El principal culto a la Eucaristía

 

En estos tiempos de tanta sensibilidad hacia la adoración eucarística, alguien preguntó a un párroco cuántos días a la semana tenían esta práctica en su iglesia, a lo que él contestó: cada día, porque cada día celebramos la Eucaristía.

En efecto, la adoración que se tiene dentro de la misma celebración es la forma originaria del culto a Dios en este sacramento. Nos lo recordó el magisterio de Benedicto XVI: «En la eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la eucaristía significa adorar al que recibimos […]. La adoración fuera de la santa misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica» (Sc 66). Así se expresa en la Exhortación apostólica Sacramentum caritatis (2007).

El Papa nos daba a entender que lo enseñado en no pocos ámbitos durante los primeros años de la reforma litúrgica, respecto a la separación entre celebración y adoración, era un error. Citando como autoridad al santo obispo de Hipona, afirma: «Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de la oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla […], pecaríamos si no la adoráramos”» (Sc 66).

Culto a la divina majestad

Observando, en no pocos lugares, el modus celebrandi, de ministros y de fieles, uno se da cuenta de que la dimensión pedagógica, en las últimas décadas ha calado fuerte en las celebraciones litúrgicas, pero no tanto su dimensión de culto, aunque le pertenece intrínsecamente.

El Vaticano II afirma que la sagrada liturgia es principalmente culto a la divina majestad (SC 33). Ello no es impedimento, sino todo lo contrario, para reconocer que ella contiene también una gran instrucción para el pueblo, ya que Cristo sigue anunciando el evangelio, y el pueblo responde como asamblea orante.

Pero, como decimos, la dimensión cultual está, actualmente, empañada por lo que respecta a la celebración eucarística y en los otros sacramentos y sacramentales, así como en la Liturgia de las Horas. Da la impresión que no se ha recibido completamente la afirmación, también conciliar, de que «toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia» (SC 7). Ni tampoco, que, en esta acción sacra, «Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados», siendo estos los dos grandes goznes de toda acción litúrgica.

Tanto es así que, la conditio sine qua non para una participación activa y fructuosa en la liturgia, reside en que toda celebración sea tratada justamente en su identidad sagrada. Es lo que defendía la Instrucción Eucharisticum Mysterium (1967) en los inicios de la reforma, cuando afirmaba que para fomentar la participación activa de los fieles «los ministros no sólo han de desempeñar su función rectamente según las normas de las leyes litúrgicas, sino actuar de tal modo que inculquen el sentido de lo sagrado» (EM 20).

Este sentido se debilitó enormemente entre los que no recibieron con exactitud, en su espíritu y en su letra, la Constitución Sacrosanctum Concilium, y empezaron a fantasear en los presbiterios, «hasta el límite de lo soportable». Y esta debilidad sigue en activo en no pocas comunidades, aunque, en los últimos años se puede apreciar cierta novedad en el descubrimiento de las raíces litúrgicas. Ya no son pocas las congregaciones religiosas, algunas de reciente fundación, clericales o no, que viven con una gran normalidad y gozo espiritual una liturgia auténticamente sacral, sin menoscabo alguno – todo lo contrario – de una participación activa en la misma. Monasterios con renovada presencia de miembros jóvenes y con superiores en sintonía verdadera con lo auténtico de la reforma conciliar, seminarios diocesanos que, estimulados por obispos formados y clarividentes, comprenden el alcance de una liturgia como cumbre y fuente de la vida cristiana y, en ella, del ministerio ordenado. Como también va creciendo el número de los fieles laicos – especialmente entre los jóvenes – que agradecen de todo corazón poder encontrar a un sacerdote fiel a los libros litúrgicos y que, en una comunidad educada litúrgicamente, puedan celebrar cada domingo y cada día con serenidad, sintiendo en la fe la presencia del Señor en sus sacramentos.

