El Evangelio según san Marcos, primera parte: 1,1–8,26

 

Después de haber presentado los temas introductorios del evangelio de Marcos (autor, fecha de composición, estructura…), nos proponemos ahora a presentar el contenido de la primera parte del evangelio.

Los inicios del Evangelio (1,1-13)

El evangelista inicia su narración con las palabras: «Comienzo del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (1,1), y es que la Buena Nueva, o evangelio, tiene por sujeto y objeto la persona de Jesús, de la que se vislumbra el misterio: es el Mesías, el Hijo de Dios.

Todo inicia con la predicación de Juan Bautista, su Precursor, el Bautismo y las Tentaciones de Jesús. Estos hechos proporcionan al lector la clave para interpretar el resto de eventos narrados: el Misterio de Jesús que se irá revelando a lo largo de su vida pública, llegará a su cima en la cruz, cuando el centurión romano reconozca y diga: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios.» (15,39).

Inicios del ministerio en Galilea (1,14-45)

La indicación: «Después que Juan fuera encarcelado…» marca un cambio de protagonistas. Desde ahora será Jesús quien llenará la escena. A continuación, encontramos un sumario de la predicación de Jesús centrada en el advenimiento del Reino y en las actitudes con que se ha de recibir: Jesús se fue a Galilea y anunciaba la Buena Nueva de Dios. Decía: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (1,14b-15). Fe y conversión constante: las actitudes básicas del discípulo de Jesús.

A continuación, nos narra la vocación de quienes serán los más estrechos colaboradores del Maestro; y, a continuación, vemos Jesús en plena predicación en la sinagoga de Cafarnaúm, y nos muestra el ejemplo de una jornada suya, llena de curaciones. Al final, encontramos otro sumario: todos buscan Jesús para oír su palabra, mientras él recorre toda Galilea.

Esta sección, aunque es breve, nos muestra un intento de sistematización: nos ha presentado la actividad fundamental de Jesús: hacer presente el Reino, que él anuncia a través de la palabra y de la curación de los enfermos.

Cinco casos de conflicto (2,1-3,6)

Nos encontramos aún en Cafarnaúm, donde Jesús vuelve tras una incursión misionera por las regiones vecinas (2,1). El evangelista nos presenta ahora cinco escenas paralelas que forman un grupo homogéneo:

  • Escena 1: el perdón de los pecados (2,1-12)
  • Escena 2: las relaciones con los publicanos y pecadores (2,13-17)
  • Escena 3: el ayuno (2,18-22),
  • Escena 4 y escena 5: el trabajo en sábado (2,23-26; 3,1-6).

La estructura literaria es, sin embargo, siempre la misma: una acción de Jesús o de sus discípulos, la reacción crítica de sus adversarios y la respuesta aguda del Maestro, que resulta siempre victorioso.

En esta sección, Cristo revela progresivamente su Misterio divino, entre la admiración de la gente (1,22.27.45) y la oposición de las autoridades oficiales, se irá creando un dramatismo creciente que acabará en el Calvario.

Movimiento alrededor de Jesús (3,7-35)

Esta sección consta de cuatro escenas diferentes:

La primera escena (v. 7-12) tiene la forma de un sumario y parece que nos quiere dar una referencia de la atracción espontánea que la multitud sentía hacia Jesús: «Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.» (7b-8); si miramos un mapa del país de Jesús nos daremos cuenta de que prácticamente toda Palestina está representada en este versículo. Si la gente se le acerca es para llevarle los enfermos físicos y psíquicos: «Todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban anté él y gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios.»” (v. 10-11). El misterio de Jesús se revela, pero de momento sólo los espíritus malignos lo saben reconocer, la multitud se muestra sólo atraída por el carisma sanador.

En la segunda escena (v. 13-19) encontramos la elección de los Doce, con sus nombres, como colaboradores de la tarea de Jesús: «E instituyó doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, y que tuvieran autoridad para expulsar a los demonios.» (v. 14-15).

En la tercera (v. 20-30) y la cuarta (v. 31-35) encontramos dos controversias con los maestros de la Ley y con sus parientes, contra los que Jesús debe justificarse. Por un lado, los escribas de Jerusalén lo consideran poseído por Belcebú, por otra parte sus familiares consideran que ha perdido el juicio.

Jesús apareciendo como signo de contradicción para los hombres (venerado por unos, criticado por los demás), pero, para los espíritus malignos, Jesús aparece como el Hijo de Dios que viene a expulsarlos de este mundo.

Las parábolas del Reino (4,1-34)

En este capítulo se nos presenta una recopilación de dichos y narraciones parabólicas, un recurso bastante usado por Jesús a la hora de anunciar y revelar el misterio del Reino que él hace presente.

