Exhortación pastoral del Sr. Cardenal Arzobispo de Barcelona, ​​Dr. Lluís Martínez Sistach, con motivo del Día del Seminario. 19 de marzo de 2014.

Con motivo de la fiesta de San José, celebramos el Día del Seminario. Esto significa pensar y rezar por las vocaciones sacerdotales. Pensamos y rogamos por nuestro Seminario Diocesano donde se forman los futuros sacerdotes de la Iglesia de Barcelona. Debemos agradecer a San José que en este curso hayan entrado siete nuevos seminaristas en [...]

Con motivo de la fiesta de San José, celebramos el Día del Seminario. Esto significa pensar y rezar por las vocaciones sacerdotales. Pensamos y rogamos por nuestro Seminario Diocesano donde se forman los futuros sacerdotes de la Iglesia de Barcelona. Debemos agradecer a San José que en este curso hayan entrado siete nuevos seminaristas en el Seminario Mayor Diocesano de Barcelona.

La vida cristiana es vocación

La vida, como don maravilloso que Dios nos da, tiene un riquísimo sentido vocacional. Recibimos la vida para gastarla en servicio del que Dios quiere de cada uno de nosotros. Ser cristiano es vivir acogiendo la llamada de Dios y esforzarse constantemente para realizar su voluntad. Por eso la dimensión vocacional de la vida cristiana no es algo reservado a unos cuantos cristianos o a unos momentos especiales de la vida. Todo cristiano debe preguntar cada día a Dios: «¿Qué quieres de mí, Señor?». Es ciertamente necesaria y urgente la recuperación, en la medida en que se haya perdido, del sentido vocacional de toda vida cristiana.

Si en nuestra vida cristiana se alcanza la debida iniciación cristiana, se va entregando más y más su existencia, sus bienes materiales y espirituales a la Iglesia y a los hermanos y tomando mayor conciencia de su vocación evangelizadora y misionera, no por una imposición sin sentido sino por una exigencia de sentirse más unido a la obra redentora de Jesucristo. Este seguimiento de Jesús pide una disponibilidad plena a lo que él quiera de cada cristiano. Este caminar con Jesús está impregnado del espíritu de las bienaventuranzas.

Cuando a los jóvenes se les presenta la persona de Jesucristo en toda su plenitud, se enciende en ellos una esperanza que los impulsa a dejarlo todo para seguirle, atendiendo a su llamada, y para dar testimonio ante los sus coetáneos.

Una pastoral vocacional entusiasmada

El Concilio Provincial Tarraconense de 1995 se tomó muy en serio la pastoral vocacional y le dedicó seis resoluciones. Comienza con esta decidida petición que se dirige a todos nosotros: «Debe haber un cambio de actitud en los cristianos adultos y también en los jóvenes, y un cambio de clima en las comunidades eclesiales que haga posible llevar a cabo una pastoral vocacional entusiasmada».

Si la pastoral que se realiza en las comunidades cristianas y en los movimientos y las instituciones eclesiales no llega a conmover los corazones de los creyentes para estar dispuestos a hacerse cada uno la pregunta «¿qué quiere de mí el Señor?», se puede decir que no es una auténtica pastoral. El contenido vocacional debe estar bien presente en todas las dimensiones de la vida cristiana: en la familiar y cultural, en la litúrgica y sacramental, en la catequesis y los grupos de animación y de formación cristiana de adolescentes y jóvenes.

Debería ser normal que el contenido vocacional estuviera presente en la catequesis, en la preparación a los sacramentos, en la pastoral juvenil, en la familiar y en la de los movimientos.

Hacer la propuesta vocacional

El ambiente cultural, social y familiar en que viven los adolescentes y jóvenes, hoy tan poco favorable a una vida cristiana fiel y generosa y, por tanto, a la vocación sacerdotal, puede seguramente dificultar hacer esta propuesta vocacional. Quizás reducimos demasiado las posibles propuestas a los eventuales candidatos y a los ambientes de los que se pueden esperar vocaciones, y estos son tan pocos que nos justificamos diciendo que no es posible ni aconsejable hacer ninguna propuesta vocacional.