Pero, volvamos a la cuestión que planteaba el papa teólogo sobre la adoración en el interior de la misma celebración eucarística. Debemos preguntarnos el motivo de ello. ¿Por qué se afirma que la celebración de la misa es «el acto más grande de adoración de la Iglesia»?

Para responder a esta pregunta debemos formular otra que, a su vez, nos dará la pista certera: ¿Qué es la celebración de la eucaristía? Nos dice el Catecismo: «La eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto» (1366). Se trata, pues, de una realidad dinámica que provoca la presencia de un acontecimiento, el acontecimiento redentor. Así lo resumió san Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003): «La representación sacramental en la Santa Misa del sacrificio de Cristo, coronado por su resurrección, implica una presencia muy especial que –citando las palabras de Pablo VI– “se llama ‘real’, no por exclusión, como si las otras no fueran ‘reales’, sino por antonomasia, porque es sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro”» (15).

En la celebración de la eucaristía estamos, pues, ante el misterio redentor, que se «re – presenta» sacramentalmente. Es decir, en la presencia activa de Cristo por el Espíritu en la Iglesia, acontece de nuevo el más sublime acto de adoración a Dios que jamás haya visto la tierra: el de la entrega del Hijo, por amor, al Padre para salvación del género humano. Hacer, pues, memorial de la pascua de Cristo significa entrar, en el sacramento, en este movimiento de adoración inigualable – de culto absoluto y puro – que tuvo lugar el Viernes santo, y que permanece por los siglos cada vez que un sacerdote, icono de Cristo, lleva a cabo lo que encargó el Señor a los apóstoles en la Última Cena, diciéndoles: «Haced esto en memoria mía».

Siendo así, resulta obvio que la celebración de la eucaristía es el acto de adoración más grande que podemos vivir.

Culto

Pero, quizás deberíamos detenernos brevemente en una palabra que hemos repetido y que, sin embargo, a fecha de hoy podemos suponer con fundamento de causa que las generaciones jóvenes – y no tan jóvenes – no sabrían responder a la pregunta sobre ella; nos referimos a «culto». ¿Cuál es su identidad?

«El culto, aun cuando no expresa toda la rica implicación de la relación religiosa (como, por ejemplo, el conocimiento de Dios, la vida moral), es el momento expresivo y manifestativo de lo que fundamentalmente es la religión; implica tanto la actitud interior como la exterior del hombre» (A. Bergamini, Nuevo diccionario de liturgia, 502).

Y es otro autor, el gran profesor Marsili, quien en pocas palabras nos define la noción integral de culto cristiano, a partir de la plenitud de la revelación de Cristo: «El momento en que los hombres, habiendo tomado conciencia de su inserción en Cristo, realizan en sí, según formas propiamente cultuales (adoración, alabanza, acción de gracias) externamente manifestadas, aquella misma totalidad de servicio a Dios que Cristo rindió al Padre, aceptando plenamente su voluntad en la escucha constante de su voz y en la perenne fidelidad a su alianza» (S. Marsili, Dizionario Teologico Interdisciplinare I, 661).

Esta expresión es muy importante: «habiendo tomado conciencia de su inserción en Cristo». Solo una comprensión profunda de la realidad bautismal, y de la propia condición sacerdotal en Cristo, junto con la real y la profética, hará posible que cada cristiano viva su existencia en la fe como una verdadera oblación al Padre, es decir, como una existencia sacerdotal a la manera de Cristo, en quien se unía el oferente y el sacrificio ofrecido.

Es a partir de aquí, pues, que en el momento de la celebración sacramental y, en concreto, de la eucaristía como cumbre y fuente de toda la vida, se puede participar del culto público íntegro (cf. SC 7) al Padre por Jesucristo en el Espíritu Santo. A ello invitaba ya el Vaticano II al hablar del sacrificio eucarístico: «La Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiendo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él» (SC 48).

En esta formulación conciliar están perfectamente ensambladas las dos dimensiones de la vida cristiana como culto perenne, es decir, la sacramental y la existencial. Por ello, el mismo Concilio afirmó que los bautizados ejercen su sacerdocio regio por su participación en los sacramentos y por las virtudes (cf. LG 11).

