«Sinodalidad», más allá de una palabra que está de moda

 

El papa Francisco tiene una habilidad especial, favorecida por el lugar que ocupa, que consiste en poner en circulación palabras y expresiones, a menudo comprometidas, siempre estimulantes. Declaró el 2015 como año santo convocando el Jubileo Extraordinario de la Misericordia. La palabra misericordia no disfrutaba en bastantes ámbitos de demasiada buena prensa. Incluso, estas reticencias habían llegado a influir sobre la traducción bíblica, al sustituir misericordia por amor en algunas versiones, como sucede al final de la parábola del buen samaritano (Lc 10,37). Hoy se ha redescubierto el sentido profundo de misericordia y no hay ningún complejo en utilizarla. La palabra sinodalidad era de uso escaso y reducido a círculos académicos, pero el papa Francisco la ha puesto en circulación y podemos decir que ahora está de moda, como las expresiones: «Iglesia en salida», «Ir a las periferias»… La moda tiene un peligro: quedarse en la superficialidad sin ir al fondo. Discursos que incluyen la palabra sinodalidad parecen estar en el día y podemos caer en el engaño si no hay coherencia con una actitud profunda, que es bastante exigente y de la cual estamos todavía a menudo muy alejados.

Este sínodo es en el cuarto de su pontificado. Los cuatro han girado en torno a temas vitales, complejos, controvertidos… auténticas patatas calientes: familia, jóvenes, ecología y ahora sinodalidad. Caminar juntos, que esto quiere decir etimológicamente esta palabra, ¿qué implica? Va mucho más allá del diálogo. Apunta a comunión, participación y misión. Para asegurar la comunión con el Espíritu y entre los cristianos hay dos requisitos esenciales, sin los cuales la sinodalidad sería una impostura.

Primero: «¿Qué discutíais por el camino?» (Mc 9,23). La respuesta a la pregunta de Jesús es el silencio, porque estaban discutiendo quién era más importante. Jesús da el criterio: «Si alguien quiere ser el primero, que se haga el último de todos y el servidor de todos.». Toma un niño y se pone con él en medio del grupo. Este es paradigma eclesial que propone el evangelio. No una pirámide donde se luche para ascender al vértice. La Iglesia como tal debe tener en el centro a Jesús y a las personas insignificantes, sin derechos, los pobres, los marginados… El ego, el carrerismo, la ambición… destruye la sinodalidad. También en este caso los apóstoles andaban juntos hacia Cafarnaún, pero no había comunión sino una lucha de poder impulsada por las aspiraciones personales. El papa Francisco, en su discurso conmemorativo del 50 aniversario de la creación del sínodo por Pablo VI puso la comparación de la pirámide invertida. Cuando la pirámide se invierte, quien está más arriba, acaba más abajo: el obispo de Roma como servidor de los servidores. Una manera bastante diferente de entender la eclesiología.

Segundo: «Entre vosotros no tiene que ser así» (Mt 20,26). La madre de los hijos del Zebedeo le pide a Jesús: «Manda que estos dos hijos míos sieguen en tu Reino el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». Jaime y Juan están de acuerdo con la petición de su madre. La reacción de los diez restantes es fulminante: «Cuando los otros diez lo escucharon, se indignaron contra los dos hermanos». Ruptura del grupo como síntoma de la carencia de comunión con el Espíritu. La propuesta de Jesús es clara: «Ya sabéis que los gobernantes de las naciones las dominan como si fueran amos y que los grandes personajes las mantienen bajo su poder. Pero entre vosotros no tiene que ser así» Confronta la actitud evangélica con las estructuras mundanas de poder. Los gobernantes actúan a menudo como si fueran amos, cuando probablemente son títeres otros poderes o dinámicas corruptas. Jesús transmuta el poder en servicio «Quien quiera ser el primero, que se haga vuestro esclavo». Cuando la mundanidad espiritual se mete hasta los tuétanos de la Iglesia la sinodalidad está carcomida.

Sin abrirse a la acción del Espíritu en estos dos puntos que nos conduzca a la conversión del corazón, la sinodalidad será un intento condenado al fracaso. Una conversión casi inalcanzable. El arcángel Gabriel, en la anunciación, le da la clave a María: «para Dios no hay nada imposible» (Lc 1,37). Habría que ver como las primeras comunidades aplicaron la sinodalidad. Si es el caso, se puede abordar en otro artículo.

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Dr. Lluís Serra i Llansana

Marista. Maestro, Licenciado en Teología (Pontificia Universidad Gregoriana de Roma), en Filosofía (UB) y Doctor en Psicología (URL). Secretario general de la URC (Unión de Religiosos de Cataluña) y director del CEVRE (Centro de Vida Religiosa y Espiritualidad). Ha realizado tareas directivas y docentes en la Universidad Ramon Llull. Imparto clases en la Facultad de Teología de Cataluña, en el ISCREB, al CEVRE y en Espailúdic. Columnista en Cataluña Cristiana y tertuliano en Radio Estel. Blog en www.catalunyareligio.cat. Autor de varios libros, entre los cuales «El eneagrama de las pasiones».

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