Tentados de pesimismo estéril

El virus del pesimismo puede infectar el corazón más ilusionado y desmontar programas que podrían llegar a hacer mucho bien

Puede sucederle a cualquier persona y en cualquier ámbito de la vida. El virus del pesimismo puede infectar el corazón más ilusionado y desmontar programas que podrían llegar a hacer mucho bien. Quien está infectado de este virus contagia desánimo y lo que era un ambiente de entusiasmo acaba en la claudicación. Estamos tentados de pesimismo cuando habiendo trabajado intensamente y —como muchos dicen— entregados al máximo, no conseguimos resultados, o también cuando, habiendo puesto toda la ilusión en proyectos que nos parecen necesarios, alguien nos dice que no hay nada que hacer.

 
Este pesimismo, cuando llega, no solo afecta a personas concretas, sino también a grupos y a instituciones que no llegan a levantar cabeza y viven de la queja constante. El papa Francisco dice que «nuestra fe es desafiada a vislumbrar el vino en que puede convertirse el agua y a descubrir el trigo que crece en medio de la cizaña» (EG 84). Por eso, estamos llamados a convertir este desafío en oportunidad de recuperación. En este caso, «convertirse» es estar convencido de que «la alegría del Evangelio es esta que nada ni nadie os podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor».
 
El pesimismo es estéril porque conduce a una «desertificación» espiritual, fruto —también dice Francisco— del proyecto de sociedades que quieren construirse sin Dios o que destruyen sus raíces cristianas. Allí el mundo cristiano se está haciendo estéril, y se agota como una tierra sobreexplotada, que se convierte en arena (cf. EG 86). Pensemos en nuestros ambientes, en nuestras familias, incluso en ciertos grupos que se definen «cristianos», al ver que la tentación es el abandono, la apostasía «silenciosa» de la que ya hablaba san Juan Pablo II refiriéndose al pesimismo de muchos cristianos de Europa.
 
Sin embargo, tenemos sobrados motivos para vencer esta tentación porque es el Espíritu de Jesús quien dirige el timón de la Iglesia y, desde la confianza, no perdamos el ánimo para vivir con entusiasmo la alegría del Evangelio.
Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona
Administrador apostólico de Mallorca
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