El corazón de la experiencia creyente

No basta con hacer análisis sociológicos que nos proporcionen datos exactos o aproximados de la situación de los creyentes en la sociedad, es la hora de acudir al corazón de la experiencia creyente

Recuerdo haber leído un extenso trabajo sobre el reconocimiento de la existencia de Dios como único remedio para las heridas del hombre contemporáneo y soporte para la edificación de su dignidad. Una de las frases que me quedaron grabadas fue esta: «Cuando el padre se va, los hijos tienen frío.» Esta constatación le ayudaba a analizar la debilidad humana y social de un mundo sin padre, el drama de unos hijos condenados a ser huérfanos para siempre. Y venía la pregunta: ¿se puede vivir sin Dios?

 
Quizá tenemos la impresión de que vivimos una situación anunciada, resultado de una actitud prepotente del hombre y la mujer que explica el Génesis y que manifiesta la libre voluntad de desplazar a Dios de la propia vida como origen, como plenitud y como interlocutor. No basta con hacer análisis sociológicos que nos proporcionen datos exactos o aproximados de la situación de los creyentes en la sociedad. Es la hora de acudir al corazón de la experiencia creyente, que es la vivencia del Dios que Jesús nos ha dado a conocer y que lo denomina «Padre», es la hora de hacer, como Jesús, un acto de confianza y un anuncio explícito.
 
La experiencia de la fe en Dios tiene muchas caras de presentación. Mientras unos acentúan aspectos que relacionan casi exclusivamente con la vida interior y privatizan la vida cristiana, otros la reducen a unas actitudes seculares que inciden plenamente en la vida social, de la que reciben su reconocimiento público. Sin embargo, en el evangelio, Dios tiene un rostro, una forma concreta de presentarse y darse a conocer y, cuando ha aparecido Jesús, este rostro es, además, humano. A pesar de todo, su encarnación en el tiempo no siempre coincide con la percepción que tenemos de él ni con la imagen y semblanza que damos de él. Sabemos decir «¡Señor! ¡Señor!» y no estar dispuestos a ser y a hacer como él nos indica.
 
¿Qué nos pide Jesús? Colocar un buen cimiento en nuestra vida para llegar a conseguir un equilibrio personal, una unidad interior. Este fundamento es Dios, su Padre y nuestro Padre.
 

Sebastià Taltavull Anglada

Obispo auxiliar de Barcelona

 

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