La vulnerabilidad de la infancia y el compromiso de la Iglesia con los niños

 

La palabra infancia viene del latín “infans”, que quiere decir aquel que no habla, o aquel que no puede explicarse. Curioso, porque los niños, hasta hace relativamente poco eran bien invisibles en la sociedad. Es a partir de la revolución industrial que se habla de “la protección de la infancia”. Las luchas por los derechos de los obreros hacen que se empiece a hablar de la protección de la infancia, regulando su trabajo (horarios, condiciones) y su educación. A finales del s.XIX, se prohibió en Inglaterra el trabajo infantil por primera vez, y no fue hasta el 20 de noviembre de 1989 que la asamblea general de la ONU aprobó Los Derechos de los Niños, declaración donde se reconoce el niño como sujeto de derecho, como persona y como ciudadano.

Un largo camino recorrido, arduo y con muchas dificultades. Y en el que la Iglesia, también ha tenido un papel muy importante. Instrucciones, congregaciones, órdenes y un numeroso colectivo de hombres y mujeres, religiosos y laicos que han puesto su vida al servicio de los más pequeños.

En una sociedad donde parece que los niños están más “protegidos” que nunca con las leyes, pactos y acuerdos, se da el contrasentido de que son los más vulnerables, los más débiles. Niños de países pobres, de los que están en vías de desarrollo, niños del cuarto mundo, niños inmigrantes, y niños de mundos desarrollados.

En los países pobres, los niños son vulnerables por la pobreza, el hambre, las enfermedades, el tráfico de personas, la falta de acceso a la educación, abusos de todo tipo… En los países llamados ricos, los niños son vulnerables por la hipersexualización en los medios de comunicación, la sobreprotección, la sociedad de consumo, la falta de referentes familiares,  y sociales. Se podría confeccionar una lista muy larga.

En esta sociedad globalizada, instrumentalizada por las redes sociales con todo lo que comportan de despersonalización, y pobreza de relaciones personales hondas, con una religiosidad y espiritualidad poco presente en el día a día, a la Iglesia (la Iglesia somos todos) ha de releer los signos de este tiempo en el que vivimos para dar una respuesta entre todos desde el Evangelio.

Me viene a la cabeza la imagen de una Iglesia como Madre; como madre que acoge, que acompaña y que guía, con un amor infinito y gratuito, desde el respeto a la persona y a la libertad como hijos de Dios. Como comunidad de creyentes hemos de dar a los niños el mejor entorno posible para su desarrollo físico, afectivo y social. Es nuestro deber, y su derecho.

 “Dejad que los niños vengan a mí, no los molestéis” Mc. 10,14

Estas palabras de Jesús marcan nuestro camino como Iglesia referente para los niños.

Jesús rompió muchos moldes. Uno de ellos era el de hacerse acompañar por aquellos más débiles, más desfavorecidos, más rechazados por la sociedad de su tiempo: mujeres, enfermos y niños. Y parece que la humanidad nos cuesta, aun hoy, tener presentes a estas personas como miembros de pleno derecho, reconociendo su dignidad humana; que Jesús ya reivindicaba hacía más de 2000 años.

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Isabel Pérez i Santos

Es maestra y trabaja en la escuela Lestonnac de Mollet desde hace 39 años. En este centro docente, también ha sido responsable de Pastoral durante nueve años. Desde hace 4 cursos, ejerce como directora de Educación Infantil y Primaria. Ha tenido experiencia en formación de maestros tanto en Escuelas de Verano de la Fundació Escola Cristiana Catalunya (FECC) como en las Jornadas de Pastoral Educativa. Además, desde hace siete cursos, colabora con el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona (ISCREB) con asignaturas de la DECA y también con la formación en los claustros.

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