Tiempo de sinodalidad, tiempo de concretar

 

Tiempo de sinodalidad. Tiempo del Espíritu. Tiempo en el que el Pueblo de Dios tenemos que profundizar en lo que significa, en la Misión de la Iglesia, que el laicado pasa de colaborador a corresponsable en el camino trazado desde el Vaticano II. Todos los miembros estamos llamados a escuchar la voz del Espíritu al servicio del Evangelio (Ro 12,4-5), alrededor del papa Francisco.

Siguiendo la Instrumentum laboris ponemos atención en un punto concreto: cómo tiene que ser la participación en las tareas de responsabilidad y autoridad en los procesos, estructuras e instituciones en una Iglesia sinodal misionera (vs. B 3), como expresión de la comunión eclesial, que no es una moda, sino vivir la obediencia de la fe en una Iglesia de estructura sacramental. Un don de Dios que no excluye la libre respuesta del hombre.

Hecha la reflexión de fondo, ahora debemos ver en qué y cómo se concretan los cambios que se anuncian. Uno de los aspectos que se apunta en el texto es “la cuestión de la autoridad”, que ha de ser “capaz de hacer crecer” en la fe y en el compromiso. No se trata de un control que ahoga, sino de una ayuda en el crecimiento personal y eclesial.

La autoridad la tiene toda persona bautizada y que participa en la Eucaristía, aunque hay que tener en cuenta quien tiene el poder, que se le ha dado, y que él otorga a los miembros, hombres y mujeres, de la comunidad. No todos pueden hacerlo todo y ni uno solo puede hacerlo todo. Autoridad y poder al servicio de la misión de la Iglesia.

Quien tiene el poder tiene su personalidad, una formación, una visión de la Iglesia… que influirán en la práctica del ejercicio de su potestad y, por lo tanto, en el “cómo se imprimirá en nuestras estructuras e instituciones el dinamismo de la Iglesia sinodal misionera”, un aspecto que refuerza la necesaria presencia del Espíritu en todo el proceso sinodal.

Las “tareas de responsabilidad” no son todas iguales, por lo que se exige una formación, un “saber hacer” particularizado en función del objetivo común final, presente en toda la actividad eclesial. Formamos un solo cuerpo que debe crecer armónicamente. Cada miembro, en la medida que le corresponda, debe responder a lo que la Iglesia le pida. Precisamente por esto el documento insiste en una necesaria formación integral, en clave sinodal, inicial y permanente en bien de todo el Pueblo de Dios. Cada uno debe sentir la urgencia de una formación adecuada al lugar que ocupa: obispos, presbíteros, diáconos; profesores y catequistas y toda la membresía a quienes se haya encomendado un servicio.

En este sentido es muy importante la revisión de los planes de formación de los futuros sacerdotes, hombres que están llamados  a estar al frente de una parroquia. “Los candidatos al ministerio ordenado tienen que estar formados en un estilo dinámico y una mentalidad sinodales”. Formadores y profesores, subrayo hombres y mujeres, deben impregnar a los futuros sacerdotes de una manera de ejercer el ministerio que propicie la vida de comunión, misión y participación, que han de transmitir a todo el pueblo fiel. Si en los seminarios no se hace un trabajo a fondo de revisión, las cosas no cambiarán. Se trata del contenido y del lenguaje, pero también del lugar del sacerdote en la parroquia. La experiencia nos muestra que el sacerdote imprime un sello en la parroquia, los seglares lo aceptan o se van y buscan otros caminos. La sinodalidad es exigente.

La parroquia es el lugar habitual de la formación de los fieles y donde se alimenta y comparte la vida de fe ¡es la Iglesia del barrio! A lo largo del proceso sinodal ha sido recurrente la petición de la necesidad de renovación del lenguaje eclesial: liturgia, homilías, catequesis, piedad… Hay parroquias en las que ya se han dado unos primeros pasos respecto a la voluntad de renovación, como “experiencias renovadoras ya en marcha” que muestran “la inspiración de la frescura del lenguaje del Evangelio” que “nos invitan a proceder con confianza y decisión en una tarea de crucial importancia para la eficacia del anuncio del Evangelio, que es la meta a la cual aspira una Iglesia sinodal misionera” (n.60). ¡Laus Deo!

Con toda la Iglesia que nos precede, no lo olvidemos: El Espíritu es el protagonista de la sinodalidad.

Roser Solé Besteiro

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Lic. Roser Solé Besteiro

FORMACIÓN
  • Licenciada en Filosofía y Letras, especialidad de Filosofía, por la Universitat Autònoma de Barcelona
  • Licenciada en Estudios Eclesiásticos por la Universidad Pontificia de Salamanca
  • Licenciada en Teología Sistemática por la Facultat de Teologia de Catalunya
ACTIVIDAD DOCENTE Y PROFESIONAL
  • Profesora de Teología de las Religiones en el ISCREB
  • Miembro del Col·lectiu de Dones en l’Església y de Alcem la Veu
  • Miembro de A.T.E. (Asociación de Teólogas Españolas) y de ESWTR (Sociedad Europea de Mujeres Investigadoras en Teología)
  • Ha ejercido de profesora de religión y de filosofía, sucesivamente, en centros públicos de secundaria (IES).

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