Cuidar, (re)conocer, arriesgar: tres acciones para el diálogo

 

Vivir en una sociedad diversa en términos culturales, religiosos y conviccionales invita a situarse ante esta realidad y reflexionar sobre la participación en ella desde nuestro ser, desde la experiencia viva que da la fe cristiana. Hay que tener en cuenta que el tema es complejo y que pide abordarlo con realismo, cultivando valores y acciones que acompañen el camino, como la disposición, la humildad o la presencia. En este artículo me centraré en tres acciones que considero necesarias para el diálogo y que reflejo contemplando la vida de Jesús de Nazaret. Son actos fácilmente identificables porque son inherentes a la humanidad, a la humanidad de Jesús. Me refiero a la capacidad de cuidado, es decir, la habilidad para, desde la proximidad, encontrar y facilitar situaciones armónicas; a la necesidad de conocerme (conocernos) para reconocer quién soy (quiénes somos) y, eventualmente, reencontrarme (reencontrarnos) en el otro; y por último, a la capacidad de arriesgar: salir del espacio  familiar para pisar nuevos espacios. Sanar, (re)conocer y arriesgar forman parte de un todo de vida que abre paso al encuentro con el otro. Veámoslo.

Cuando dialogamos cuidamos la vida

Un primer aspecto que puede ayudar a reflexionar sobre la importancia de la relación con personas y colectivos diversos es la vocación humana a cuidar de sí mismo/a y del otro/a. Sé -por experiencia- que el acto de cuidar o recibir cuidado es algo esencial para la subsistencia de una sociedad. Las tareas reproductivas, es decir, aquellos gestos que hacen posible crecer física y psicológicamente son a menudo pasados por alto, pero si me detengo, me doy cuenta de que me ofrecen la medida de la salud -entendida en un sentido amplio- que una sociedad tiene. Así, acciones que tienen en cuenta necesidades básicas -comer, dormir-, conviven con otras más complejas (no más importantes) como atender, silenciarse o escuchar. El acto de ser hospitalario con alguien tiene que ver con la de cuidar (alimentar, ofrecer descanso…) Así, saliendo de sí mismo uno puede convertirse en receptáculo de lo que ofrece el huésped. El anfitrión también es hospedado por el huésped.

No hay diálogo sin proximidad…

El cuidado pide cercanía y sintonía. No puedo cuidar de personas o situaciones si no me aproximo y sintonizo con ellas. Por tanto, si el otro es ajeno a mí, la relación -el cuidado-, será poco probable. Así pues, tengo de antemano la tarea de superar los límites que me alejan de los demás, justamente porque, si no me doy la oportunidad, estos límites pueden convertirse en líneas infranqueables. Conocer se convierte en una posibilidad de difuminar líneas. No borro porque, si soy realista, el límite forma parte de mi condición humana. Suavizo. Puedo aproximarme a las fronteras de mi existencia, y ahí, encontrarme con alguien situado en un nuevo espacio. Tomo conciencia de mi condición de ser de frontera y de las posibilidades que se movilizan en este espacio liminal. Conocer a alguien -que ya no es tan ajeno- puede nacer del rescate de lo pequeño presente en la vida, de la colaboración en tareas comunes o del encuentro espiritual. En todas estas situaciones, más o menos cotidianas, se puede dar una relación mínima en la que el gesto o la palabra toman cuerpo en espacios comunes (no necesariamente coincidentes). Mi casa, es decir, mi estructura –interna, externa- encuentra, en esta mirada atenta y gratuita, una habitación compartida desde la que puedo resignificar quien soy.

La proximidad pide ser acompañada por la sintonía. Cuando hay sintonía, no hay tensión. Pero cuidado, pues la falta de tensión es producto de un recorrido al que se llega con el tiempo, de un ajuste situacional, que no excluye momentos de ruptura. En alguna ocasión, la desarmonía nace. Representaciones mentales o prácticas diversas a menudo generan conflictos, desencuentros, incomprensiones. A pesar del aparente desierto, la percibida falta de sentido, me vuelvo a encontrar ante una nueva oportunidad de crecimiento, que me conduce y me estimula a ir un poco más lejos del punto de partida. Camino sin que caer construya la última palabra.

Para una ética del diálogo: arriesgarse a re (conocer)

Me detengo, pues, a considerar cómo conocer y reconocer son procesos interrelacionados. Es necesario que así sea. Mi aproximación a la persona o colectivo diverso por razón de cultura, religión, espiritualidad, convicción…puede ser puramente conceptual, o bien, puede acercarse a algo aterrizado, incorporado. Si conozco pero no amo, tarde o temprano algo fallará en la relación. En el ámbito del diálogo interreligioso se habla de ello. Puedo hacer experiencia de cómo el encuentro con alguien religiosamente diverso ha tocado todo mi ser, tomar conciencia de la Verdad que se esconde en el otro e incluso, darme cuenta de que este paso, no exento, como decía antes, de conflicto, ha producido en mí una visión más clara y una más profunda -purificada- relación de la experiencia que tengo de Dios.

Pero, ojo, porque, insisto, llegar a este punto pide vivir creando un recorrido: caminar y seguir caminando. El itinerario empapa el deseo de recuperar espacios y tiempos para la armonía. Pide cultivar la apertura, los interrogantes abiertos, la profundidad, el silencio interior, la valentía para superar límites, para trascender, una y otra vez, mi mirada, para dejarme sorprender por la novedad que trae el huésped. Pide arriesgar.

Jesús de Nazaret

¿Podríamos decir que Jesús lo hacía? ¿Podríamos comunicar a un Jesús receptivo, atento al encuentro en clave de silencio interior y escucha, que atraviesa y trasciende límites, que arriesga? La vida de Jesús es la vida de alguien que procura el bien y la salud de los demás (Hch 10,38), que construye justicia y paz (Mt 5, 6.9), aunque no lo haga desde la lógica esperada (Mt 10, 34). Es una vida impregnada por la conversación y la acción, fruto del silencio interior y la escucha (Mc 3, 13-19). Me puedo detener en algunas situaciones vitales que muestran cómo el Maestro actúa. Por ejemplo, contemplo al Niño acogiendo la transformación de los sabios de Oriente (Mt 2, 1-12); veo a Jesús en diálogo con su madre, ofreciendo Amor para todos (Jn 2, 1-11); percibo la progresiva armonización vital a la que llega conversando con la sirofenicia (Mc 7, 24-30).

¿Me sorprende su capacidad de apertura?, ¿la aproximación al otro?, ¿la escucha profunda, el dejarse interpelar?, ¿la resistencia ante el conflicto?, ¿su creatividad? Si la respuesta es sí, estoy en camino.

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Dra. Alícia Guidonet Riera

FORMACIÓN

Doctora en Antropología Social y Cultural (UB) y licenciada en Ciencias Religiosas (ISCREB), en la especialidad de Identidad Cristiana y Diálogo.

ACTIVIDAD DOCENTE Y PROFESIONAL

Desde 2015 coordina el proyecto «Espacio Interreligioso» de la Fundación Migra Studium, que tiene por objetivo educar y sensibilizar en el ámbito del hecho religioso y la diversidad religiosa. Acompaña espiritualmente procesos personales y grupales. Es docente y tutora en el Postgrado de Acompañamiento Espiritual (Fundación Vidal y Barraquer) y docente en el Postgrado en Cultura Religiosa (Fundación Vedruna, UVic-UCC y URL).

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