Desarrollo sostenible, ¿en Amerindia?

 

En las regiones andinas existe un abismo entre funcionarios del desarrollo y los pueblos autóctonos y mestizos. Proliferan parámetros neo-coloniales; la economía y los medios de comunicación incitan a consumir todo. Aunque se habla de desarrollo y ecología, la prioridad es dada a mercancías y a élites acumuladoras de poder. Los planes oficiales añaden elementos étnicos, medioambientales, de género, de pluralismo cultural. Eso ocurre desde arriba.

Con habilidad tecnocientífica, comportamiento simbiótico, la población amerindia va llevando a cabo la regeneración de la vida (1). A las energías del universo se suman colaboraciones humanas e invocaciones espirituales. En el siglo 16, el Popol Vuh del pueblo maya es tajante: “Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra: … que amanezca y que llegue la aurora… que los pueblos tengan paz y sean felices” (2). Más al sur, Luis Jerónimo de Oré y Rojas, en su Símbolo Catholico Indiano, recoge la fórmula quechua (3): Allpapachapas kayniykikunawan huntam rikurin (=la tierra se ve llena de las manifestaciones de Tu presencia).

Estos y otros manantiales ¿pueden reorientar el progreso contemporáneo? El comportamiento bioespiritual es constatable en diversas regiones del continente; son con el desafío de cultivar redes que conduzcan a liberaciones desde abajo y desde adentro.

La economía cultural, que hoy suele verse de modo profano, durante siglos ha formado parte de la espiritualidad de los pueblos. Ellos han reconocido energías sagradas en el medio ambiente, en sí mismos, en la primordial relacionalidad. Desde los orígenes de la humanidad hasta el día de hoy lo relacional es fundante. Por ejemplo, en comunidades altiplánicas actualmente “la mujer tomando el brasero con incienso, ora así: Pachamama, te damos gracias por estos productos que nos has dado, y pedimos que nos sigas bendiciendo para que tus hijos e hijas no pasemos hambre” (4).

En el planeta los abundantes recursos son distribuidos y apropiados sin equidad. Hasta en espacios amerindios crecen actitudes de vender recursos naturales, imitar y subordinarse a quienes más progresan, comercializar la sabiduría espiritual, despreciar ciencias y tecnologías propias que coexisten con las diferentes.

En estas situaciones vale apostar por un genuino desarrollo biocéntrico, simbiótico, intercultural. El comprender y gozar la vida con sabias restricciones es un regalo brindado por poblaciones amerindias (y tantas más en el planeta). Ellas son como eficientes hormigas en la Casa Común; aquí somos frágiles huéspedes y no soberbios dueños.

 


NOTAS:

  1. Ver Frederique Apffel-Marglin, The spirit of regeneration, Andean culture confronting Western notions of development, London: Zed Books, 1999.
  2. Popol Vuh, Las antiguas historias del Quiché, Bogotá: FCE, 1952, 109.
  3. Luis Jerónimo de Ore, Symbolo Catholico Indiano (Lima, 1598); en: G. Taylor, El Sol, la Luna y las Estrellas no son Dios, Lima: PUC, 2003, 146-147.
  4. Vicenta Mamani, Ritos espirituales y prácticas comunitarias del aymara, La Paz: Creart, 2002, 158.

 

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P. Diego Irarrázabal

Profesor de teología, y vicario parroquial en Santiago. Asesora programas sociales y eclesiales (1975-2004 en Perú y otros lugares; y del 2005 al 2019 en Chile). Presbítero, Congregación de Santa Cruz. Participó en la red Cristianos por el Socialismo (1971-1973). Coordinó el Instituto de Estudios Aymaras (1981-2004), y la Asociación de Teólogos/as del Tercer Mundo (1995-2006). En la revista Concilium ha sido parte del comité de editores (2005-2017). Libros: Religión del pobre y liberación (Lima, 1978); Itinerarios en la Fe Andina (Cochabamba, 2013); Indagación cristiana en los márgenes (Santiago, 2013); Raíces con alas (Santiago, 2018); y otros escritos.

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