Quizá la timidez en la propuesta vocacional proviene también de una especie de miedo de no respetar suficientemente la libertad de toda persona. Se trata siempre de una propuesta que se ofrece y nunca se impone, respetando plenamente la libertad de la decisión que corresponde a la persona a quien ha hecho la propuesta. La propuesta netamente interpelante, ilusionada y respetuosa, debe ser siempre bien compatible con la libertad que corresponde a toda persona.

La llamada de Dios

La vocación sacerdotal es un don gratuito. Es una mirada amorosa del Señor que pone sus ojos en la persona que él quiere destinar al servicio de pastor en la Iglesia. Así lo reconoce el apóstol Pablo, afirmando que Dios «me escogió desde el vientre de mi madre y me llamó por su gracia». En esta línea, la carta a los Hebreos insiste en la misma idea de la gratuidad de la vocación sacerdotal. «Nadie se toma este honor, sino que es llamado por Dios». La llamada de Dios demuestra el amor que tiene al sacerdote y como éste debe tener la conciencia agradecida y gozosa de una gracia singular recibida del Señor.

Sin embargo, los adolescentes y jóvenes deben disponerse para escuchar la llamada del Señor. Hay que escuchar a Dios y esto se logra principalmente con la oración. La oración cristiana crea el espacio ideal para que cada uno pueda descubrir la verdad de su ser y la identidad del proyecto de vida personal e irrepetible que Dios le confía. Es muy necesario educar a los chicos y los jóvenes para que sean fieles a la oración y a la lectura de la Palabra de Dios. Es en el silencio y en el diálogo con Jesús donde podrán percibir su llamada al sacerdocio y seguirlo con prontitud y generosidad.

Todos somos responsables de las vocaciones

El Concilio Vaticano II recuerda que «el deber de fomentar vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo, ante todo, con una vida plenamente cristiana». El Concilio Provincial Tarraconense subraya el mismo contenido con estas palabras: «Toda la Iglesia diocesana debe hacer su tarea de promover las vocaciones, tanto a la vida sacerdotal como a la vida consagrada».

Hay que decir que, en general, los cristianos son aún poco sensibles a esta responsabilidad, posiblemente porque desconocen con exactitud la realidad eclesial actual de las diócesis. Sin embargo, es muy necesario que tomen conciencia de su papel en la pastoral de las vocaciones sacerdotales y que se sientan más responsables, participando cada uno a su manera en esta pastoral, principalmente con la oración por las vocaciones.

La participación principal de todos los miembros de la comunidad cristiana en la pastoral de las vocaciones sacerdotales se hace con la oración. El Señor nos exhorta a orar por estas vocaciones: «Al ver las multitudes, tuvo compasión, porque estaban maltrechas y abatidas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: la cosecha es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la cosecha que mande obreros».

La familia cristiana

Una auténtica y eficaz pastoral vocacional debe contar con el trabajo de las familias cristianas. Estas, viviendo como iglesias domésticas, facilitan que en la vida familiar se puedan percibir, acoger y discernir las diversas vocaciones al matrimonio cristiano, a la vida consagrada y al ministerio sacerdotal. El Concilio Provincial Tarraconense lo expresa de esta manera: «De una familia unida, abierta a la vida, en la que se cultiven los valores humanos y las virtudes cristianas, surgirán respuestas generosas a la llamada de Dios».

Toda vocación que Dios otorga a un hijo es una bendición. También y especialmente la vocación sacerdotal, no sólo para quien la recibe, sino también para los padres y toda la familia. Si el Señor, queridos padres, os distingue llamando a un hijo vuestro a ser sacerdote, consideraos honrados en gran medida. Por eso invito a los padres cristianos a pedir al Señor que, si es su voluntad, llame a un hijo suyo para ser sacerdote. El Señor escucha la oración confiada y generosa de los padres. Dando un hijo para esta vocación, están haciendo un preciado servicio a la Iglesia y a la sociedad por todo el bien que el sacerdote hace con el ejercicio de su ministerio.

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