Sinodalidad, es lo que Dios espera de la Iglesia

 

Sinodalidad, es lo que Dios espera de la Iglesia, recalca el Papa Francisco: “Dios espera de la Iglesia del tercer milenio» y expresó también su convicción de que el compromiso de construir una Iglesia sinodal está «cargado de implicaciones ecuménicas».

Así lo recordaba en el discurso por motivo del 50ª aniversario del Sínodo de los Obispos.  El Caminar juntos, también incluye, hacer juntos el camino a la luz de la revelación, la escucha del Espíritu y la comunión. Desde el documento de trabajo sobre el Sínodo en el apartado B 1.4 se nos pregunta ¿Cómo puede una Iglesia sinodal cumplir mejor su misión mediante un compromiso ecuménico renovado? Ciertamente se trata de una pregunta sugerente y de gran importancia para la reflexión actual sobre una eclesiología de comunión.

Por lo tanto, es fundamental reflexionar sobre el estrecho vínculo entre sinodalidad y ecumenismo: la sinodalidad tiene una dimensión ecuménica y el ecumenismo debe realizarse de manera sinodal. El estrecho vínculo entre sinodalidad y ecumenismo ya se desprende del hecho de que la sinodalidad es un tema importante en los diálogos ecuménicos, sobre todo con las Iglesias ortodoxas en los diversos estudios que ya tenemos entre sinodalidad y primacía. Entiéndase aquí los documentos de Ravena 2007: Consecuencias eclesiológicas y canónicas de la naturaleza sacramental de la Iglesia. Comunión eclesial, conciliaridad y autoridad. Chieti 2016: Sinodalidad y primacía durante el primer milenio. Hacia un entendimiento común al servicio de la unidad de la Iglesia. Y Alejandría 2023: Sinodalidad y primacía en el segundo milenio y en la actualidad.

Sin embargo, la dimensión sinodal de la vida eclesial no sólo desempeña un papel importante en los diálogos ecuménicos, sino que también, la dimensión ecuménica de la sinodalidad es un camino útil por el que puede avanzar el proceso sinodal en la Iglesia universal. Esta dimensión se indica explícitamente en el Vademécum del Sínodo: «El diálogo entre cristianos de diversas confesiones, unidos por un mismo bautismo, ocupa un lugar especial en el camino sinodal» (n. 5.3.7). Y el documento de trabajo para la etapa continental titulado Ensancha el espacio de tu tienda afirma incluso: «No hay sinodalidad plena sin unidad entre los cristianos» (n. 48). Por tanto, tiene sentido preguntarse por las razones de este estrecho vínculo entre sinodalidad y ecumenismo, al vez que repensamos un nuevo impulso al camino ecuménico.

Por tanto, para entender un renovado compromiso del ecumenismo, es importante asumir y creernos la idea de que estamos en un camino. El ecumenismo es el camino por el que puede restablecerse la unidad de la Iglesia, perdida en el camino de la historia. Es interesante que Juan Pablo II comenzara el tercer capítulo de su encíclica sobre el compromiso ecuménico, Ut unum sint, con la pregunta «¿Quanta est nobis via? – ¿Cuánto camino nos separa todavía de aquel día bendito en que se alcanzará la plena unidad en la fe y podremos concelebrar en concordia la Sagrada Eucaristía del Señor»? (n. 77).

Francisco insiste en no pocas veces, en la dimensión itinerante del ecumenismo. Para él es fundamental que los diferentes cristianos y comunidades eclesiales caminen juntos hacia la unidad: la unidad crece al caminar, y caminar juntos significa ya vivir la unidad: «La unidad no vendrá como un milagro al final: la unidad viene en el camino, el Espíritu Santo la hace en el camino». Para que la búsqueda de la unidad permanezca durante este caminar y pueda así avanzar de manera sinodal, todos los bautizados están invitados y obligados a emprender este viaje. El ecumenismo es un deber de toda la Iglesia, y el Concilio Vaticano II fue claro en este sentido y es importante que después de 60 años de su clausura, volvamos al compromiso irreversible del decreto Unitatis redintegratio: «El cuidado de restablecer la unidad concierne a toda la Iglesia, tanto a los fieles como a los pastores, y toca a cada uno según sus posibilidades, tanto en la vida cristiana cotidiana como en los estudios teológicos e históricos» (n. 5).

