El Evangelio según san Marcos, segunda parte: 8,27-16,20

 

La escena en Cesarea de Filipo, en la que Jesús pregunta a sus discípulos quién dicen que es él (cf. 8,27-30), es el punto central del evangelio de Marcos. Sirve para cerrar toda la primera parte y abrir la segunda con una novedad que sus seguidores no sospechan.

Jesús es el Mesías y Pedro es capaz de reconocerlo después de muchas dificultades. Pero la palabra “Mesías” es tan ambigua como lo es hoy la palabra “felicidad”. Los judíos esperaban un Mesías enviado por Dios para salvarles. ¿Y cuál es esta “esperanza”?, ¿qué es esta “salvación”? Marcos te está haciendo una pregunta a ti como lector, como lectora. Intenta al menos responderla: ¿dónde pones tu esperanza?, ¿dónde crees que está tu felicidad? Si hacemos caso a la televisión, las respuestas se mueven entre el Black Friday y la vacuna de la Covid-19. Los discípulos de Jesús también tenían expectativas superficiales del mismo estilo, un mesías militar que derrotase a los romanos, por ejemplo.

La segunda parte del evangelio de Marcos estará dedicada a anunciar algo inaudito: Jesús es más que Mesías, es el Hijo de Dios que va a dar su vida, toda, por amor a nosotros, por amor a ti. Por eso empieza a anunciar un mensaje nuevo, que el Mesías tiene que sufrir, morir y resucitar, y de un modo nuevo, “se lo explicaba con toda claridad”, no con parábolas.

Pedro no se lo cree. Tú no te lo crees. Pedro rechaza que el Mesías tenga que sufrir (no es ese “su” Mesías, su “esperanza”), nosotros rechazamos que la verdadera felicidad esté en dar la vida (quizá dar un trocito, pero ¿toda?, ni hablar).

El momento íntimo de la transfiguración muestra a Jesús como realmente es, luminoso, anunciado por Moisés y por los profetas, Hijo de Dios (cf. 9,1-13). Es un regalo especial para sus discípulos despistados que querrían quedarse en el monte alto, sin los problemas de la vida cotidiana: Pedro, Santiago, Juan, tú, yo. Al bajar de la montaña sucede otro milagro; el padre del niño epiléptico grita la oración más acertada: ¡creo en ti, pero ayuda a mi falta de fe! Nuestra fe tiene límites, pero puede crecer, y eso es una buena noticia. Los discípulos no han podido curar al niño porque no rezan.

Otras escenas nos explican que seguir a Jesús tiene consecuencias, cambia la vida para hacerla más parecida a cómo Dios nos ve. Así lo vemos por ejemplo en las relaciones entre hombres y mujeres, en el trato a los niños y en cómo vivimos la riqueza (10,1-31). Cuando llega Jesús, las relaciones con las otras personas y con las cosas reciben un nuevo significado, una nueva luz.

A partir del capítulo 10, Marcos relata el viaje de Jesús hacia Jerusalén. Se alternan enseñanzas en privado a los discípulos y breves discursos a la gente. En varias escenas sus seguidores quieren puestos de poder; Jesús les intenta mostrar que su mensaje es otro. El ejemplo de acogida del Reino es un niño indefenso (10, 13-16). La comunidad que él funda se basa en el servicio, en colocarse en último lugar. El auténtico modelo de todo ello es Jesús mismo, “porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (10,45).

La sección termina con la figura del ciego Bartimeo, el auténtico discípulo, el que sabe que es ciego, un personaje que encontramos en 10,46-52. Todos los demás discípulos lo son (lo somos) pero no lo saben. Por eso Bartimeo seguirá a Jesús por el camino que sube a Jerusalén, el mismo camino que asusta a sus seguidores.

En los capítulos 11 al 13 Marcos nos muestra qué es la religión según Jesús. Todo gira en torno al grandioso templo de Jerusalén, signo de la religiosidad que él quiere superar. El templo se ha convertido en un mercado, es como una higuera verde y frondosa que no da fruto. Su único destino será secarse de raíz. Una breve enseñanza de Jesús (en 11,22-25) muestra la verdadera religión: parte de la oración llena de fe, hecha en una comunidad que necesita del perdón mutuo para existir. La Iglesia no es una asamblea de perfectos, es una comunidad de perdonados en la que necesitamos constantemente perdonarnos.

Las discusiones en el templo con distintos grupos clarifican más elementos religiosos. La autoridad de Jesús le viene de Dios mismo, porque Jesús es su Hijo. Las presuntas autoridades del templo reconocen que no son capaces de hacer su único trabajo: discernir qué viene de Dios y qué no. Cuando Jesús les pregunta sobre Juan Bautista solo responden: “no sabemos” (11,33).

