Arraigados y abiertos

A este «arraigados allí donde estamos», que muestra nuestra estimación para la propia tierra, que nos da identidad y nos constituye como pueblo, debemos darle una dimensión nueva, la de «abiertos a todo el mundo»

En otro tiempo cantábamos «Poble de Déu, poble en marxa» con aquel espíritu que el Concilio Vaticano II había inyectado en las comunidades y en nuestros corazones. Conciencia de pueblo y conciencia de camino, la de quienes sabemos ciertamente que un cristianismo individualista no lleva a ninguna parte y que una fe que no se encarna en la realidad humana no tiene nada que decir y muy poco que hacer. Por eso, decir «arraigados donde estamos» significaba el esfuerzo de presencia y la voluntad de influencia cristiana sobre los escenarios de la vida. Como María, que, cuando canta el Magníficat, abre su corazón a Dios y al mismo tiempo ve que la tierra que pisa necesita un cambio radical hacia bien, una cierta transformación de todo, una revolución interior y social. María no soporta las desigualdades, la obsesión del poder, el orgullo.

Desde esta perspectiva, me preocupa cómo ser fermento evangélico en medio de la sociedad donde estamos arraigados. Me preocupa la educación, la sanidad, la falta de trabajo, el ámbito de los jóvenes y de las familias, la indiferencia religiosa, las desigualdades y la exclusión social, la violencia verbal y física, la preservación de los espacios naturales, el fenómeno del turismo, el compromiso político y la necesidad de diálogo constructivo, los agentes económicos, el mundo mediático, el de la universidad y el de la cultura, cualquier irresponsabilidad propia y ajena. Y me preocupa, sobre todo, cómo influir positivamente desde nuestra fe, ofreciendo lo mejor del Evangelio hecho vida en nosotros y en tantos otros, con quienes compartimos valores, sentimientos, convicciones y opciones.

A este «arraigados donde estamos», que muestra nuestro amor por la propia tierra, la propia lengua, la propia cultura, la que hemos aprendido con el amor de nuestros padres, que nos da identidad y nos constituye como pueblo, debemos darle una nueva dimensión, la de «abiertos a todo el mundo». Es el gesto inconfundible de la solidaridad humana y, sobre todo, de la caridad cristiana, la que nos hace mirar el mundo y a las personas con la misma mirada de Dios, la de su amor.

Sebastià Taltavull Anglada
Obispo auxiliar de Barcelona
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