Normes de juliol de 1970, ministres extraordinaris de la comunió

El Ministro extraordinario de la comunión Facultades concedidas al Arzobispo de Barcelona

Algunos Párrocos o Rectores de Iglesias de Barcelona me han expuesto las dificultades objetivas que padecen para distribuir con prontitud a los fieles la Sagrada Eucaristía y la consiguiente conveniencia de solicitar de la Santa Sede las facultades recientemente concedidas en relación con el Ministro extraordinario de la comunión, las cuales modifican la legislación canónica existente hasta ahora.
Nuestras preces han sido favorablemente atendidas y creo que es oportuno hacerlo público por tres principales razones: a) para que quede constancia de la solicitud con que queremos atender todo lo que pastoralmente sea provechoso con tal de que se haga bien; b) para evitar a tiempo abusos que podrían introducirse cuando se empiece a ver en alguna Parroquia un nuevo modo de actuar; c) para contribuir a la debida instrucción y catequesis que los fieles merecen y tienen derecho a recibir cuando se introduce una novedad notable en los usos y prácticas litúrgicas.

Razones que justifican la concesión

Normalmente, en virtud del canon 845, la distribución de la Sagrada Comunión es un ministerio reservado a los sacerdotes y a los diáconos. La Iglesia recomienda vivamente la comunión frecuente, de la que tantos bienes espirituales y sociales se derivan para el pueblo cristiano. El Pontificado de San Pío X y las concesiones hechas más tarde por Pío XII en cuanto al ayuno eucarístico y las misas vespertinas han movido extraordinariamente a los fieles a recibir el Cuerpo del Señor. Esta práctica no ha disminuido después del Concilio Vaticano II, sino más bien ha aumentado, y es lógico que así sea, ya que los documentos conciliares y los que se han publicado después en relación con la Eucaristía y la Santa Misa impulsan vivamente a la máxima participación posible en el sacrificio eucarístico. Si acaso, lo que se percibe es un alejamiento del sacramento de la penitencia no siempre motivado por una más recta formación de las conciencias, sino todo lo contrario. Pero no es éste el tema que hoy ha de ocuparnos.

El hecho es que la Comunión frecuente y muy numerosa, en muchas Parroquias y comunidades, junto con la escasez de sacerdotes para distribuirla, en ciudades como Barcelona en que los horarios aprietan con 425 2 urgencia casi agresiva a toda clase de personas y para todas las actividades, requería una consideración que ahora ha podido ser atendida. No conviene que se prolongue demasiado la Misa por razón del acto de distribuir la Sagrada Eucaristía. Este es el caso más evidente en que puede estar justificada la concesión. Pero no es el único.

Comunidades escolares muy nutridas, concentraciones de grandes multitudes en ocasiones singulares, pequeños pueblos del campo y la montaña en que no todos los domingos pueden tener sacerdotes que les celebren la Santa Misa, reclaman también una atención pastoral en el aspecto concreto que venimos examinando.

Hay además un sector de fieles, particularmente merecedores de que se les facilite la recepción de la Sagrada Eucaristía: el de los enfermos y los ancianos que no pueden salir de casa. De ellos habla la Instrucción sobre el culto eucarístico en su núm. 40, y dice: “Póngase interés en que los que están impedidos de asistir a la celebración eucarística de la comunidad, sean amorosamente alimentados con la Eucaristía, de manera que se sientan unidos a la misma comunidad y sostenidos por el amor de sus hermanos.

Los pastores de almas procuren que los enfermos y ancianos, aunque no padezcan una enfermedad grave ni estén amenazados de un peligro de muerte inminente, tengan facilidades para recibir la Eucaristía frecuentemente, y, a ser posible, todos los días, principalmente en el tiempo pascual. En estos casos, la comunión puede administrarse a cualquier hora”.

Términos en que se concede la facultad

La Sagrada Congregación de Sacramentos ha establecido normas muy precisas y claras para atender a las necesidades pastorales de los fieles y recordar a la vez la suma veneración con que debe ser tratado el santísimo Cuerpo del Señor. Esto es lo que tenemos que ver claro, queridos sacerdotes y fieles, pues a todos me dirijo porque a todos afecta. Que prestemos atención a la verdadera necesidad de las almas y a la sagrada realidad del misterio que tratamos. Que no haya el más mínimo asomo de ligereza, de indelicada actuación, de afán irreverente de novedades, de abusiva vulgarización de un ministerio tan sagrado. Obrar así lleva inevitablemente a la pérdida de la fe en la Eucaristía. Y por eso la Iglesia ha rodeado de tan exquisitos cuidados todo lo relativo a la Comunión y al culto eucarístico, a lo largo de los siglos. Lo más santo que tenemos y guardamos en el Arca del pueblo de Dios en este mundo, mientras peregrinamos hacia el Padre, es el Cuerpo del Señor, por lo cual toda santidad y reverencia es poca para acercarnos a él, para tocarlo con nuestras manos, para nutrirnos del divino alimento que nos ofrece.

Lamento con profundo dolor que con motivo de las reformas litúrgicas de estos años, no siempre se haya guardado la debida reverencia a la Sagrada Eucaristía y con el pretexto de una acentuación mayor de lo que tiene de banquete se hayan producido actuaciones deplorables en choque frontal con lo que la piedad del pueblo y la disciplina de la Iglesia exigían. En las misas para pequeños grupos, en la Comunión bajo las dos especies, en el cuidado de los fragmentos de la Sagrada Hostia y restos del Cáliz, en la atención al Sagrario, etc., han aparecido, con frecuencia suficiente como para poder lamentarlo y reprobarlo públicamente, signos desconcertantes que obligan a preguntarse: ¿dónde está la fe que nos habla de que aquello es el Cuerpo del Señor? Con qué derecho se atreve nadie a introducir escandalosas novedades en algo que no es suyo, sino de todo el Pueblo de Dios regido por la Sagrada Jerarquía de la Iglesia? Ni los sacerdotes ni los laicos pueden modificar por su cuenta nada de lo que esté establecido.

