Homilia de Mons. Omella com a nou arquebisbe de Barcelona

Homilia de Mons. Joan Josep Omella Omella en missa de presa de possessió canònica com a nou arquebisbe metropolità de Barcelona. S.E. Catedral Basílica de la Santa Creu i Santa Eulàlia, 26 de desembre de 2015, festivitat de Sant Esteve, protomàrtir. Señor Nuncio, Señores Cardenales, Arzobispos y Obispos, Queridos sacerdotes y diáconos, Representantes de otras […]

26 Des, 2015
Església de Barcelona

Homilia de Mons. Joan Josep Omella Omella en missa de presa de possessió canònica com a nou arquebisbe metropolità de Barcelona. S.E. Catedral Basílica de la Santa Creu i Santa Eulàlia, 26 de desembre de 2015, festivitat de Sant Esteve, protomàrtir.

Señor Nuncio, Señores Cardenales, Arzobispos y Obispos, Queridos sacerdotes y diáconos, Representantes de otras Iglesias Hermanas (ortodoxos y protestantes) y otras religiones (judíos y musulmanes) que forman parte del Grupo de Trabajo Estable de Religiones.

Estimadas autoridades civiles y militares, Queridos diocesanos de esta Iglesia de Barcelona,

Hermanos todos:

Al comenzar mi andadura episcopal en esta Iglesia que peregrina en Barcelona, quiero, en primer lugar, dar gracias a Dios, Padre de toda bondad, que en su sorprendente misericordia me ha asociado a Jesucristo, único Señor y Salvador, en su Espíritu de amor y comunión, a consagrarme con alma, vida y corazón al cuidado pastoral de esta hermosa porción de su Pueblo Santo. Al Santo Padre, de quien recibo el envío y misión en esta Iglesia particular, va mi recuerdo y afecto con profunda gratitud, y a la vez con el propósito de unir mis esfuerzos, a la extensión del Reino de Dios, en comunión con su ministerio universal, juntamente con todos los obispos del mundo, mis hermanos.

En segundo lugar, quiero tener un recuerdo agradecido a las Iglesias en las que he ejercido el ministerio sacerdotal y episcopal y que me han ayudado tanto a madurar en esta no siempre fácil tarea de pastorear la comunidad cristiana: Zaragoza, la Iglesia que me engendró en la fe, donde desempeñé el ministerio de obispo auxiliar; Barbastro-Monzón, mi primer destino como obispo residencial, así como en Jaca y Huesca en donde desempeñé por dos años y varios meses el oficio de Administrador Apostólico; y, por último, Calahorra y La Calzada-Logroño, Iglesia a la que he servido en los últimos once años y medio. Gracias por haberme ayudado a crecer como pastor y a gozar en ese ministerio, a pesar de los momentos duros y difíciles, aunque, siendo sincero, tengo que decir que estos han sido más bien pocos ya que siempre me he sentido acogido y querido.

Sóc conscient que vinc a una Església que ha estat acompanyada i conduïda per uns grans i bons pastors. He compartit la fraternitat episcopal amb els dos últims: el cardenal Ricard M. Carles Gordó i el cardenal Lluís Martínez Sistach. Benvolgut senyor cardenal Lluís Martínez Sistach, gràcies per la seva labor al davant d’aquesta Arxidiòcesi; que Déu l’acompanyi en la seva nova etapa de retir, de jubilació; que Ell segueixi essent la seva força i el seu bàcul en el que vostè es recolzi. Estic segur que seguirà essent per a tots nosaltres, els barcelonins, una icona vivent del Bon Pastor.

També desitjo tenir un record agraït envers tots els bisbes auxiliars que ho han estat en les etapes dels arquebisbes Ricard Maria Carles Gordó i Lluís Martínez Sistach, i especialment envers l’actual senyor bisbe auxiliar, Sebastià Taltavull. Ells també han col·laborat de manera molt singular en la pastoral de l’arxidiòcesi, així com ho han fet i ho fan els sacerdots, els agents de pastoral, els religiosos i religioses i els laics, homes i dones. A tots va el meu agraïment i la meva admiració. Vinc i entro amb emoció a aquesta Església regada per la sang de màrtirs i de sants. D’ells tenim que aprendre a servir Déu i els germans, donant fins i tot la vida, si fos necessari. D’ells aprenem a treballar per la pau, la llibertat, la unió i la reconciliació. Les nostres vides han de tenir sempre la mà estesa per oferir la pau i el perdó a tots els homes, de manera que ja mai més hi hagi guerres ni divisions entre nosaltres. Que treballem, amb l’ajuda de Déu, per eradicar en el nostre món tota forma de violència, de terrorisme, d’injustícia i d’exclusió per raons ideològiques, racials o religioses.

En aquest dia de l’inici del meu camí episcopal en aquesta terra entranyable, vull dir amb claredat que vinc a recollir el llibre en el que estan escrits els grans esdeveniments que aquesta Església ha viscut al llarg de la seva història, i especialment en la 4 més recent. Vull escoltar-vos, compartir els goigs i els sofriments que us aclaparen; vull caminar amb vosaltres en la recerca de la llum que ve del Senyor i que ens empeny a ser testimonis humils i valents enmig d’aquesta societat del segle XXI, en la que ens toca en sort de viure. Vull estar molt atent, juntament amb vosaltres, a les mocions de l’Esperit. Per això la meva oració, ja des d’ara, desitjo que sigui la del Rei Salomó: “Senyor, no vull or ni riquesa, no vull poder ni prestigi; et demano solament que em concedeixis una oïda de deixeble, que em concedeixis saviesa per a governar el teu poble” (Cf. 1 R 3, 9-10).

