Dios me mira, ¿qué cara pone?

Nuestros juicios nos mantienen en la superficie, mientras que Dios, nuestro Padre, mira el interior

Aún de lleno y cerca de su clausura, el Año dedicado a la Misericordia no puede quedar reducido a un tiempo del que después ya no se hable. El ejercicio de la misericordia es perenne y actual en el cristiano que quiere ser mínimamente coherente con su fe. El papa Francisco nos dice que siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia, como acto último y supremo con el que Dios sale a nuestro encuentro, como ley que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida, como vía que une a Dios y al hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados a pesar del límite de nuestro pecado.

 
La misericordia, que es sentirse afectado, estremecido por la miseria del prójimo y experimentar como propio el dolor del otro, es la virtud que nos lleva al límite del amor, a actuar para paliar el sufrimiento, a amar aquello que a ojos de la gente no es estimable, incluso rechazable. El amor de misericordia, pues, va más allá de lo que podemos imaginar, ya que llega al extremo del amor al enemigo. La misericordia es una meta para alcanzar y requiere compromiso y sacrificio. Una meta que se consigue si se pasa por las etapas del no juzgar, del no condenar, del perdonar, del dar y darse. Nuestros juicios nos mantienen en la superficie, mientras que Dios, nuestro Padre, mira el interior. ¿Me he preguntado alguna vez qué cara pone Dios cuando me mira? Y, ¿qué cara pongo yo cuando le miro a él y cuando miro a los demás?
 
Nuestro caminar como Iglesia aquí, pide de cada uno vivir a fondo estas etapas para crear unos espacios de acogida sincera, de confiado diálogo, de trato amable, de cooperación corresponsable. Todo esto, sostenido por la viga de la Iglesia, que es la misericordia. Por eso, todo en la acción pastoral ha de estar revestido por la ternura y el amor compasivo. Tendremos que hacer deberes, los de ir consolidando una comunidad cristiana unida, valiente y samaritana que cada día se asemeje más a Jesús.
 
Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona
Administrador apostólico de Mallorca

 

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