Descubrimos dos partes:

La primera parte (v. 3-20) se elabora en torno a la parábola del sembrador, primero tenemos el enunciado de la parábola (v. 3-9) y después la explicación alegórica de su significado (v. 13-20). En medio encontramos unos versículos enigmáticos sobre la finalidad de la enseñanza en parábolas (v. 10-12) donde Jesús alecciona a sus discípulos sobre el fin del lenguaje parabólico, que es comprensible para ellos, pero enigmático para los que no se adhieren a Jesús. Nosotros también lo experimentamos. El mensaje del evangelio resulta comprensible y atractivo para unos y oscuro o indiferente para otros. La parábola del sembrador nos quiere hacer ver que Dios quiere actuar en nosotros, pero respetando nuestra libertad.

La segunda parte (v. 21-32) presenta cuatro parábolas más: la lámpara que ha de iluminar, la medida con la que tenemos que medir, la semilla que crece sola y el grano de mostaza. Son parábolas que quieren provocar compromiso y confianza; compromiso para iluminar los demás y para ser generoso con ellos, confianza de saber que el Reino va creciendo, sin que sepamos cómo, por la acción de Dios, hasta convertirse en un gran árbol capaz de cobijar a los pájaros. El Reino posee un vigor extraordinario para transformar las personas y construirse en el mundo.

Una serie de milagros de Jesús (4,35-5,43)

Jesús continúa en el lago de Galilea (4,35; 5,1-21), alrededor del cual se producen los cuatro milagros que el evangelista nos refiere: la tempestad calmada (4,35-41), la curación del endemoniado (5,1-20), la curación de la mujer con pérdidas de sangre y la resurrección de la hija de Jairo (5,21-43).

No es la primera vez que en el evangelio encontramos relatos de milagros, pero ahora el autor se extiende más: la narración se magnifica y se llena de detalles narrativos, que contrasta con la sencillez de los anteriores.

La narración de los dos últimos milagros: la mujer con pérdidas de sangre y la resurrección de la hija de Jairo la encontramos combinada de tal manera que no nos es posible dividir el texto de ambos. La curación de la mujer nos resulta extraña por la manera como sucede: no es la mujer la que pide ser curada por Jesús, sino que movida por una fe casi mágica, propia de la religiosidad popular de todos los tiempos, se acerca a tocar los vestidos de Jesús. El evangelista añade que una fuerza salió de Jesús y curó repentinamente la mujer. Jesús se muestra abierto a acoger cualquier persona, sea cual sea su nivel de fe.

Viajes de Jesús (6,1-8,26)

Jesús deja la orilla del lago para ir a otros lugares; la subida a Nazaret será su primer desplazamiento. Jesús llegará hasta la región fenicia de Tiro y Sidón (7,24-30).

El contenido de esta sección es muy variado: nos presenta relatos de milagros, controversias con sus detractores, principalmente los fariseos y los escribas, y también perícopas de carácter didáctico.

Parece que toda la sección esté enmarcada por los dos relatos de la multiplicación de panes (6,34-44 y 8,1-10). En medio, en la conversación entre Jesús y sus discípulos, aparece el tema del alimento o del pan (6,31.52; 7,2.5.27-28; 8,14-21). Esto hace que esta sección sea titulada la sección de los panes. Jesús, como nuevo Moisés, se nos presenta como aquel que nutre a sus seguidores con el pan material y el pan de su palabra. Esto provoca el seguimiento interesado de unos, la incomprensión de los discípulos y las críticas de los fariseos y escribas. Y mientras tanto, Jesús es capaz de curar las deficiencias humanas: la sordera, la mudez y la ceguera; las del cuerpo y también las del espíritu.

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Dr. Jordi Latorre Castillo, SDB

Jordi Latorre i Castillo (Barcelona 1958), salesiano desde 1976 y presbítero desde 1985, licenciado en Ciencias Bíblicas (Pontificio Instituto Bíblico, Roma 1988), Doctor en Teología Bíblica (Facultad de Teología de Cataluña, Barcelona 2001), especializado en Antiguo Testamento y literatura intertestamentaria; ha sido profesor ordinario de Sagrada Escritura en el Centro Teológico Salesiano Martí-Codolar (1988-2010), y la actualidad lo es en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Don Bosco de Barcelona (desde 1999), donde también ha sido Secretario y ejerce actualmente de Director (1999-2002, y desde 2005); profesor encargado de curso en la Facultad de Teología de Cataluña (desde 2008), en el Instituto Superior de Liturgia de Barcelona (desde 2007), en el Instituto de Teología Fundamental de Sant Cugat del Vallés (desde 2008), y en el Estudio Monástico de Poblet, en Tarragona (desde 2006). Ha participado en numerosas escuelas de catequistas y en cursos de formación del profesorado de religión católica, también anima frecuentemente retiros y tandas de ejercicios espirituales para jóvenes y adultos. Durante seis años fue responsable de formación de la Provincia salesiana de Cataluña, Aragón y Baleares (1996-2002).