Soñemos una Iglesia reparadora

 

Recuperar la memoria sanadora de la Iglesia es ponerse junto a Jesús y contemplar su actividad curando enfermos, perdonando los llamados pecadores y acogiendo personas marginadas a quién nadie valoraba.

El Evangelio dice de Jesús que “recorría todo Galilea […] proclamando la buena nueva del Reino y curando entre el pueblo enfermedades y lacras de todo tipo” (Mt 4, 23; 9, 35; Mc 1, 39; Lc 6,18).

Jesús confía a sus discípulos su misión y los invita a curar todo el mundo: “Si entráis en una población […] curad a los enfermos que haya y decid a la gente: “El Reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc 10, 8-9; 9, 2; Mt 10, 7-8).

En los Hechos de los Apóstoles 10, 38, se encuentra escrito el recuerdo de los primeros cristianos de esta práctica sanadora de Jesús: “Dios lo ungió con el Espíritu Santo y con poder, y […] pasó haciendo el bien y curando todos los oprimidos por el diablo, porque Dios era con él”. Jesús se dedicó a curar la vida, curar la sociedad, aliviar el sufrimiento, restaurar la vida. Este fue su programa en palabras del Evangelio de Juan: “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (J 10, 10). El Dios de Jesús es un Dios de la vida.

No siempre los cristianos hemos actuado de este modo y hemos puesto por encima del perdón, la inclusión y la misericordia la cultura del castigo y del anatema. Hemos olvidado la misión sanadora que estamos llamados a desarrollar: “Id y curad».

Ciertamente que la Iglesia dispone de herramientas de curación muy eficaces como son el sacramento de la Unción de los enfermos que nos ayuda a recuperar la paz, la serenidad y la confianza en los momentos difíciles de enfermedad en nuestra vida; el sacramento de la Reconciliación que nos perdona y podemos experimentar la misericordia de Dios que nos estima incondicionalmente y rehace las relaciones fraternas con los hermanos y la creación; por medio de la Eucaristía se hace presente Jesús y nos sentimos comunidad fraterna entorno la misma mesa del pan y el vino. Además, otros caminos como la oración, el acompañamiento personal, el diálogo, significan el rostro sanador de Jesús a través de la Iglesia.

Pero la acción sanadora de Jesús y el potencial curativo de la fe cristiana va más allá. Implica toda la acción pastoral de anuncio del Evangelio. Por eso hay que potenciar una pastoral en clave sanadora que contemple la persona en su integridad.

Los cristianos estamos llamados a recuperar la misión de curar, acoger y acompañar de Jesús. Cada parroquia o comunidad cristiana está llamada a ser una fuente de salud, un espacio de armonía y de paz con Dios, con los hermanos, con uno mismo y con toda la creación. Conscientes que vivimos en un mundo frágil donde el sufrimiento está presente, nos sentimos comprometidos a generar una vida más saludable, feliz y digna para todos.

Contemplamos el grito de Jesús a la cruz: “Tengo sed” (Jn 19,28). Jesús, el Hijo de Dios que pasó haciendo el bien, clavado a la cruz como un malhechor, sintiendo en su propia carne y alma el dolor atroz de la crucifixión, experimenta el abandono de Dios y entrega su espíritu: “Todo se ha cumplido”.

La vida tiene la forma de un grito. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Hace pensar, el hecho que, en la cruz, Jesús viviera sus últimos instantes transformado en un grito1.

Ensancho mi mirada a tantos y tantos crucificados que mueren en soledad o malviven por nuestras calles y barrios más pobres de nuestras ciudades. Me pregunto cuál es la sed de Jesús. Pienso en una sed material que no dudo que la experimentaría pero imagino que la sed de Jesús es más profunda, que me afecta a mí como creyente y al corazón de la Iglesia. Jesús tiene sed de una Iglesia hecha pan para todos, hecha Eucaristía que sacia el hambre y la sed de todos los que se acercan. Una Iglesia samaritana, misericordiosa, hospitalaria.

