Reconstruir el cuerpo de Cristo (1)

La crisis de la Covid-19 que estamos sufriendo ha puesto de manifiesto no solo los estragos que está causando en las poblaciones y economías del Sur; también las deficiencias estructurales de un sistema pretendidamente mundial y fuerte pero falto de instituciones de alcance global, realmente supra estatales, que marquen su rumbo. Así mismo, esta pandemia global está mostrando que en el mundo desarrollado han fallado los instrumentos de protección social y nos sentimos atrapados entre la inoperancia de unos estados inadecuados para abordar retos que los rebasan y la inexistencia de esta gobernanza mundial capaz de abordar la gestión compleja de problemáticas que nos afectan a todos. De repente, nos hemos visto confrontados con el fin de un modelo que nos daba seguridad: nos pensábamos que éramos invulnerables y autosuficientes y entramos en un mundo frágil donde tenemos que aceptar nuestra ignorancia y tomar conciencia de que la naturaleza no es un simple recurso. Si hemos entrado en esta crisis de alcance planetario divididos, pensando cada país en sus propios intereses, este confinamiento haría falta que nos hiciera conscientes que solo podemos tener alguna salida en un mundo más integrado y, por lo tanto, menos desigual.

¿Volver a la normalidad?

A medida que se ha aliviado el confinamiento, se han empezado a hacer visibles personas y colectivos con los que convivíamos pero que eran casi invisibles a nuestros ojos, quizás porque nos son incómodos (ponen en cuestión demasiadas cosas de nuestra vida individual y colectiva). Es más fácil, por ejemplo, mirar hacia otro lado ante migrantes (económicos o desplazados por guerras y violencias de todo tipo) que están indocumentados al no haber conseguido la residencia. ¿Alguien se acuerda de las miles de personas abandonadas a su suerte en campos de refugiados en la isla griega de Lesbos, o en Lampedusa, Sicilia? ¿Y de los que intentan cruzar el Mediterráneo para llegar a tierras españolas? Porque, a pesar del cierre de fronteras por el confinamiento, han continuado llegando y la mayoría de los internos en los CIE, ahora clausurados, se encuentran en la calle sin nada. Lo cierto es que las desigualdades sociales harán que esta pandemia tenga efectos claramente discriminatorios para estos colectivos y para otros como por ejemplo los sin techo, los parados de larga duración, las viudas con bajas pensiones, o el personal de servicios. Han sido sacrificados en el altar del dios dinero y una cultura de la indiferencia fruto de un híper-individualismo los ha reducido a ser una cifra en las estadísticas.

Añoramos “volver a la normalidad”, pero nos tendríamos que preguntar si este debería ser nuestro objetivo, pues, es precisamente lo que considerábamos “normal” la gran causa de que nos encontremos en la situación presente. Más bien el confinamiento al que hemos sido sometidos tendría que ser un punto de inflexión que ayudara a redefinir muchos elementos de nuestra vida, como por ejemplo nuestros hábitos de trabajo y consumo, nuestro modelo social y sobre todo nuestro modelo económico y, de rebote, nuestro modelo medioambiental.

Los pobres son carne de Cristo

Encontrar en aquellos que sufren la imagen de Cristo Jesús quién, a la vez, nos inspira a socorrerlos es la misión que Él mismo nos encomienda como discípulos suyos. En tantas personas hoy enfermas, no queridas y maltratadas, en todas aquellas que sufren discriminaciones y abusos de todo tipo, en tantos sin techo que tienen hambre y sed de afecto y cobijo, podemos descubrir, de una manera especial, su cuerpo herido y necesitado (Mt 25, 31-46). En los pobres, como en la Eucaristía, nuestro Señor nos sale al encuentro. Honrarlo en la Eucaristía está inseparablemente unido a quererlo en los pobres concretos; porque no se trata solo de comulgar con Jesús el Cristo en la Eucaristía sino también de comulgarlo en aquellos que no cuentan (cf. Santiago Agrelo, Religión Digital 22.06.2019, citando a San Juan Crisóstomo).

Para los primeros cristianos, la fraternidad era “la cima” de la vida en el Espíritu del Resucitado y por eso buena parte de la manera de vivir de las primeras comunidades giraba alrededor de hacer frente a las necesidades de los hermanos; es así como transparentaban el amor de Dios en sus relaciones: “mirad cómo se quieren” (expresión atribuida a Tertuliano refiriéndose a los cristianos). Alimentados y sostenidos por la Eucaristía formaban un solo cuerpo capaz de vencer las adversidades y el egoísmo: habían sido alimentados por Quien, adentrado en Dios, es el rostro humano de su Misericordia, a la vez que se habían sentido acogidos misericordiosamente y amados en su debilidad; solo desde esta experiencia podían llevar esta Misericordia a los demás, siendo cada uno de ellos misericordiosos. Es precisamente esta comunión de corazones la que llevaba a los hermanos a desprenderse de lo suyo para asegurar lo de todos, aquello común. La comunión sacramental se transformaba así en una realidad cotidiana, vivida. Y la Vida recibida podía volcarse en otros escenarios de presencia de Cristo en los pobres, los marginados, en quienes sufren de fuera de la comunidad eclesial.

