«Tú, Señor, eres mi esperanza». Con estas palabras comienza el papa León XIV el mensaje para la novena Jornada Mundial de los Pobres, que el domingo 23 de noviembre celebramos de forma solemne en el santuario de la Virgen de Montserrat. Éramos más de 100 personas; en el centro, los marginados, los excluidos de nuestra sociedad, pero para el Señor sus preferidos, acompañados por voluntarios y miembros de la pastoral social de la diócesis de Barcelona. La misa estuvo presidida por el P. Abad Manel Gasch y concelebrada por el obispo Javier Vilanova junto con el P. Joan Costa, delegado de pastoral social de la diócesis, entre otros. Los cantos de la escolanía de Montserrat, junto con otros coros europeos, sonaron a música celestial. Y el Virolai a nuestra Madre de Dios de Montserrat nos emocionó. Para muchos, era la primera vez que veían aquellas bellas cimas y la majestuosidad del santuario. Fue un día soleado y luminoso, en el que cuidamos unos de otros; nuestras oraciones brotaron del corazón. Un día en el que reímos y compartimos un almuerzo de hermandad en el restaurante del Mirador de los Apóstoles. Al terminar la misa, un saludo del P. Abad y una bonita foto como recuerdo de este peregrinaje.
Tuvimos muy presentes las palabras del santo Padre, que recuerda a «nuestras comunidades que los pobres están en el centro de toda la acción pastoral. No solo de su dimensión caritativa, sino también de lo que la Iglesia celebra y anuncia. Dios ha asumido su pobreza para enriquecernos a través de sus voces, sus historias, sus rostros. Toda forma de pobreza, sin excluir ninguna, es una llamada a vivir el Evangelio y a ofrecer signos eficaces de esperanza».
Una esperanza que un grupo de privilegiados pudo vivir el domingo anterior, 16 de noviembre, cuando la Iglesia celebró mundialmente la Jornada del Marginado en la basílica de San Pedro en Roma. Fue un peregrinaje impulsado por las Hermanitas del Cordero, que acompañaron a gente de Barcelona, Valencia y Granada. Un sueño hecho realidad, como me explicaba Valentí mientras me enseñaba orgulloso las fotos en las que se le veía comiendo muy cerca del Papa. Él fue uno de los doce pequeños discípulos que se sentaron a la mesa al lado de León XIV. «Parecía uno de los nuestros; siempre recordaré sus palabras. Ha sido una semana en Roma que nunca habría podido imaginar», me decía con los recuerdos aún muy vivos.
Después de comer, nos acogió el monje Pau Valls, todo calidez para agradecer esta peregrinación: «no olvidéis que vosotros sois los más ricos del mundo. La comunidad de Montserrat está muy contenta de que hayáis venido; es una gran alegría recibir a los preferidos de Cristo». Al final, fotografías y abrazos para inmortalizar esta emotiva jornada. Y, de camino hacia Barcelona, el regalo de una rojiza puesta de sol reflejada en las montañas. Y dentro de nosotros, el reto de continuar haciendo realidad cada día el Jubileo de la Esperanza.
Font: Secretariat Pastoral de Marginació (Glòria Carrizosa)