Y en este contexto de apertura de mi corazón de pastor a todos vosotros; sí, a todos sin excluir a nadie, quiero descubriros los tres iconos bíblicos que se me representan interiormente desde que supe que el Santo Padre me había nombrado Arzobispo de Barcelona. “Sal de tu tierra y vete al país que yo te mostraré” (Gn 12,1). Como Abrahán me he puesto en camino hacia una tierra y hacia una comunidad que tengo que empezar a conocer para poderla amar con todo mi ser. Ese camino quiero hacerlo libre de prejuicios, con un corazón abierto y unos oídos atentos. Y quiero hacerlo guiado de la mano del Señor que es quien nos conoce a todos y nos conduce siempre a todos con su mano amorosa.

Y ese camino me exige, nos exige a todos, saber desapropiarnos de nosotros mismos, estar abiertos a lo que vayamos descubriendo en el camino, acogiéndolo como un don de Dios porque, como decía Saint Exupery, “lo esencial es invisible a los ojos; lo que embellece al desierto es que en algún lugar esconde un pozo”. Sí, en cada persona que encuentro en mi camino; en cada situación o acontecimiento de la vida se esconde algo bello porque todo es regalo de Dios, todo nos lleva a encontrarle a Él que es quién da plenitud a nuestras vidas.

“¡Ah, Señor! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho” (Jr 1,6). Como el profeta Jeremías yo también siento que esa misión que se me confía es muy grande y que mis capacidades y mis fuerzas son muy limitadas. Y siento en mi corazón mucho temor y temblor. Pero os confieso que las palabras que el Señor dirigió a Jeremías las escucho como dirigidas también a mí: “No tengas miedo, Yo estoy contigo para salvarte” (Jr 1,8). Sí, hermanos, os invito y me invito a mí mismo a poner nuestra confianza en el Señor. Y el camino quiero recorrerlo también codo a codo con vosotros porque todos somos y formamos la Iglesia. Sí, quiero contar con vosotros bautizados, padres y madres de familia, niños y jóvenes, adultos y ancianos; quiero contar con vosotros sacerdotes, diáconos y miembros de la vida consagrada; todos juntos formamos el Pueblo Santo de Dios. A nosotros se nos confía el anuncio de la Buena Nueva. Y el Señor nos dice hoy a todos nosotros: “¡Duc in altum!”, ¡lanzaos a la mar, sed misioneros, no tengáis miedo, apoyaos en mí!

Os invito y me invito a mí mismo a ser en verdad misioneros humildes y valientes de la Buena Nueva de Jesús. Por eso no quiero que el miedo se apodere de mí. No quiero que el miedo se apodere de vosotros. Os digo, y me digo a mí mismo, lo que san Juan Pablo II decía al comienzo de su pontificado: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Seamos apóstoles valientes y esperanzados. Dios está vivo y camina con nosotros.

“Otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras. Sígueme” (Jn 21, 18-19). Evangelizar hoy en el mundo exige de nosotros una gran conversión. No podemos anclarnos en viejos métodos o en ideologías mundanas. Los últimos Papas nos invitan a llevar a  nuestro mundo la frescura del Evangelio y el compromiso con los más pobres y necesitados. El Papa Francisco nos lo ha dicho en su bella Exhortación Evangelii Guadium y nos lo muestra con su testimonio.

Evangelizar supone celo apostólico. Supone la parresía de salir de sí mismo. La Iglesia está llamada a salir de sí misma hacia las periferias, no solo las geográficas, sino también las periferias existenciales: las del misterio del pecado, las del dolor, las de las injusticias, las de la ignorancia, las del pensamiento, las de toda miseria. Y cuando la Iglesia no lo hace se vuelve autorreferencial y entonces enferma. La Iglesia cuando se hace a sí misma el centro de su misión, pretende encerrar a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir. Se llega a creer que tiene luz propia y deja de ser “myterium lunae” (misterio de la luna). Cuando deja de hacerlo e intenta vivir de su propia luz, cae en la “mundanidad espiritual”, que es el peor mal que puede sobrevenir a la Iglesia. (cfr. Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia). Os invito, queridos diocesanos, a retomar con entusiasmo el envío de Jesús: “Id al mundo entero y predicad el Evangelio”. Sí, nos toca predicar la Buena Nueva de Jesús en esta gran ciudad de Barcelona, en esta gran urbe, en la que hay corrientes secularizantes y secularizadas, a la vez que cristianos ejemplares con una identidad inequívoca.

Pero repito lo que nos dice el Señor: “No tengáis miedo, Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Hermosa tarea la que nos confía el Señor. Tarea en la que deben estar, muy en el corazón de todos nosotros, los más pobres y pequeños. Ellos son los preferidos del Señor. Que ellos experimenten también la ternura, la entrañable misericordia de nuestro Dios.

Poso el meu ministeri episcopal, totes les comunitats cristianes de la nostra arxidiòcesi de Barcelona, a cada una de les persones presents en aquesta celebració, i a tots els barcelonins, sota la protecció de la Verge Santa Maria, mare de Jesús i mare nostra, venerada amb tantes advocacions a Catalunya i particularment invocada amb els dolços noms de Mare de Déu de Montserrat i de Mare de Déu de la Mercè. Que Ella, amb la seva poderosa intercessió, dirigeixi envers nosaltres i envers les nostres necessitats els seus ulls misericordiosos perquè siguem fidels deixebles de Jesucrist.

Que Ella, far resplendent de l’evangelització, continuï animantnos com en la Pentecosta, com en els primers temps de la predicació apostòlica, a anunciar Jesucrist amb obres i paraules. Que Ella pregui per nosaltres ara, en aquesta hora concreta de la nostra mil·lenària arxidiòcesi, en aquesta hora concreta de l’Església que pelegrina en mig del nostre poble, en aquesta hora del món… i en l’hora de la nostra mort. Amén.”

 

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