Humanos y ecosistema

 

Empezamos por una obviedad que hemos ido olvidando: la especie humana es una especie de animales primates bastante singulares, pero que no se escapan de la categoría de animales. Desde este punto de vista forma parte del inmenso conjunto de vivientes que constituyen la eco-esfera, y, por tanto, mantiene respecto la vida, la misma dependencia que cualquier ser viviente. Por ejemplo: necesitamos aire, agua, elementos del suelo terrestre y de la energía solar para vivir, aprovechando de forma insustituible la sorprendente función de las plantas verdes para convertir las moléculas orgánicas del dióxido de carbono y el agua, gracias a la energía solar, liberando a la misma vez oxígeno en la eco-esfera. Esta absoluta dependencia integral hace que algunos autores como J. Lovelock hayan hablado de la Tierra como un ser viviente, evocando el nombre de Gaia, la diosa de la Tierra.

Los grandes y admirables progresos técnicos que han protagonizado los humanos, nos han llevado a pretender afrancarnos de nuestra condición de piezas de la eco-esfera y a considerarnos “transhumanos” como si esto nos desvinculara de nuestra dependencia de la vida terrestre general. Se trata de una manifestación más del orgullo y suficiencia que nos anima. Olvidamos que cualquier avance técnico, por útil y sorprendente que sea, no pasa de ser un artefacto ortopédico que prolonga y mantiene la vida humana pero no la substituye en ninguno de sus aspectos radicales.

Un caso emblemático de esta situación de ignorancia de nuestras imprescindibles raíces en la biosfera nos lo ofrece la crisis de la pandemia vírica actual. Sorprende oír hablar del transhumanismo sin ninguna referencia al mundo microbiano, insustituible por la técnica, y que es perfectamente ignorado. En el cuerpo humano conviven hasta más de un quilo de microrganismos, de miles de especies, que no vemos pero que condicionan esencialmente nuestra supervivencia. Un virus mutante de la familia del coronavirus ha puesto patas arriba toda la humanidad. Tan enamorados que estamos de nuestra “inviolabilidad” técnica. Y la eco-esfera está llena de miles de familias de virus, bacterias y hongos que desconocemos y con los que convivimos con grandes beneficios y riesgos, y periódicamente nos sorprenden con vulgares mutaciones que nos resultan agresivas y moderan nuestras suficiencias.

Otra situación relativa al tema es el de la sostenibilidad de la presencia humana en la Tierra. Nunca en su historia, la humanidad se había preocupado de si su presencia podía resultar perjudicial para la eco-esfera. Ahora hemos empezado a adquirir la convicción de depredadores de un sistema limitado en el cual no sabemos vivir adaptados para sobrevivir en él. Y eso crea problemas técnicos y psicológicos específicos y nuevos. Aparece la necesidad de una nueva ética ecológica con características temporales y espacio propios, como recuerda el Papa en su carta encíclica Laudato si’.

A todos nos conviene recobrar la sabiduría de saberse piezas de un sistema vital riquísimo y complejísimo del que dependemos inevitablemente. Formando parte de este sistema y no agrediéndolo podemos sentirnos felices.

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Ramon M. Nogués

Estudios de Filosofía, Pedagogía y Teología. Doctor en Biología. Ha sido catedrático de Antropología Biológica en la Universidad Autónoma de Barcelona. Trabajo en genética de poblaciones, evolución del cerebro y relación del cerebro con trascendencias religiosas. Miembro de Comisiones Nacionales de Bioética y colaborador con profesionales de la psicología y psiquiatría.

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