Pies calzados, corazón desnudo

Desde la clausura y la oración, las salesas de Barcelona viven este Año de la Misericordia respondiendo de manera concreta a lo que predica el papa Francisco

Su vida es la oración. Rezan por los que no rezan. Rezan por los que nadie se acuerda de pedir. Rezan por la diócesis pero también por toda la humanidad: por los vivos y por los difuntos. Dan a la sociedad su vida, su esfuerzo, su oración y su dolor. Y aunque no aporten nada visible o tangible, son como la savia para los árboles o el oxígeno para los humanos. Así son las salesas, una comunidad de monjas de clausura que se caracterizan por ser risueñas y sencillas, por poner la oración en el centro de sus vidas y por hacer de manera extraordinaria las cosas ordinarias del día a día. Situadas en el barrio de Horta, su localización –a medio camino entre la ciudad de Barcelona y el Tibidabo– es la analogía de sus intenciones: ser intermediarias entre la sociedad y el Señor.

Suena el timbre. Una voz dulce y cálida, personificada por la hermana externa, recibe al huésped en la portería con la misma humildad y hospitalidad con la que el Padre acoge al Hijo pródigo. Sólo a la hermana externa se le permite servir fuera del monasterio, de manera que pueda ofrecer un testimonio de la vida espiritual de sus hermanas y exteriorizar la vida contemplativa que ella también comparte, ya que participa activamente de la vida comunitaria. Con toda admiración y amabilidad, la hermana externa señala una puerta alta de madera, cuyas llaves custodia en su hábito negro. Es el límite que separa las salesas del exterior y la puerta de entrada a una realidad religiosa repleta de silencio y humildad.

La flexibilidad del corazón

Al otro lado de la puerta, la madre Maria Belén, superiora de la comunidad y originaria de Madrid, recorre, acompañada por su asistenta –una hermana que la ayuda en su día a día–, el largo pasillo que separa la portería de las estancias del convento. Con su andante tranquilo y una sonrisa permanente en el rostro, la Madre entra en su despacho, lleno de libros sobre el origen de la congregación. Ojeando algunos de ellos se descubre la historia de las salesas: fundadas por san Francisco de Sales y santa Juana de Chantal en 1610, las salesas –que toman el nombre de su fundador– no llegan a España hasta 1749, y en Barcelona se instalan en el año 1874 en el paseo de Sant Joan. No es hasta 67 años después que las contemplativas se trasladan al convento actual, situado en el paseo de Vall d’Hebron, donde ofrecen un lugar de paz a todos aquellos que quieran encontrarse con Dios. Aunque en España son conocidas como salesas, a nivel internacional se las denomina visitandinas, ya que están bajo la advocación de la Virgen de la Visitación. A todas ellas, el Señor les muestra un camino en el que el centro de la vida es el amor: “Pies calzados pero corazón desnudo”, como bien dejó escrito san Francisco de Sales. “No existe visitandina –o salesa– que no deba ser caritativa, dulce o humilde”, afirma la Madre María Belén. Y con razón, ya que ese es el carisma de la congregación: quieren ser el rostro misericordioso de Dios.

En silencio, para que el alma pueda estar con Dios, la madre superiora y su asistenta se ponen en marcha para ayudar a sus hermanas, quienes, después de la misa de las 8 h y del desayuno, se van a sus oficinas a trabajar: la cocina, la enfermería, la sacristía o la ropería son algunas de las estancias donde pasan la mañana cada una de las hermanas. A pesar del silencio que reina en su día a día –excepto en la recreación y la obediencia, que tienen lugar después de la comida y la cena–, las hermanas nunca se sienten solas. En estos momentos, son 17 monjas –muy internacionales, por cierto– las que forman la comunidad, cuatro de las cuales son novicias provenientes de Burundi (África) que están de misión en Barcelona: pequeñas misioneras, se hacen llamar. Pero, en breve, la comunidad quedará rebajada a 15 monjas, ya que la Madre y una hermana se trasladarán a Guinea Ecuatorial para dar origen a la primera comunidad de visitandinas en ese país africano. Este cambio es una de las muestras de la flexibilidad del corazón que pedía Francisco de Sales a sus hijas, que las obliga a no apegarse a nada, ni siquiera a la cruz y al rosario que, con asiduidad, toman entre sus manos al hablar. Porque, cada 31 de diciembre, para empezar un nuevo año siguiendo los deseos de su fundador, las salesas cambian de celda, de oficio, de puesto en el coro y de lugar en el refectorio.

Viviendo el Año de la Misericordia en clausura

Suena la campana. Son las doce en punto y todas ellas detienen el trabajo que están realizando para rezar el Ángelus: “El Ángel del Señor anunció a María y concibió por obra del Espíritu Santo. Dios te salve María…” Sus voces, al unísono, resuenan en todas las dependencias del monasterio y llegan hasta el claustro, en cuyo centro se erige la imagen de la Virgen María. Al acabar la oración, todas ellas vuelven –en absoluto silencio– a lo que estaban haciendo: algunas preparan los objetos litúrgicos para la santa misa; otras siguen cosiendo los hábitos; y un buen grupo se encarga de la cocina y de limpiar. Las hermanas van rotando en las tareas e incluso la madre bromea con que son pluriempleadas. Una de las labores que se ha añadido recientemente, concretamente desde diciembre, es la repostería: las salesas se han lanzado a la elaboración de madalenas de chocolate, rocas de chocolate con neulas, polvorones de almendras, pastas finas e incluso mermelada casera. Una repostería artesana exquisita que se puede adquirir en el monasterio de la Visitación de Santa María de Barcelona y que incluye una oración por los que degustarán esos productos, ya que, como recita la Madre, las salesas tienen “las manos en el trabajo pero el corazón en Dios”.

Con sus tareas diarias, las visitandinas ponen en práctica numerosas obras de misericordia: preparando la comida diaria y elaborando sus dulces, dan de comer al hambriento; arreglando sus hábitos, las hermanas practican la obra de vestir al desnudo; enseñando castellano a las novicias, enseñan al que no sabe; la hermana enfermera cuida a los enfermos; acogiendo a todas aquellas personas que quieren un lugar de oración, dan posada al peregrino, y escuchándolas, consuelan al triste. Además, en este Año de la Misericordia, han decidido responder de manera concreta a lo que predica el papa Francisco: han contratado a un ex recluso como trabajador de mantenimiento y han cedido una casa deshabitada a una familia necesitada. Y todo ello lo llevan a cabo desde la clausura – “desde nuestra pequeñez”–, ya que sólo pueden salir al exterior para ir al médico o a votar.

Eso sí, la obra de misericordia por excelencia que profesan las salesas es rezar por los vivos y los difuntos. Diez minutos después de la campana que anuncia el Ángelus, las hermanas se ponen camino del coro para rezar la Hora Sexta. En la iglesia es donde pasan la mayor parte de su tiempo: allí donde piden por todos sus bienhechores, por toda Barcelona, por las autoridades civiles y eclesiásticas, por los difuntos y por todas las personas que las llaman expresamente para pedirles oraciones: “¿Si no lo hacemos nosotras, quién lo va a hacer?”

¿Te ha interesado este contenido? Suscríbete a nuestro boletín electrónico. Cada semana, la actualidad de la Iglesia diocesana en tu correo.

Te interesará ...