Siguiendo el pensamiento de José Antonio Pagola2, hay que llegar a ser una comunidad cristiana sanadora. Para serlo conviene vivir estas actitudes:

-el contacto personal, que quiere decir ser auténticos y transparentes en nuestra tarea comunicativa con los otros. Nuestra vida tiene que irradiar luz, alegría, esperanza.

-el acercamiento gratuito, amar positivamente a las personas. Ser proactivos. Evitar los prejuicios, las etiquetas, la condena a los otros.

-la compasión, la capacidad de sintonizar con la otra persona. En varios lugares del Evangelio se nos dice que Jesús sintió compasión. Hay que desarrollar en nuestro interior la capacidad de darnos cuenta de las necesidades de los otros y plantearse qué puedo hacer. Tenemos un testigo muy claro: el samaritano del Evangelio.

-gestos que respondan a las necesidades concretas de las personas. Una de las necesidades más grandes de hoy es aportar sentido al vivir de cada día. Ayudar a descubrir motivos para vivir y esperar a pesar de toda la crueldad de la vida para muchas personas.

La Iglesia siempre ha ejercido esta dimensión sanadora de la fe. Ya desde los inicios encontramos a Pedro en la puerta del templo ofreciendo el que tenía, la salud al paralítico: “En nombre de Jesús te digo que te levantes…” (Hechos 3, 1-10). Los Hechos de los Apóstoles nos narran las señales y prodigios de la primera comunidad: “La gente sacaba los enfermos en las calles porque cuando Pedro pasara los curara. También acudía mucha gente de las poblaciones vecinas de Jerusalén llevando enfermedades y personas atormentadas por espíritus malignos. Todos recobraban la salud” (Hechos 5, 12-16).

Los primeros cristianos daban importancia a las colectas para los pobres. Santo Pablo organiza una en favor de los pobres de Jerusalén (Gal 2,10; 1Cor 16, 1-3; 2Cor 8-9; Rom 15, 25-27).

El autor de la carta a los hebreos dice: “Hermanos, Dios que es justo, no puede olvidar todo el que vosotros habéis hecho, el amor que le habéis demostrado y le demostráis todavía, cuando ayudáis a los otros cristianos” (He 6, 10).

A lo largo de la historia de la comunidad cristiana encontramos testigos entregados a la misión curativa de enfermos, marginados y personas necesitadas. Podemos contemplar la vida de Madre Teresa de Calcuta en su sueño de llevar la alegría de Jesús a las personas que vivían en los agujeros negros de la pobreza más extrema de los barrios de Calcuta. Podríamos citar otros ejemplos que han estado y son un signo del rostro misericordioso, acogedor y consolador de Jesús en medio del mundo.

Hoy, en estos tiempos de pandemia, valoramos la obra caritativa de Manos Unidas, Cáritas, parroquias, comunidades religiosas y otras instituciones cristianas o humanitarias que se han volcado en la atención a la gente que sufre: desplazados, marginados, emigrantes, niños sin escuela, gente mayor en soledad… Es la puesta en práctica de las bienaventuranzas. Son el rostro misericordioso de Dios.

La Iglesia nunca se ha desentendido del mundo en el cual vive y de sus problemas y aspiraciones. Ha intentado ser una luz para el género humano. A veces ha cometido errores por carencia de comprensión y por un afán de poder y dominio. También el pecado existe en la Iglesia que es humana y divina a la vez. Pero el Espíritu Santo ha suscitado pastores y fieles santos que han denunciado el mal en el seno de la Iglesia.

El Concilio Vaticano II en la Constitución Gaudium et Spes afirma que la Iglesia se siente solidaria de la humanidad y todo el que es humano encuentra eco en su corazón: “Los gozos y las esperanzas. Las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de quienes sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS n. 1).

En los últimos Papas encontramos una preocupación constante y solícita por los problemas de nuestro mundo. Por citar algunos: Juan XXIII el Papa que reconcilió la Iglesia con el mundo moderno y abrió las ventanas de la Iglesia al mundo con el inicio del Concilio Vaticano II. San Pablo VI fue quién concluyó el Vaticano II. De todos es conocido su afán y voluntad de poner el Evangelio en el corazón del mundo moderno como tarea de una Iglesia que sea servidora incansable. Recordamos también el testimonio del papa Luciani, Juan Pablo I, con su sonrisa. San Juan Pablo II con un largo pontificado lleno de contrastes, incansable mensajero de la paz y la justicia. Benedicto XVI del cual recordamos su discurso que pronunció a la Academia Católica Bávara sobre el tema “¿Por qué sigo todavía en la Iglesia?”, hasta llegar al actual Pastor de la Iglesia universal.