Podemos, pues, afirmar que para los seguidores de Jesús de Nazaret, la Adoración verdadera es inseparable del Amor gratuito, la Entrega, el Servicio y la Solidaridad con los pobres y afligidos. Es decir, de la donación gratuita de aquello que somos y tenemos a quienes más lo necesitan. Es así como les devolvemos la dignidad que les hemos arrebatado entre todos. Por eso el llamamiento de Dios es a identificamos con este prójimo en cada persona necesitada, donde podemos ver el rostro del Hijo amado del Padre. Es un llamamiento que va más allá del mero respeto, más allá de la justicia social como la tenemos definida, si bien las incluye. En todo caso, se trata de una justicia más profunda que busca retornar las personas y su relación entre ellas, con la naturaleza y con toda la Creación, a unas relaciones de comunión con Dios.

Reconstruir el Cuerpo de Cristo en sus dimensiones sociales

Pero en un mundo tan interdependiente e interrelacionado como el presente, el seguimiento de Jesús pobre y humilde nos invita a dar un paso más. El Cuerpo de Cristo no solo se reconstruye haciendo que se sienta digno todo ser humano necesitado que Dios nos pone a nuestro alcance para que no pasemos de largo sino que lo acojamos y atendamos como hizo el buen Samaritano. No solo se nos pide que como Iglesia seamos una Iglesia Samaritana, atenta al sufrimiento y a las necesidades de los más débiles. Si tenemos presente que nuestro prójimo son también aquellos que están oprimidos y marginados por las estructuras de poder político, económico, cultural y religioso, el llamamiento a reconstruir el Cuerpo de Cristo se nos hace también a nivel estructural, porque las estructuras, imprescindibles para convivir, potencian y amplifican tanto el bien como el mal individual: la Caridad (=Amor) tiene que llegar a las estructuras para cambiar o, al menos, transformar las que son causantes de las múltiples injusticias y discriminaciones presentes en nuestras sociedades y que deshumanizan tantas personas y colectivos, dejando de lado también a pueblos enteros. Todo esto es consecuencia de unas políticas económicas de cariz neoliberal que han fomentado relaciones económicas internacionales injustas, así como unas finanzas alejadas de la economía real, centradas en la especulación y la ganancia sin medida (“estructuras de pecado”, las denominó Juan Pablo II a la encíclica Sollicitudo rey Socialis n.º 36).

Esta verdadera “revolución” de la fraternidad solidaria solo puede venir de manos de personas creíbles, templos de Dios a manera de “custodias” vivientes, que saben encontrar en sus hermanos este Cuerpo de Cristo que sigue estando con nosotros, día tras día hasta el final de los tiempos. Pero los grandes retos que tenemos planteados hoy como humanidad nos urgen a ir más allá de la intersubjetividad y a descubrir las dimensiones sociales de la Caridad (=Amor). E incluso su alcance planetario.

Si la labor asistencial es necesaria sobre todo en momentos con urgencias sociales como las que sufrimos, hacer esta labor –si somos conscientes de por qué pasan ciertas cosas– puede significar también una denuncia a cómo tenemos organizada nuestra sociedad y nuestro mundo. Porque la pobreza extrema y la degradación que puede acompañarla es un verdadero crimen social, ante el cual no nos podemos quedar callados. Desde la perspectiva cristiana denunciar es participar del profetismo de Jesucristo, injertados cómo estamos en Él por el Bautismo. Es así como la denuncia puede transformarse en otra manera de reconstruir el Cuerpo de Cristo, como también lo es el comprometerse en la transformación estructural, ya sea en el campo de la política, en la economía o en el mundo de la cultura, que es el mundo del sentido. Así, pues, los lugares de nuestro compromiso son múltiples. Por eso es importante ser conscientes de los dones recibidos y de los rasgos personales de cada cual ya que el autoconocimiento lleva al agradecimiento por todo el bien recibido, que se nos pide poner al servicio de todos.

Si sabemos mirar con ojos renovados, podremos captar, guiados por el Espíritu Santo, la presencia de las semillas del Reino en nuestra realidad y en la de nuestro mundo, aprendiendo a discernir cómo se manifiesta en lo que ya sucede. Descubriremos también al Espíritu construyendo con nosotros el Reino de Dios, la historia, presente ya ahora y aquí desde la muerte-resucitada de Jesús, aunque sea germinalmente, hasta que llegue el día en que, por medio de Jesucristo, Dios será todo en todos (1C 15,28).

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Dolors Oller

Doctora en Derecho, profesora de Moral Social en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona, miembro de Justicia y Paz y Cristianismo y Justicia.

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