El viernes 30 de octubre de 2026, una treintena de catequistas participaron en la segunda sesión del curso de iniciación a la catequesis, centrada en el sentido de la acción catequética, el acompañamiento de la persona y los medios educativos, impartida por Mn. Joan Mundet, director del Secretariado Diocesano de Catequesis de Barcelona. El encuentro profundizó en la identidad y la finalidad de la catequesis, así como en el papel del catequista como acompañante en el proceso de crecimiento en la fe.
Mn. Joan Mundet comenzó la sesión hablando del kerigma, el anuncio fundamental de la fe cristiana: Jesús ha muerto por cada uno y le ha dado la vida. A partir de este anuncio, situó el encuentro con Jesucristo como el centro de toda acción catequética. En este sentido, recordó que la catequesis no es simplemente una clase ni un aula, ni tampoco un espacio de entretenimiento para los niños. Su finalidad es mucho más profunda: acompañar a las personas en su proceso de crecimiento y conducirlas a la comunión con el Señor.
Para ilustrar la importancia de las relaciones personales en la transmisión de la fe, invitó a los asistentes a recordar quién les había ayudado a creer: qué les había enseñado aquella persona, cómo les había tratado, qué les había hecho descubrir de Dios y qué conservaban todavía de aquella experiencia. De este modo, puso de manifiesto que la fe se transmite mediante el anuncio y el testimonio, en el marco de relaciones humanas concretas.
El director del Secretariado también insistió en la necesidad de que las actividades catequéticas tengan una intencionalidad educativa. Una actividad nunca debe ser una propuesta sin más, sino una oportunidad para acercar al niño a Jesús. En este sentido, puso ejemplos tan sencillos como entrar en la capilla con los niños, saludar a Jesús, rezar o pedir perdón. «Para amar hay que conocer, y para conocer hay que tratar», recordó, subrayando que no basta con transmitir contenidos si no se ayuda al niño a establecer una relación personal con el Señor.
Jesucristo, centro y finalidad de la catequesis
Otro de los ejes de la formación fue la finalidad última de la catequesis: la comunión con Jesucristo, muerto y resucitado, que vive y actúa en su Iglesia. A través del Hijo y en el Espíritu Santo, las personas entran en relación filial con el Padre. Este horizonte debe orientar todo el proceso catequético: conocer y profesar la fe, celebrar y recibir la gracia, aprender a rezar, vivir según el Evangelio, participar en la comunidad y crecer en la caridad y la misión.
En este contexto, Mn. Mundet destacó que no se trata únicamente de memorizar el Credo, sino de entender, asumir y profesar la fe. También habló de la importancia de acompañar a los niños en su vida sacramental, respetando su proceso personal e invitándolos a participar. Como ejemplo de recurso motivador, presentó el Discipass, una especie de pasaporte en el que el catequista puede poner un sello cada vez que el niño participa en la misa o en la catequesis. Más allá de comprobar los sellos, la herramienta se convierte en una manera de acompañar y hacer visible el camino de crecimiento.
Educar personas, no gestionar personajes
La sesión también dedicó una parte importante a reflexionar sobre la persona que el catequista tiene delante. Mn. Mundet recordó que cada niño es único y que no se le debe etiquetar, porque, si lo hace, el catequista corre el riesgo de dejar de educar personas para empezar a gestionar personajes. Por eso, planteó una pregunta fundamental: «¿A quién educamos?»
La respuesta se fundamenta en cuatro convicciones de la antropología cristiana: cada persona es única, con una historia irrepetible, capacidades y preguntas propias; es digna, porque ha sido creada a imagen de Dios, y esta dignidad se mantiene también en la fragilidad y en el error; es relacional y está en proceso, porque crece mediante los vínculos y está llamada a la comunión; y, finalmente, es una persona en camino, capaz de aprender, convertirse y madurar con la ayuda de la gracia y de los demás.
A partir de esta mirada, presentó los cinco ámbitos en los que el catequista desarrolla su tarea educativa: la persona concreta, que hay que conocer; la actividad, que debe responder a los objetivos propuestos; el grupo, donde hay que acompañar las relaciones y la convivencia; la vida cotidiana, que también educa a través de pequeños gestos y hábitos, como borrar la pizarra o colocar bien las sillas; y el propio catequista, que educa sobre todo con su testimonio.
En esta línea, explicó que la educación de la fe implica todas las dimensiones de la persona: la inteligencia, para comprender aquello en lo que se cree y sus razones; la libertad, para aprender a escoger y responder a Dios; la afectividad, para educar los deseos, los sentimientos y la capacidad de amar; la memoria, para conservar palabras, oraciones y referencias que sostengan la vida; y el cuerpo y las relaciones, para expresar la fe, celebrar y aprender a convivir con los demás. Se trata, por tanto, de una formación integral que une el conocimiento, la oración y las decisiones de cada día.
Mn. Joan Mundet también explicó las necesidades específicas de los niños según las diferentes edades, para ayudar al catequista a adaptar el acompañamiento y las propuestas educativas a cada etapa de su crecimiento.
Jesús y Zaqueo: los medios educativos
En la última parte de la sesión, el director presentó los medios educativos de los que dispone el catequista a partir del episodio evangélico de Jesús y Zaqueo (Lc 19,1-10). Zaqueo busca la manera de ver a Jesús y se sube a un árbol; Jesús, sin embargo, es quien toma la iniciativa, lo mira y lo llama. Una comparación que invita al catequista a poner los medios necesarios para que se produzca el encuentro, recordando que es Jesús quien llama y sale al encuentro de cada uno.
El encuentro comenzó y terminó con la oración. Los participantes concluyeron la sesión pidiendo a Dios por los frutos de esta formación y por su tarea de acompañamiento de los niños en el camino de la fe.
Fuente: Secretariado Diocesano de Catequesis