El papa Francisco no ha ahorrado palabras a la hora de recordar el cuidado que hemos de tener los cristianos y no cristianos hacia nosotros mismos y el planeta, especialmente los más frágiles y vulnerables: “[…] todos los cristianos somos llamados a tener cura de la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos” (EG 216) y a superar un modelo de sociedad basado en el éxito y en la privacidad de los bienes comunes (EG 209-216). El papa Francisco se siente interpelado por el flujo de emigrantes puesto que “plantean un desafío particular por el hecho de ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todo el mundo”. “Una madre de corazón abierto”. “La Iglesia es llamada a ser siempre la casa abierta del Padre”. “[…] tiene que llegar a todo el mundo sin excepciones, especialmente a los más pobres y enfermos, estos que suelen ser olvidados y despreciados, aquellos que no tienen nada para recompensarte (Lc 14, 14)” (EG 46-49).

El Papa compara la Iglesia a una madre que acoge y cuida a sus hijos, que tiene cura de todo ser humano y del conjunto de la creación. Laudato Si, denominada “la encíclica franciscana” o “encíclica verde”, es una llamada a preservar y cuidar de nuestra madre tierra. “Nada de este mundo no nos resulta indiferente. Ahora, ante el deterioro ambiental global, quiero dirigirme a cada persona que habita este planeta” (LS n. 3). Leyendo esta Carta nos damos cuenta de una de las preocupaciones más significativas de la Iglesia en nuestro tiempo: el cuidado de la tierra, casa de todos. Y en esta casa “todo está conectado”. Es una de las convicciones de fondo de la Carta. En la misma línea de reflexión hay que destacar el Sínodo regional sobre la Amazonia (6- 27 de octubre 2019). El Documento final lleva por título: “Amazonia: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”.

En esta casa común todos estamos llamados a ser custodios de la creación y custodios de los más pobres.

En la Carta encíclica FRATELLI TUTTI, el Papa propone la fraternidad universal y el diálogo sin fronteras como caminos para construir un mundo mejor. Es la carta social del Papa.

A lo largo de este tiempo de pandemia la Iglesia está junto a los que sufren, al lado de los más vulnerables y nos ayuda a descubrir que el mundo es como una gran barca en la cual todos navegamos. Nos hundimos o nos salvamos todos juntos. Todos estamos llamados a remar en una única dirección: la justicia, la paz y el bienestar para todo el mundo. En palabras de los Obispos de la Conferencia Episcopal Tarraconense, la Iglesia es “este pueblo que escucha la voz de quienes no tienen voz y los pone en el lugar de honor, siguiendo el criterio de Jesús (Cf. Mateo 25,31-36). Este pueblo escucha el Evangelio de la paz, rehúsa el conflicto, promueve el perdón y la reconciliación, busca de rehacer aquello que se había roto y construye puentes allí donde se habían levantado muros, «es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, misericordiosa y sin exclusiones» (EG 239)” (OBISPOS DE CATALUÑA, Espíritu, hacia donde guías nuestras Iglesias? Tarragona, 21 de enero de 2021)

Pero si la Iglesia quiere recuperar esta dimensión sanadora y salvadora de Jesús hace falta que todos quienes formamos el Pueblo de Dios caminemos al encuentro de Jesús. El Papa Francisco insiste en el peligro de pretender “ser cristianos sin Jesús”. Afirma su convicción con estas palabras:

“La Iglesia tiene que conducir hacia Jesús. Jesús: este es el centro de la Iglesia. Si alguna vez sucediera que la Iglesia no guiara hacia Jesús, sería una Iglesia muerta” (Homilía a Santa Marta, 7 de septiembre de 2013).