Las exigencias propias

En efecto, la sacramentalidad tiene sus exigencias. En este mundo de los signos las realidades espirituales no son vividas de forma automática, sino que necesitan de todo aquello que las hacen posibles. Es lo que hemos leído en el párrafo anterior: «… sino que comprendiendo bien a través de los ritos y oraciones…».

La primera de estas realidades, que son fundamento de la deseable participación en los sacramentos, es la vida espiritual de ministros y fieles. Se percibe rápidamente cuando un ministro tiene una rica vida interior. En su forma de «estar» en el presbiterio y los demás lugares litúrgicos, en cómo pronuncia las oraciones, orando verdaderamente, en su dominio del tiempo poniéndolo al servicio de la acción litúrgica, en su competencia a la hora de explanar la Sagrada Escritura, en el sumo respeto y veneración cuando distribuye la comunión, etc.

Así mismo, no es difícil comprender si se está ante una asamblea de personas de oración por su forma de participar, por sus miradas y aclamaciones, por su silencio recogido, expectante y elocuente. Huelga decir que unos ayudan a los otros a ser lo que deben ser, convirtiendo el momento litúrgico en un verdadero encuentro con el resucitado y en una ocasión propicia para crecer en santidad.

Esta misma riqueza interior convierte a las personas en seres humildes, en servidoras dentro de la santa Iglesia. La fidelidad a los libros litúrgicos brota de esta manera de ser transfigurada por la presencia santificadora del Espíritu en ellas. No señorean, no juzgan, sino que ponen de su parte todo lo que pueden para que brille la oración de la Iglesia. Comprenden – especialmente los ministros sagrados – que, especialmente en la acción litúrgica, el primado reside en la gracia de Dios, y a ella se confían, colaborando – como decimos – con todas sus aptitudes en clave de oblación.

Quienes así piensan, sienten y viven, a pesar de los propios límites, nunca se atreverán a convertir la celebración sagrada en un espacio para lo frívolo, para lo mundano al servicio de la distracción ligera. Nunca tendrán una actitud comercial ante el pueblo de Dios, considerando a sus miembros como clientes de una marca, antes bien ofrecerán y vivirán aquello que es debido a Dios para la santificación de los hermanos. Y siempre actuarán sin ahorrar nada, alejándose de una praxis cómoda y minimalista, como si los demás, en el aula de la oración, sólo tuviesen el deseo de acabar. Al contrario, los fieles que viven en esta sintonía exigirán en la caridad a sus sacerdotes que sean personas formadas, que comenten de forma competente los textos sagrados, y que no escatimen ni una coma de lo que los libros señalan para la oración eclesial. Y los ministros, con gran paciencia y ciencia, no se cansarán de llevar a los fieles hasta las cumbres del conocimiento de Dios a través de la acción sacramental para que, así, puedan amarlo más y con mayor perfección.

En definitiva, todos, ministros y fieles laicos, celebrantes unos y otros de la liturgia sagrada, cada uno según su función y carisma dentro del Cuerpo de la Iglesia, conscientes de lo que se realiza en la celebración eucarística, la vivirán de tal manera que, ante los ojos de propios y extraños, quede clara la adoración máxima que están dando a Dios, y de ello no pueda quedar la más mínima duda. Nada más grande se puede dar en este mundo y, por ello, tanto lo que hacemos como lo que decimos debe transparentar esta grandeza divina.

*Hemos reproducido un artículo publicado originalmente en la revista «Liturgia y Espiritualidad», en su número de febrero de 2021.

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P. Jaime González Padrós

Liturgista catalán que ha estado vinculado a todas las instituciones litúrgicas catalanas y actualmente es asesor de liturgia del Vaticano, concretamente es consultor de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Doctorado en Teología por el Pontificio Ateneo San Anselmo de Roma.