Una tradición perdida: el Salpás

Durante la Pascua, los curas bendecían con sal y agua las casas de los cristianos, recordando el paso del ángel exterminador castigando a las familias de Egipto que no tuvieran la señal de la sangre del cordero

Inevitablemente, hay costumbres que se pierden con el tiempo. Y el Salpás es una de ellas. Se trataba de una celebración doméstica que tenía lugar durante la octava de Pascua de la Resurrección y se bendecían cada una de las casas de los cristianos con una mezcla de sal y agua benditas que se tiraba en los dinteles de los hogares. Así se recordaba la víspera del día en que los israelitas dejaron Egipto y el paso del ángel exterminador por todas aquellas casas que no tuvieran en la puerta la señal del cordero pascual.

Bendición pascual

Pascua significa el «paso» hacia la Tierra Prometida, hacia la resurrección o la salvación: es una palabra muy usada por los israelitas ya que es el «paso» por el desierto de camino hacia la Tierra Prometida. Los cristianos también celebran el paso o Pascua que nos lleva al Reino Eterno, la patria definitiva.

En este peregrinaje hacia la patria celestial es bueno que quedemos marcados por la bendición pascual. Bajo este pretexto, se hacía el ritual del «Salpás», una palabra compuesta por «sal» y «paso» de Pascua. En éste, se bendecía la sal con agua y la mezcla se tiraba en los dinteles de las masías. Con este rito, el sacerdote bendecía las casas y sus dependencias y, como recompensa, los propietarios daban huevos al cura, quien los compartía con los alumnos. Había sacerdotes que eran muy generosos y daban muchos huevos a los alumnos pero otros eran más tacaños, por lo que Rafael Amat -el barón de Maldà- exponía que los sacerdotes se enfadaban cuando los alumnos cantaban, tras la ceremonia del «Salpás», la sarcástica letra: «Huevos para los alumnos / y palos para los sacerdotes».

¿Campanas o matracas?

Las campanas son un elemento esencial en las iglesias pero, durante la Semana Santa, y debido al sentimiento de tristeza de aquellos días, no resuenan. Y es que su sonido, estridente y agudo, recuerdan la alegría. Por este motivo, en vez de las campanas se utilizan las matracas, unos instrumentos de madera que generan un ruido más grave, más triste. La Catedral cuenta con un par de matracas y, en breve, se expondrá en el Museo Diocesano una matraca diseñada por Gaudí.

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