En la Exhortación apostólica EG, dice el Papa Francisco: “Cristo, siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad […]. Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos cerrarlo” (EG 11).

El papa Francisco nos muestra la necesidad profunda de poner en el centro de la Iglesia y su actividad pastoral a Jesús y su proyecto humanizador del Reino. Todos estamos llamados a volver a Jesús. Volver al que es la fuente y origen de la Iglesia. Para hacer este giro necesitamos una conversión de pies a cabeza hacia Jesús, un corazón nuevo eclesial capaz de responder de manera nueva y más fiel a Jesús. Estamos llamados a recuperar el proyecto renovador de Jesús tanto en el campo de la religión como en el de la política y la economía. Jesús nos lleva la novedad, el vino nuevo.

En 1974, K. Rahner planteaba una pregunta, “¿cómo será la Iglesia del futuro?” Durante casi dos siglos la cultura de la Ilustración ha influido en la manera de ver la realidad. Poco a poco nos hemos alejado de esta cultura y nace otra descrita a grandes rasgos en el capítulo dos de la Exhortación apostólica EG del papa Francisco. En el contexto de esta nueva cultura que está ya entre nosotros nos podemos imaginar y preguntar cómo tendría que ser la Iglesia, cuales son nuestros sueños sobre una Iglesia sanadora, que cura y quiere salvar a todo el mundo.

El papa Francisco en la Exhortación apostólica ESTIMADA AMAZONIA propone cuatro sueños: social, cultural, ecológico y eclesial. Estos cuatro sueños muy bien los podemos aplicar a toda la Iglesia actual y a nuestro mundo.

  • Soñamos una Iglesia que tenga cuidado de la realidad social. El Papa Francisco en la carta HERMANOS TODOS expresa de manera explícita el sueño de la fraternidad universal y la amistad social de tal manera que no se quede en palabras (FT n. 6). Una Iglesia comprometida con la realidad humana y no recluida en sí misma olvidando las angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías del mundo de hoy.
  • Necesitamos la luz y la fuerza del Espíritu que confirme el compromiso eclesial por los caminos de este mundo herido y en búsqueda de humanidad y sentido: “Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad” (FT n. 8).
  • Soñamos una Iglesia que se preocupa y cuida de la cultura. No entramos a valorar sobre qué entendemos por cultura y cómo es la cultura Somos conscientes que una nueva realidad cultural “se está gestando, vacía y immediatista y sin un proyecto común” (FT n. 17).

Los cristianos estamos llamados a hacer una propuesta cultural ofreciendo los valores humanizadores del Evangelio que priorice el valor y la dignidad de toda persona humana, especialmente aquellas más débiles y vulnerables.

  • Soñamos una Iglesia comprometida con el regalo de la creación y la naturaleza. La Carta encíclica LS y la Exhortación apostólica Estimada Amazonia nos indican un itinerario concreto. Todos estamos llamados a transformar nuestras vidas EGO a otras de
  • Soñamos una Iglesia en comunión y servidora de la humanidad. Una Iglesia que sea un oasis de libertad -no de libertinaje-, donde los pobres sean los primeros tal como dice el Evangelio de Jesús. Donde la mujer tenga una misión significativa como la tenían aquellas mujeres seguidoras de Jesús que formaban el grupo de las discípulas de Jesús y lo atendían con sus bienes. Una Iglesia transparente y coherente, una Iglesia abierta al diálogo con el mundo actual y con todas las religiones, una Iglesia acogedora y misericordiosa, una Iglesia sinodal. Soñamos una Iglesia que se renueva y crece en “edad, gracia y sabiduría”, que abandone la tentación del poder, que reconoce la propia vulnerabilidad y

Marcos nos propone al inicio del evangelio en el capítulo primero, dos acciones de Jesús que pueden ser referentes de una Iglesia que cura y a la vez necesita ser curada.

Mc 1, 29-39: Jesús en casa de Simón y Andrés.