El avance y la actualidad del ecumenismo, evidentemente está en el diálogo, sincero, constante y humilde, como máximo estilo de vida que debe asumir toda la Iglesia. Es de necesaria actualidad promover el diálogo en el interior, ad intra de la Iglesia y ad extra con los demás, en la que el papel del Espíritu Santo y su escucha común son cruciales: «Escuchemos, discutamos en grupo, pero sobre todo prestemos atención a lo que el Espíritu tiene que decirnos».

A la luz de esta reflexión sobre la sinodalidad, fuertemente centrada en el Espíritu Santo, también se hace evidente distiguir entre sinodalidad y parlamentarismo, que el Papa Francisco ha subrayado en repetidas ocasiones. Mientras que el proceso democrático sirve principalmente para determinar mayorías, la sinodalidad es un evento espiritual que pretende encontrar una unanimidad sostenible y convincente en la fe y en los estilos de vida, derivados de ella, del cristiano individual y de la comunidad eclesial; esto presupone el camino del discernimiento de espíritus.

Por tanto, el sínodo, en palabras de Francisco, «no es un parlamento, donde se negocia, se regatea o se transige para alcanzar un consenso o un acuerdo común, sino que el único método del sínodo es abrirnos al Espíritu Santo, con valentía apostólica, con humildad evangélica y oración confiada, para que Él nos guíe». Diálogo y escucha del Espíritu parecen ser la clave de la actualidad y que nos puede llevar a un verdadero nuevo camino.

El diálogo ecuménico tiene como base la herencia cristiana común y es, por consiguiente, un diálogo entre hermanos y hermanas bautizados, promover este diálogo también desde la Base, es fundamental y necesario, no solo el diálogo teológico, también enriquecedor es el diálogo de la vida. El diálogo ecuménico no cuestiona en absoluto la identidad de fe de los interlocutores, sino que la presupone y la refuerza. No se trata de un mero intercambio de ideas y pensamientos, sino, más fundamentalmente, de un intercambio de dones. Por tanto, ver en el otro un don o dones es una riqueza y fruto de la escucha del Espíritu y también lo que el mismo Espíritu ha sembrado en otras Iglesias «como un don también para nosotros”. Ahí está la clave, reconocer en el otro, que también existen dones, que también tiene verdad.

La renovada dimensión ecuménica en una Iglesia sinodal nos motiva para salir de una inercia hacia una acción en el diálogo, salir al encuentro del otro que implica reconocer los dones recibidos, al tiempo que miramos ad intra una Iglesia que camina, dialoga y reflexiona.

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Dr. Andrés Valencia Pérez

FORMACIÓN
  • Doctor en Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (2017)
  • Licenciatura en Teología, Falcultad de Teoolgía San Vicente Ferrer(2009)
  • Bachiller en Teología, Facultad de Teología San Vicente Ferrer (2004)
  • Estudios filosóficos y teológicos en la Theolgische Fakultät. UniversitÄt Hochschule, Lucerna- Suiza (2001)
  • Estudios filósficos y teológicos en la Pontificia Univeridad Católica de Chile (1995)
ACTIVIDAD DOCENTE Y PROFESIONAL
  • Profesor de Religión IES Montdúver, Xeraco
  • Profesor en la Facultad de Teología de Valencia de: Ecumenismo, Teología Contemporánea Católica y Protestante, Fenomenología y Filosofía de la Religión
  • Profesor en el Instituto Superior de Ciencia Religiosas (ISCR) de Valencia. Cristianismo y Religiones del Mundo, ISCR. Revelación, DECA-ISCR
  • Director de la Cátedra Yves Congar de la Facultad de Teología San Vicente Ferrer – Valencia
  • Vice-Presidente Internacional de la Asociación Ecuménica Internacional (IEF)
  • Presidente Internacional de la IEF
  • Miembro de la Societas Oecumenica Internacional

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