La «previsión» como ejercicio

 

Cuando parecía que la guerra comercial entre Estados Unidos y China ya había finalizado y que los mercados financieros disfrutarían de la buena racha de los últimos años, lo cual tendría que garantizar una estabilidad económica, ha surgido la pandemia del coronavirus.

Ante la situación grave y alarmante, los gobiernos piden a la población estar todos juntos y en casa. Con una actitud que no se sabe muy bien si es cínica o irónica, también piden que se arrinconen de momento las disputas políticas. ¿Esta tregua se debe quizás a lo que ahora nos pasa es serio y lo que hasta ahora ellos habían estado haciendo no era más que un juego o una broma? La lucha entre voluntades, a veces caprichosas, se ha convertido en una pugna contra un enemigo común: el virus, que no tiene sentimientos ni parlamenta.

No podemos decir que el estado del bienestar haya sido negativo; pero el hecho de vivir día a día ha provocado que empecemos a plantearnos los problemas después de observar sus efectos. Los atentados terroristas, las invasiones nacionales o la acogida de refugiados han llevado algunos países a diseñar minuciosos programas para contener lo que suponen una amenaza a su integridad.

Todo, pero, parece plantearse en base a la experiencia, pero no a la previsión; y esta carencia en la política aplicada, que no es más que la constatación de la inexistencia de una estrategia y de la desorientación en la organización, causada por un desconocimiento del problema y por la confianza de no creerlo próximo, ha ocasionado, con la pandemia actual, miles de muertes, la propagación de la enfermedad hasta llegar a colapsar hospitales y a enfermar gran parte del personal sanitario, y graves consecuencias económicas.

No se quiso paralizar el país cuando se tenía que haber hecho y cuando se hizo, ya era demasiado tarde. Habíamos visto lo que pasaba en China, pero lo veíamos demasiado lejos; y mira que nos encanta repetir que las distancias entre países cada vez son más cortas y que tardamos menos tiempo en llegar. No está mal que veamos las ventajas, pero hace falta también fijarnos en los inconvenientes. El avión traslada pasajeros y mercancías, pero también microbios; pero cuando es esto último, entonces la proximidad ya no nos convence y pronto decimos que la enfermedad ha venido de fuera.

Si se quiere trazar un plan estratégico contra posibles catástrofes, cuenta tanto la previsión como la observación. Primero se nos dijo que era una simple gripe y que, si llegaba a nuestras tierras, el número de contagiados sería bajo y rápidamente controlable. La realidad ha sido otra… Ha costado mucho en los gobiernos definir el confinamiento para detener la pandemia: ¿quién se tiene que quedar en casa y quien debe ir a trabajar? ¿Tenían que abrir o no las peluquerías? Nos falta una cultura de la previsión. Nos hemos convertido en una sociedad incauta y nada providente, hipnotizada por la despreocupación, la diversión y la comodidad. La desgracia nos molesta y queremos acabar con ella rápidamente. La mayoría ha obedecido las órdenes del confinamiento, pero ha habido irresponsables que han sido detenidos por la policía. Las planificaciones, hoy, tendrían que tener muy en cuenta posibles catástrofes, aunque parezcan inverosímiles, y contar no solo con lo que se tendría que hacer, sino con lo que no se podría hacer.

El confinamiento nos ha obligado a cambiar hábitos y actitudes. Se dice que se está dando un auténtico choque entre derechos y libertades. El control de la pandemia podrá ser una buena excusa para comprobar en la población otros factores de interés para el estado. En algunos sectores laborales, se ha puesto en marcha el teletrabajo: una tentativa que ya hace tiempo que se veía favorable para la sostenibilidad.

Aun así, no se trata de ver ahora el teletrabajo como la única forma de trabajo, presente o futura, sino de contemplar lo que representa para la mejora de la eficiencia de nuestro trabajo presencial, que esperamos recuperar cuando la pandemia acabe. En cuanto a las relaciones familiares, esta situación, a pesar de que algunos defensores de las moralejas melindrosas digan lo contrario, no se tiene que ver como enriquecedora, sino como aquella que se tiene que pasar obligatoriamente en beneficio de nuestra salud.

Lo que se puede esperar es que cada cual volverá a su ritmo cotidiano, marcado por las salidas y entradas en el hogar según las obligaciones y las devociones propias. El confinamiento es un periodo de tiempo que ha perturbado nuestra existencia y que tendrá repercusión en nuestros bolsillos. No deja de ser una pena que, por una razón totalmente justificada para evitar el contagio, que algunas familias se hayan visto privadas de poder despedirse de sus muertos y de no participar de los honores que se los tributa desde sus creencias.

Nos esperan tiempos difíciles y un futuro incierto. Es muy probable que nuestra necesidad de seguridad tenga que venir acompañada de un recorte de libertades. El coronavirus no solo dejará secuelas físicas, sino también psicológicas y sociales. Si los estados occidentales quieren enmendar su carencia de atención del origen y de la evolución de la pandemia al Extremo Oriente, ahora es la hora de ser prevenidos para que no se pronuncie la desigualdad social como consecuencia de la nueva crisis económica que apenas acaba de empezar, y para que no surjan nuevas formas de estafa, pública y privada, ni de delincuencia que lleven a una desestabilización o a un caos total.

Los analistas sostienen que no había habido una crisis tan fuerte desde la Segunda Guerra Mundial. Como nos da miedo el futuro, ahora nos fijamos en los males del pasado. Por un prejuicio cultural, nuestro presente ha rechazado beber el agua de dos fuentes: la historia y la profecía.

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Andreu Grau

Doctor en Filosofía (Universitat de Barcelona) y licenciado en Estudios Eclesiásticos (Facultat de Teologia de Catalunya). Profesor asociado de Historia de la Filosofía Medieval en la Universitat de Barcelona. Secretario de la “Sección de Filosofía Medieval”, “Sociedad Catalana de Filosofía” (Instituto de Estudios Catalanes) (2001-2005). Evaluador externo del Consejo Nacional de Investigación (Argentina) para la Sección de filosofía medieval. Vocal de Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, Universidad Complutense de Madrid (2005). Profesor no estable en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona (ISCREB), imparte las materias: «Metafísica», «Metodología y técnicas por la elaboración de la tesina».

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