Nos situamos en casa de Simón y Andrés. Marcos sitúa a Jesús saliendo de la Sinagoga y entrando a casa. Parece que quiera contraponer sinagoga y casa, símbolo de la comunidad cristiana. La acción de Jesús desborda el lugar religioso de la sinagoga y alcanza toda la realidad humana, como es la casa de Simón y Andrés. La sinagoga representa el antiguo culto, la casa el nuevo culto. Pero en esta casa conviven la enfermedad y la salud. Jesús entra a curar la enfermedad representada por la suegra de Pedro. Dentro de la comunidad cristiana conviven el pecado y la gracia, la cizaña y el trigo. Jesús cura la enfermedad de aquella mujer. Él entra a casa para salvar, liberar, devolver la alegría y la esperanza. Quiere que vivamos una vida en plenitud. Nos da la mano y nos hace levantar de la cama, de la zona de confort. Y una vez regenerados por la acción de Jesús, nos ponemos a servir, como hizo aquella mujer -sin nombre- denominada “la suegra de Pedro”.

La Iglesia, la comunidad cristiana, la humanidad necesitan ser curadas y salvadas. Sólo si aceptamos dejarnos dar la mano por Jesús seremos capaces de ponernos a servir, de anunciar la Buena Nueva de la salvación. Es la misma actitud que Jesús pide a Pedro en la cena de Pascua: “Dejarse lavar los pies”.

Mc 1, 40-45: Jesús y el leproso.

Los leprosos vivían en condiciones infrahumanas, como tantas personas hoy. Desde su situación, el leproso se dirige a Jesús: “Si quieres me puedes curar”. Un sentimiento de compasión arranca del corazón de Jesús: “Sí, lo quiero”. Una vez más, Jesús manifiesta un Dios de misericordia. En este leproso podemos ver representada toda la humanidad que busca un sentido a sus sufrimientos y angustias.

El leproso es curado por Jesús a causa de su fe. Y a pesar de la prohibición de Jesús de no decir nada, anuncia a todo el mundo el que Jesús ha hecho por él.

Los cristianos, desde el profundo de nuestras miserias, clamamos a Dios y deseamos ser curados por su misericordia sanadora y proclamamos el que Dios quiere para toda la humanidad.

La persona que expresa de una manera más profunda este mensaje sanador del evangelio es la Madre de Jesús. La contemplamos acogiendo en su SÍ a su hijo Jesús, la vemos poniéndose en camino para visitar a su parienta Elisabeth, nos sorprende a Caná queriendo resolver una carencia de vino en la boda de unos amigos, la encontramos junto a Jesús al pie de la cruz y con la comunidad naciente en el Cenáculo esperando la venida del Espíritu.

Y Maria guardaba todo en su corazón. Ella nos invita a ser personas solícitas en el servicio a los otros y a construir una Iglesia de la misericordia, del perdón y de la acogida cerca de las personas que más nos necesiten.

La Iglesia, escuchando la voz de su Maestro, se siente llamada a ejercer el ministerio de la sanación, y hoy con más audacia que nunca cuando tantos sufrimientos y enfermedades amenazan la humanidad. Como dice el Cardenal Joan Josep Omella: “Estimados hermanos y hermanas, agradecimiento con el pasado y compromiso humilde con el presente nos invitan a seguir andando abiertos a la esperanza gozosa en el futuro de la Iglesia, para convertirse en “levadura en medio de la masa” en la sociedad de nuestro tiempo”.3

Lluís Agustí


1 Cf JOSÉ TOLENTINO MENDOÇA, El pequeño camino de las grandes preguntas, Fragmenta Editorial, pg 72

2 JOSÉ A. PAGOLA, Recuperar el Proyecto de Jesús, Ed. Claret, ps. 119 ss.

3 Cf CARTA DOMINICAL del 14 de Enero de 2021 con motivo de los 25 años del Concilio Provincial Tarraconense.

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Lic. Lluís Agustí Parrot

Hermano Marista, profesor de Eclesiología en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona (ISCREB) y profesor de Catequética en el IREL (Lleida). Colabora con la URC  sobre temas de Vida Consagrada. Diplomado en Magisterio y Licenciado en Teología Pastoral Catequética en el UPS (Roma). Ha sido profesor de Religión en ESO y Bachillerato. Actualmente reside en la Comunidad de Rubí.

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