Corredores humanitarios

Las voces que recientemente se han levantado en numerosas manifestaciones a favor de la acogida de refugiados muestran una voluntad muy explícita de que en el mundo cabemos todos

Hace tiempo que se habla de ello y, ¿por qué cuesta tanto hacerlo realidad? ¿Qué intereses existen para impedirlo? Las voces que recientemente se han levantado en numerosas manifestaciones a favor de la acogida de refugiados muestran una voluntad muy explícita de que en el mundo cabemos todos y que, con la buena voluntad de parte de todos para convivir en paz, ya no podemos tolerar ningún tipo de exclusión. Me adhiero, como a menudo se ha pedido, a la petición de abrir corredores humanitarios que hace pocos días hacía en Roma el cardenal Osoro.

 
El papa Francisco, en su mensaje para la Cuaresma que acabamos de iniciar, hace en este sentido una decidida apuesta cuando junta en un único título el don que es la palabra y el don que es el otro. Nos pide «volver a Dios de todo corazón y no acontentarnos con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor».
 
San Juan Pablo II, refiriéndose a la espiritualidad de comunión como aquella que debe orientarnos en el presente siglo, dice que la mirada de amor de Dios que contemplamos debe traducirse en una mirada de amor hacia el otro, hasta el punto de decir que «el otro es un don para mí», «alguien que me pertenece». Fijémonos que es todo lo contrario a la actitud de Caín cuando ha matado a su hermano Abel en su inhumana reacción de responder que no le importa nada su hermano. Es la forma habitual de responder cada vez que el pecado nos ciega y somos insolidarios con el otro y su causa de inclusión en la sociedad.
 
«La primera invitación —dice el papa Francisco— que nos hace Jesús es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido.» Quiero ver en los refugiados que piden asilo a estos pobres que no conocemos pero están y están sufriendo más que nadie. ¿Por qué no abrir corredores humanitarios que faciliten el acceso de forma legal y segura en nuestros países a los que desesperadamente huyen de la guerra, de la injusticia y del hambre? Conviene que nos vacunemos de misericordia para evitar el peligroso virus de la indiferencia.
Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona
Administrador apostólico de Mallorca
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