los más pobres. «El mundo está sediento de este fuego de amor vivo», afirmó.
En este sentido, advirtió del riesgo de confiar únicamente en las propias fuerzas: «Hay que estar muy atentos, ya que este fuego se apaga cuando nos apropiamos del don recibido creyendo que todo depende de nosotros». Asimismo, puso de relieve el valor del servicio discreto y a menudo invisible que realizan en medio de la sociedad: «Estáis aquí para dar gloria a Dios», animándolos a vivir con alegría su vocación y a ser testigos de esperanza.
La celebración siguió los distintos momentos propios de la ordenación diaconal. Durante la liturgia de la ordenación, los candidatos se acercaron al arzobispo y expresaron su disponibilidad con el «Aquí estoy», después de ser presentados y reconocida su idoneidad por el rector del seminario; a continuación, hicieron la promesa de los elegidos y se postraron en tierra durante la letanía de los santos en señal de humildad; finalmente, el cardenal Omella impuso las manos sobre cada uno de ellos y pronunció la oración de ordenación, momento central en el que fueron constituidos diáconos, antes de ser revestidos con la estola cruzada y la dalmática y de recibir el libro de los Evangelios como signo de su misión.
La celebración continuó con la liturgia eucarística, en la que ya ejercieron su ministerio. El cardenal les dio el beso de paz, acogiéndolos oficialmente en el orden del diaconado, gesto que también compartieron con el resto de diáconos presentes.