Varios grupos le hacen preguntas con trampa, pero Jesús siempre le da la vuelta a la escena e insiste en su mensaje: ¿Impuestos al César? Dad a Dios lo que es de Dios, vosotros sois imagen de Dios, sois para él. ¿Hay resurrección? Desconocéis el poder de Dios de dar vida, leéis las Escrituras como letra muerta, no como expresión de la cercanía de Dios mismo que lo vivifica todo.

Un escriba bienintencionado, en cambio, le hace una pregunta sincera. ¿El mandamiento más importante? Jesús no responde solo uno, sino que le muestra todo el proceso espiritual en tres fases: escucha a tu Dios que te ama, vive en la profundidad de tu corazón la respuesta de amor agradecido a tu Dios, comparte ese amor con tu hermano y tu hermana.

El capítulo 13 cierra esta sección del templo con un discurso en lenguaje extraño, apocalíptico. Ante la pregunta de sus discípulos sobre el momento del fin, Jesús responde otra cosa, la que de verdad importa, la actitud del ahora: ¡velad!

En los capítulos 14 y 15 Marcos nos narra la pasión y muerte. Empieza con los preparativos que todos hacen: los sacerdotes y los escribas se organizan para matarlo, Jesús se prepara para dar su vida. La mujer de Betania lo unge derramando todo el perfume y la gente se queja, ¡qué desperdicio! Jesús, en la cena, anuncia que derramará toda su sangre por generar una alianza. La comunión de amor solo tiene una medida: o se ama del todo o no se ama.

En la dramática escena de Getsemaní aprendemos que Jesús es verdaderamente hombre. Su ser Dios no le impide entrar en contacto con el sufrimiento de la humanidad. Pero elige decir sí a la voluntad del Padre, que no es sufrir sino amar, aunque ese amor conlleve la tortura y la muerte.

El juicio está manipulado, los sacerdotes querían hacerlo pasar por justo, querían maquillarlo con falsedades. Pero Jesús se manifiesta en su verdad más profunda: sí, él es el Mesías, el Hijo. Mientras tanto, Pedro experimenta otro juicio, las preguntas de una muchacha, la gente que le acusa. Él rechazará su identidad de discípulo: “¡No conozco a ese hombre!” (cf. 14,71). Pero al recordar las palabras de Jesús, que lo perdonaba antes incluso de su negación, comienza con lágrimas un camino de conversión sincera.

En el juicio ante Pilato se enfrenta la lógica del derecho romano contra el griterío de una multitud manipulada. A él le importa poco la ley de Moisés, por eso vence el interés por mantener a la gente calmada. Un nazareno irrelevante va a morir, un daño colateral sin importancia.

Alrededor de la cruz todo se va cumpliendo, suenan ecos del salmo 22, las Escrituras ya lo habían anunciado. Dos temas se repiten: Jesús había sido acusado de destruir el templo y de creerse el Mesías hijo de Dios, los que se burlan ante la cruz se lo recuerdan. Las autoridades reconocen, hipócritas, que ha sido salvador, “a otros ha salvado”, y muestran su idea de Mesías, su esperanza: “que baje de la cruz”. Ese es el Dios en el que creen, el que queremos nosotros también. “Necesito un dios que me baje de la cruz. No quiero uno que dé su vida por mí, sino que me saque de mis problemas” ¿No es así la mayoría de nuestra oración, “hágase mi voluntad y no la Tuya”?

Pero Jesús no baja de la cruz, sino que ama hasta el final, y muere por amor. Su muerte es el sí definitivo de la humanidad a Dios. Por eso partió la historia en dos. Se abre el camino de la salvación, Dios ya no está escondido detrás de una cortina en el templo, porque se ha rasgado de arriba abajo. Por fin alguien, el centurión, reconoce que Jesús es Hijo de Dios.

La escena de la tumba vacía muestra la novedad ante los ojos atónitos de las mujeres. Dios mismo ya ha movido la piedra que sellaba el sepulcro, Dios ha superado la muerte misma, Dios es capaz de dar vida también en tus muertes, en tus límites, en tus fragilidades. Pero no lo hará colmando esperanzas superficiales, sino entrando en lo profundo de tu sufrimiento, compartiéndolo contigo, liberándote con el amor, dándole a toda tu vida un nuevo sentido.

Ahora solo queda anunciarlo hasta los confines de la tierra.

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Dr. Xavier Matoses, SDB

Nacido en Sueca (Comunidad Valenciana), en 1974. Salesiano y sacerdote, ha sido profesor extraordinario de Nuevo Testamento en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Salesiana de Roma desde 2012 hasta 2020. Licenciado en Teología Bíblica en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (2005), con un estudio sobre la parábola del Hijo pródigo (Lc 15). Doctorado en Teología Bíblica en la Facultad de Teología de Cataluña (2012), con una tesis sobre la escucha del Evangelio según san Marcos. Es miembro de la Asociación Bíblica Catalana  y de la Associazione Biblica Salesiana.