La oportunidad de estas reflexiones está clara ante las nuevas concesiones de que podremos hacer uso, para que a tiempo se evite todo exceso que entristecería a la Iglesia.
Estas concesiones se concretan así:

l .° Corresponde al obispo de la diócesis juzgar y decidir sobre la conveniencia o no de autorizar a personas distintas de los sacerdotes o diáconos para que puedan distribuir la Sagrada Comunión.

2 .° Los casos en que esta autorización podrá hacerse son, en términos generales, los siguientes: a) cuando no exista el ministro ordinario, sacerdote o diácono; b) cuando el sacerdote no puede administrar la Sagrada Comunión por causa de enfermedad, de edad avanzada, o de sus trabajos pastorales; c) cuando el número de los comulgantes es tal que la misa se prolongaría excesivamente.

3 .° Las personas que podrán ser designadas en sustitución del sacerdote o del diácono, lo serán por este orden, según sea posible: subdiáconos, minoristas, tonsurados, religiosos, religiosas, catequistas o simples fieles en determinadas condiciones.

 

Determinaciones para nuestra Diócesis

A) En cuanto a las Comunidades Religiosas (de mujeres o varones) que estimen tener razones sólidas para hacer la petición, deberán dirigirla por escrito al señor Vicario episcopal para órdenes y congregaciones religiosas, el cual la estudiará y nos propondrá lo que conviene hacer. Rogamos encarecidamente que no se presenten peticiones más que en caso de verdadera necesidad, la cual habrá de ser debidamente expuesta y comprobada.

B) En cuanto a los Párrocos y Rectores de Iglesias, deberán dirigir la petición, igualmente razonada, al Obispo auxiliar de la Zona a quien corresponde su Iglesia, acompañada del informe escrito del señor Arcipreste. Como norma general sólo se concederá la autorización a las parroquias en que, existiendo alguna de las causas enumeradas, sólo haya un sacerdote.

C) Las personas que puedan ser designadas como ministros extraordinarios, recibirán un nombramiento firmado por el Prelado diocesano y el Obispo auxiliar de cada Zona, en presencia de los fieles, les confiará en un sencillo acto la misión que reciben.

D) Debe observarse escrupulosamente todo lo relativo a los ornamentos o atuendo exterior, según los casos, y al rito que se ha de aplicar.

E) Las personas que hayan de ser propuestas deben reunir determinadas condiciones de edad, costumbres, y vida piadosa ejemplar. Sus nombres, una vez aceptados, se pondrán a la puerta del templo, en la tabla de anuncios, para que sean conocidos por todos los fieles.

F) Por el momento no se concederán facultades “Ad actum”, sino solamente a determinadas personas con carácter permanente.

G) Pasado un año, todas las Parroquias y Comunidades en que se haya utilizado la concesión, informarán al Arzobispo sobre la experiencia obtenida.

H) En cuanto a llevar la Comunión a los enfermos y ancianos, a su domicilio, solamente se concederá facultad a los miembros de Congregaciones Religiosas que hay en Barcelona para este fin.

 

Reflexión final

Pedimos nuevamente que se evite todo abuso o ligereza. Hagamos cuanto convenga hacer para facilitar el servicio pastoral que debemos a los fieles, puesto que estamos puestos para eso. Pero hagámoslo bien, con la dignidad con que la Iglesia nuestra madre nos pide que obremos al concedernos amorosamente estas facultades.

Y nadie se extrañe o permita que su sensibilidad se irrite al ver tales concesiones, que nacen de verdaderas necesidades pastorales a las que hay que atender. Esta práctica de confiar también a los laicos en determinadas condiciones la administración de la Sagrada Comunión y particularmente de llevarla a los enfermos fue normal hasta el siglo VIII. La posterior abundancia de sacerdotes y el deseo de la Iglesia de evitar más fácilmente todo posible abuso introdujo normas más restrictivas. Ahora la Iglesia lo permite nuevamente, para que el sacerdote tenga una ayuda en el ejercicio de su ministerio y precisamente por atención al propio pueblo cristiano, no para eximirse de lo que es carga y honor de su servicio. Es al sacerdote a quien corresponde consagrar el Cuerpo y la Sangre del Señor y distribuirlo entre sus hermanos los hombres, que con él forman parte de la comunidad cristiana. Si en casos especiales, como son los que ahora se contemplan en la Instrucción “Fidei Custos” que la Santa Sede ha promulgado, se autoriza a que sean ministros de la Sagrada Comunión, con carácter extraordinario, personas distintas del sacerdote y del diácono, ello viene a ser una prueba de delicadeza de la Iglesia en su deseo de asegurar a sus hijos con las eficaces suplencias que sea necesario, por razón del tiempo o de la escasez de sacerdotes, el alimento eucaristico. Y es también un reconocimiento concreto de lo que la misma Iglesia ha dicho sobre los laicos y su dignidad de cristianos, llamados a cooperar estrechamente en las tareas apostólicas. “La Jerarquía —dice el Concilio Vaticano II en su Decreto sobre el Apostolado de los Seglares— encomienda a los seglares ciertas funciones que están más estrechamente unidas a los deberes de los pastores, como, por ejemplo, en la explicación de la doctrina cristiana, en determinados actos litúrgicos y en la cura de almas. En virtud de esta misión, los seglares, en cuanto al ejercicio de tales tareas, quedan plenamente sometidos a la dirección superior de la Iglesia.”

+ MARCELO, Arzobispo de Barcelona
Barcelona, 1 de julio de 1970.

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