La generosidad de san José

 

En nuestra sociedad se habla mucho del amor. Y del amor de Dios, también, pero no tanto. Sin embargo, a menudo se confunde el amor con sentimientos como la atracción, la simpatía o, peor aún, la dependencia afectiva. Es necesario purificar la idea del amor para no caer en las trampas tendidas por un romanticismo mal entendido.  Se suele presentar el apasionamiento como una consecuencia del amor, en vez de prevenirnos ante los peligros de un egoísmo camuflado.

El amor implica respeto, paciencia, ternura, empatía y, sobre todo, generosidad, es decir, dejar de preocuparnos por nuestra imagen o por nuestros problemas y volcarnos en la atención de las necesidades de los demás.

El amor, aliado de la generosidad, nos marca un camino de santidad. San José es un modelo. Vivió la santidad en un contexto muy concreto y muy próximo a la experiencia de millones de personas: la paternidad. Fue santo haciendo de padre. Sirvió Dios cuidando una familia que, por más extraordinaria que fuera, no dejaba de ofrecer situaciones de absoluta cotidianidad. El papa Francisco en Patris Corde constata como en los relatos evangélicos de la infancia de Jesús se hace patente hasta qué punto Dios delega, actúa a través de acontecimientos y de personas concretas. José fue, en muchos momentos, el verdadero “milagro” con el cual  Dios atendió a Jesús y a su Madre. El Hijo del Todopoderoso vino al mundo asumiendo una condición de gran debilidad y necesitaba de José para crecer y estar protegido (5). Así, pues, el testimonio de José de Nazaret puede iluminar la manera de vivir y la espiritualidad del día a día de muchísimas personas comprometidas con su realidad cotidiana. Nos enseña a dejar obrar Dios a través de nuestra vida.

Según el Papa, ser padre significa introducir a un niño dentro de la experiencia de la vida, en la realidad (7). Y esto es lo que sucedía en aquella peculiar familia. Así, como padre, José asumió la generosamente la responsabilidad de educar al joven Jesús, una educación que afectó a su ministerio. Por ejemplo: Jesús vio la ternura de Dios en José (2). Además, José enseñó a Jesús a ser obediente, según el mandamiento de Dios (cf. Ex 20,12). De este modo, en la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre (3).

Y san José fue fiel a su vocación desde la generosidad. La tradición lo presenta con el apelativo de castísimo esposo. El papa Francisco reinterpreta esta dimensión de su vida y le otorga un significado que transciende la simple renuncia a la satisfacción sexual. Según el Santo Padre, la castidad consiste en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida, es decir, en ser generosos. Solo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, encarcela, se apropia, ahoga, hace infeliz. Dios mismo ama al ser humano con amor casto / generoso y nos deja libres incluso para poder equivocarnos y ponernos en su contra. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca ocupó el centre. Supo asumir una posición discreta para poner a María y a Jesús en el centro de su vida.

La felicidad de José no responde a la lógica del auto-sacrificio voluntarista, sino al don de uno mismo. Nunca manifestó un sentimiento de frustración, sino de confianza. Su silencio persistente no esconde quejas; más bien es un gesto de aceptación, de aquiescencia. Nuestro mundo necesita padres y rechaza los amos; desaprueba quienes quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío; rehúsa quienes confunden autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción (7).

El auténtico amor, a menudo desvirtuado y devaluado, implica participar en la autodonación de Dios, en la generosidad divina que ha hecho posible tanto la Creación como la Redención. José amaba a María, su esposa, a Jesús, su hijo, pero también la voluntad de Dios y al prójimo. Su ejemplo nos puede servir como escuela del amor cuando esta dimensión de la humanidad que nos acerca a Dios puede ser suplantada por sucedáneos empalagosos que esconden un narcisismo enfermizo. El antídoto es la generosidad.

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Dr. Josep Otón i Catalán

Doctor en Historia por la Universitat de Barcelona. Está especializado en el pensamiento de la filosofa francesa Simone Weil. Es catedrático de enseñaza secundaria. Profesor de l ISCREB desde el año 2002. Ha impartido las siguientes asignaturas: Historia de la espiritualidad, Biblia e interioridad, Historia de la Iglesia I i II, i Nuevas religiosidades.

Ha publicado Vigías del abismo. Experiencia mística y pensamiento contemporáneo; La interioridad: un paradigma emergente; Simone Weil: el silenci de Déu; Històries i personatges. Un recorregut per la Bíblia; Simone Weil: experiència i compromís; Històries i personatges. Un recorregut per la Bíblia; El reencantament postmodern.

Ha obtenido los premios Serrat i Moret, Joan Profitós, Càtedra Victoriano Muñoz (UPC), Assaig bíblic y Joan Maragall.

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